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CAPITULO XXVII- FEB-MARZO 1862: DE VALVERDE A PEA RIDGE

Simultáneamente a las campañas de Grant en los fuertes y de Burnside en los Sounds, los mandos unionistas más meridionales llevaban a cabo acciones menores. La más ambiciosa fue llevada a cabo, en los últimos días de Enero primeros de Febrero, por el Flag Officer del Escuadrón del Sudatlántico Samuel Francis Dupont.

Se trataba de una penetración en la bahía de Charleston, en South Carolina, que bajo el disfraz de un bombardeo buscaba hundir en sus canales de acceso veinte viejas goletas, compradas al efecto y rellenas de piedras y arena (se les llamó “Flota de Piedra” “Stone Fleet”), para inutilizar Charleston como puerto de mar.

Ya anteriormente el 19 de diciembre de 1861 se había realizado una operación similar llevada a cabo por el Capitán Charles H. Davis que hundió 24 goletas en el interior del puerto de Charleston.

Esta segunda parte de la operación estuvo perfectamente calculada y los hundimientos se efectuaron según el plan previsto. El cual incluía en dividir la flota en dos unidades para realizar un bloqueo del puerto al sur del canal en Morris Island y otro al norte a la altura de Rattlesnake Shoals. Pero los informes de Dupont habían omitido el hecho de que el fondo de los canales era de arenas movedizas. Estas engulleron sin demora la “Flota de Piedra” salvando la capacidad portuaria de Charleston inesperadamente.

Por lo que el objetivo no se logró y ni siquiera se hubiese podido conseguir bloquear totalmente el puerto, pues este disponía de diferentes canales secundarios por los que continuar con su tráfico portuario. Lo que si quedó clara fue la intención por parte de los unionistas como lo reflejó Robert E. Lee, oficial al mando en la zona, al comentar el suceso: “una expresión abortiva de la maldad y venganza del Norte”

Flotilla de Piedra (Stone Fleet)
America (ship) 418 tons
• Dove (bark) 151 tons
• Edward (bark) 274 tons
• Emerald (ship) 518 tons
• India (ship) 366 tons
• Jubilee (bark) 233 tons
• Majestic (bark) 297 tons
• Marcia (bark) 356 tons
• Margaret Scott (bark) 330 tons
• Mechanic (ship) 335 tons
• Messenger (bark) 216 tons
• Montezuma (ship) 424 tons
• Newburyport (ship) 341 tons
• New England (ship) 368 tons
• Noble (bark) 274 tons
• USS Peri (bark) 261 tons, perdido en Charleston, SC, el 25 de Enero de 1862.
• USS Stephen Young (brig) 200 tons
• USS Timor (ship)
• Valparaiso (ship) 402 tons
• USS William Lee (ship), 311 tons

En Florida, el mando unionista creó en febrero el Departamento de Key West, (que iba a ser muy efímero), entregando el mando al Brigadier John Milton Brannan, a menudo con tropas prestadas por la Port Royal Expedition y mandadas por el ya Brigadier Horatio G. Wright, ocuparon sin resistencia aquel mes Fernandina y el pequeño Fort Clinch en Amelia Island.

Y ya antes de esto, dos flotillas de DuPont mandadas por los capitanes John Rodgers y Davis, llevando respectivamente tropas al mando de los brigadieres Egbert Viele y Horatio Wright, tejieron una telaraña de fintas en torno a Savannah y Fort Pulawski, que seguía atrayendo la atención de T. W. Sherman.

La flotilla confederada del Comodoro Tattnall les hizo retroceder una vez, enfrentándolos cuando iban escasos de embarcaciones artilladas y con las cubiertas llenas de soldados mareados, pero finalmente dejaron sendas guarniciones y baterías pesadas en Jone’s Island y Bird Island, apretando un poco más el dogal en torno a Fort Pulawski. Además Sherman, que al pasar Wright al mando de tropa se había quedado sin un jefe de ingenieros conveniente, pidió hacia fin de mes prestado a Ambrose Burnside el suyo, Coronel Quincy Adams Gillmore, para trazar el plan de ataque al fuerte.

De todas formas, la parsimonia de Sherman respecto a Fort Pulawski acabó con la escasa paciencia del nuevo Secretario de Guerra Stanton, que tomó cartas en el asunto hacia finales de mes. El lejano Departamento de Kansas fue disuelto, pasando sus tropas y territorios al del Oeste de Henry Wager Halleck, y su excomandante Mayor General David Hunter fue enviado a tomar el mando de todas las tropas entre Key West y la divisoria entre las dos Carolinas.

Eso suponía los territorios del Departamento de Key West y la Expedición de Port Royal, que quedaron disueltos a la llegada de Hunter el 8 de marzo de 1862, apareciendo para sustituirlos y bajo éste el nuevo Departamento del Sur. A su vez, la Expedición de Ambrose E. Burnside tomó el nombre de Departamento de North Carolina. Se intentaba dotar a Hunter con dos divisiones, mandadas por Sherman y Brannan, y para completarlas trajo consigo algunas fuerzas, sobre todo de especialistas.

Así si se contaba entre ellas el 100º de infantería de Pennsylvania, también estabn el 1º de Ingenieros de New York y el 1º de Artillería de Connecticut, el Rhode Island Light Artillery (que como recordaremos había perdido una de sus baterías originales en Ball’s Bluff), y hasta el 1º de Caballería de Massachusetts, completo con sus sables y sus pistolas de percusión de un solo tiro.

Otro frente había visto actividad en febrero de 1862, pero por una vez con la iniciativa en manos confederadas. Era el de Nuevo México, donde el secesionista Henry Hopkins Sibley se había puesto en marcha hacia el Norte a finales de enero. Recogiendo a su paso a los hombres del Coronel Baylor en Fort Fillmore, Sibley había avanzado por Elephant Butte, en la ribera Oeste del Río Grande, hasta detenerse el 7 de febrero a la altura de Doña Ana, aún al sur de Fort Craig, enviando un escuadrón de caballería bajo el Capitán Hunter hacia el Oeste por el Sendero de la Mariposa y a través de Apache Pass hacia Tucson.

Ocurría que el Gobierno Federal, queriendo galvanizar la voluntad de resistencia de aquellas regiones, acababa de hacer desprenderse del Territorio de New México su parte occidental. Dándole el nombre de Territorio de Arizona, germen del futuro Estado de Arizona, y capitalidad en Tucson. Hasta entonces, lo que se entendía como Arizona era la zona llamada Mesilla y otros territorios al Sur de lo que hoy es New México y Arizona.

Ni Washington ni el mismo Sibley, que a la postre estaba más cerca, se hacían idea cabal del estado a que la guerra apache había llevado a aquellas tierras. Las víctimas pasaban ya de 2.000 y la psicosis de terror había auténticamente vaciado el territorio. A la llegada de Hunter, la otrora relativamente próspera Tucson estaba habitada por medio centenar de empecinados que pasaban las noches en vela, temiendo que una de ellas los apaches se deslizaran dentro de la ciudad y los asesinaran en sus casas. Lejos de resistirse, recibieron con los brazos abiertos el refuerzo de un centenar de hombres bien montados y armados.

De hecho, la sublevación apache comenzaba a declinar por exceso de éxito. No quedaban objetivos apetecibles para las partidas de guerra y los guerreros iban regresando con sus familias hartos de acción y matanzas. Sólo los chiricahuas americanos, choconen de Sierra Chiricahua, mimbreños y mogollón de Río Gila, y algunas partidas sueltas de otros grupos, seguían en el sendero de la guerra.

Puede preguntarse porqué, faltos de otros objetivos, los apaches no se volvieron contra sus víctimas tradicionales, los pueblo, solos ahora como no lo habían estado desde finales del s. XVII. Pero paradójicamente, siglos de dominación blanca, al arrebatar a los pueblos sus tierras de caza y muchos campos comunales, habían potenciado su sistema defensivo clásico, la concentración. Y como años atrás habían comprobado los norteamericanos en Taos, los pacíficos pueblo, acorralados, se tornaban un enemigo peligrosísimo.

Veinte años atrás, en la época mexicana, el acoso por una gran partida apache a un “pueblo” de Arizona había acabado en una enloquecida salida de sus habitantes, que supliendo su escaso armamento con el número, exterminaron a los apaches matando más de noventa. En todas sus luchas con el Ejército Norteamericano, sólo una vez y en una larga batalla con artillería, iban a sufrir los apaches tantas bajas. Por lo que no es raro que renunciaran a presa tan espinosa que además prometía tan poco botín. Pero esto es otra historia, volvamos a la que nos ocupa.

En tanto, el confederado Sibley había renunciado a asediar Fort Craig con su escasa fuerza, y pensó rebasarlo por la orilla opuesta del Río Grande. Así, al reanudar el avance el 16 de febrero, lo hizo cruzándolo y tomando el viejo Camino Real Español llamado “La Jornada del Muerto”.

Este estaba jalonado de pozas, pero el agua que contenían era insuficiente para tantos hombres y caballos como Sibley llevaba consigo. Y el unionista Edward Canby, en Fort Craig, pensó que eso le daba la oportunidad de derrotar fácilmente a los confederados, que para cuando llegaran al punto en que “La Jornada del Muerto” se aproximaba al río, casi enfrente del fuerte, estarían desesperadamente necesitados de agua. Bastaba cruzar el río a su vez y desplegarse ante él prohibiéndoles el acceso al agua para derrotarlos.

Fue así que el 20 de febrero, Canby cruzó el río para ir a enfrentarse a las primeras avanzadillas de Sibley. Sólo que aunque estas tuvieron que retroceder, Canby se encontró a su vez que el regimiento hispano del Tte. Coronel Miguel Pino se semisublevaba y daba señales de desbandada.

Al día siguiente, Sibley atacaría con fuerza y el Coronel Canby pasó la noche con los hombres de Pino, tratando de ganárselos, y los colocó en el despliegue junto a su puesto de mando para poder vigilarlos. Contaba en la acción del 21 de febrero con unos 1.800 hombres, contando los milicianos de Pino y Carson, y elementos de los 5º, 7º y 10º de regulares, además de algún escuadrón de Colorado. Su mejor baza eran dos buenas baterías del ejército, bajo el mando del Capitán McRea y el Teniente Hall.

Frente a él, Sibley al que el áspero camino había impedido mantener la concentración, alineaba unos 1.600 hombres con bastante caballería pero sólo una batería.

La acción se inició en la mañana del 21 de febrero de 1862 en los enormes terrenos del Rancho Valverde, una hacienda tan extensa como reseca, de donde recibió el nombre de “Batalla de Valverde”. Los ejércitos alineados, fueron intercambiando fuego casi todo a distancia, hora tras hora, mientras las baterías de Canby adelantadas al estilo clásico de la primera mitad del s. XIX para tener campo de tiro, iban justificando las esperanzas puestas en ellas.

Pero sendos grupos de asalto confederados, infiltrándose de manera desapercibida por los matorrales, se lanzaron de repente contra ellas desde corta distancia. En la de Hall, el inmediato contraataque de los “Fusileros de Taos” de Kit Carson, situados tras ella, rechazó la intentona. Pero en la de McRae, los regulares que la apoyaban se lo pensaron demasiado.

El grupo de asalto confederado, que había surgido de unos mezquites y al mando del Capitán texano Walter P. Lane, la barrió hiriendo o matando a todos sus artilleros menos dos, (el propio McRae murió pistola en mano), y volviendo hacia sus antiguos dueños sus bocas, esta visión acabó con sus últimos deseos de contraatacar.

La suerte quedó hechada, pues aún mal servidos estos cañones daban ventaja en potencia de fuego a los secesionistas, y la frágil moral del grueso de los unionistas no resistiría este revés. Canby mantuvo aún la acción por horas, a la desesperada, temiendo que si la rompía las consecuencias de la derrota iban a ser graves.

Pero no se produjo ningún milagro y al final hubo de retroceder hacia Fort Craig para preparar su evacuación. En el combate, la Unión había sufrido 62 muertos y 140 heridos, y los confederados 150 bajas, con poco más de la mitad de muertos.

Las altas proporciones de muertos se debían al combate a distancia, que hacía que muchísimas de las bajas lo fuesen por disparos de artillería. Y para los federales a haber perdido el cuerpo a cuerpo de la batería de McRae, donde apenas se había dado cuartel. Pero aquella misma noche comenzaron a cumplirse las sombrías previsiones de Canby.

Para el siguiente día había sufrido 200 deserciones, y para cuando su columna en retirada alcanzó Albuquerque más de 500. Hubo de abandonar esta plaza a los confederados y como el mal se contagiaba también a las unidades que no habían estado en Valverde, y su fuerza pronto bajó de 1.500 hombres, también cedió la población de Santa Fe.

Así los confederados de Sibley fueron ocupando sucesivamente Fort Craig, Socorro, Las Dunas, Albuquerque, Algodones, Santa Fé y Fort Marcy, mientras el gobierno territorial y el grueso de la tropa de Canby se replegaban hacia el Este a la zona de Las Vegas (New México), Fort Union y Fort Butler. Canby aún confiaba en poder retomar la iniciativa cuando llegara hasta él el grueso de la Milicia Montada de Colorado, pues sus propias conquistas habían desperdigado al enemigo.

John Downey, Gobernador de California, no estaba convencido y se sentía alarmado por la presencia de caballería confederada en Tucson y Picacho Pass, ya a mitad de camino entre el Río Grande y la frontera californiana. Por ello organizó una fuerza de 1.000 hombres, a la que llamaría Columna de California, destinada a actuar en Arizona y si era preciso en New Mexico. Para mandarla hizo nombrar Brigadier de voluntarios al exCoronel del 1º de California, James H. Carleton, un exMayor de dragones con ambiciones políticas.

Mientras, en Missouri, la ofensiva del Ejército del Sudoeste unionista del Brigadier Samuel Ryan Curtis prosperaba. El 14 de febrero y tras una mínima escaramuza, Sterling Price hubo de abandonar ante él Springfield, junto con parte de su impedimenta y 600 de sus hombres, enfermos o heridos en el hospital de la localidad.

Price replegó entonces su State Guard hasta Cross Hollows, justo al otro lado de la divisoria con Arkansas, donde deseaba recoger unos cientos de reclutas que le traía su propio hijo Edward Price, que era brigadier de la milicia. Pero apenas hubo llegado a Cross Hollow el día 18, una nueva tarrascada de la vanguardia nordista mandada por el Brigadier Franz Sigel, le obligó a retroceder, y Edward Price y los reclutas fueron interceptados y capturados.

Albert Sidney Johnston, que no perdía de vista aquel lejano frente, le ordenó replegarse al Sur de las Boston Mountains, donde le reforzaría la división de Ben McCulloch. Para evitar choques entre estos dos viejos enemigos, Johnston había hecho llamar para nombrarle jefe del sector a Earl Van Dorn, que como Mayor General del Ejército Provisional desde el Otoño último, superaba a ambos en graduación.

Van Dorn se vió al frente de una fuerza similar a la que había combatido siete meses atrás en Wilson’s Creek, aunque incrementada por fuerzas como la de James Tappan, llegada desde Belmont al ser ésta evacuada, la brigadilla de Martin Green y la de Albert Pike, al que había llevado consigo junto con sus “pieles rojas”, y otras hasta completar unos 14.000 hombres. Y Johnston le pedía que los empleara en dar a los unionistas una lección que les llevara a ir de nuevo a lamerse las heridas a la línea Sedalia-Rolla-Ironton, liberando así fuerzas confederadas para hacer frente a la fea situación que Grant acababa de crear al otro lado del Mississippi.

Reunió la caballería en una agrupación mandada por James McIntosh y que contaba con la asistencia de Pike y coroneles como Dabney H. Maury y los missourianos J. S. Marmaduke, J. O. Shelby y J. B. Clark. Y la infantería se dividió en dos fuerzas. Una a las órdenes de McCulloch, asistido por el ya Brigadier Thomas J. Churchill y los coroneles J. F. Fagan, Elkanah Greer, J. C. Tappan y J. W. Hawes. La otra, de infantería de la State Guard missouriana mandada por Sterling Price, asistido por James Rains, M. M. Parsons, Martin Green, W. Y. Salck, F. M. Cockrell y otros.

Una particularidad de la división missouriana era que continuaba equipada básicamente con mosquetes de pedernal, aunque ya casi habían desaparecido las escopetas y su artillería, aunque menos escasa, continuaba deficientemente servida. Esto se relacionaba con el hecho de que los missourianos, aunque en su mayoría Brigadieres de Milicias, no hubiesen recibido aún un solo despacho oficial de Brigadier. Price trataba de mantener algún particularismo para su State Guard y el Ejército Provisional le devolvía la pelota con cicatería.

Frente a ellos el Ejército del Suroeste, de Curtis, había partido de Lebanon con 10.000 hombres, y aunque había sufrido algún desgaste y dejado una guarnición en Springfield, recibió refuerzos, haciéndoles frente con quizá 8.000 soldados de infantería y casi 2.500 de caballería.

Su primera división, originalmente al mando del Brigadier Franz Sigel, había pasado al de uno de sus subordinados, el Coronel Peter J. Osterhaus, también de origen alemán, cuando aquél tomó el de la vanguardia del Ejército. Las otras tres seguían mandadas por el Brigadier Alexander Ashbot y los Coroneles J. C. Davis y E. A. Carr. La más voluminosa de las divisiones, la 1ª, alcanzaba malamente 3.500 hombres, lo que impidió el mantenimiento de brigadas sobre una base permanente, aunque se crearía ocasionalmente mandos de este tipo durante el combate.

Existen versiones no coincidentes sobre el número y filiación de los regimientos de infantería empleados, pero parece desprenderse de ellas la lista de los 16 que siguen:

25º, 35º, 36º, 37º y 44º de Illinois. 2º, 3º, 12º, 15º, 17º y 24º de Missouri. 8º, 18º y 22º de Indiana. Y los 4º y 9º de Iowa.

Las principales dudas que parece despertar esta lista, es si fue el 24º ó el 9º de Missouri el que estuvo en aquel combate. O si lo hizo el 59º de Illinois del Coronel Sidney Post, lo que no parece probable.

Para la caballería la confusión es mucho mayor, principalmente porque la caballería unionista estaba formada por pequeños batallones de composición “ad hoc”. Así, hombres que eran entonces comandantes de regimientos montados, como Thomas Ewing del 11º de Kansas y C. C. Washburn del 2º de Wisconsin, mostrarían en su expediente haber estado en la acción que iba a producirse, aunque en ninguna lista aparecen sus unidades.

Al parecer, las unidades montadas que más jinetes aportaron eran los 1º, 4º, 5º y 6º de caballería de Missouri, el 3º de Iowa y el 3º de Illinois. Y los jefes de caballería que más se harían notar serían el Coronel John Elisha Phelps y los Tte. Coroneles James Bowen, Cyrus Bussey del 3º de Iowa y William P. Benton de los “Benton’s Hussars”.

La artillería constaba de nueve baterías, (2 por división), con cincuenta cañones. Siete de ellas eran de campaña, con 6 piezas de 12 libras, y las otras dos eran ligeras, con 4 piezas de 6 libras. Aunque con un promedio superior de calibre, no suponía un gran avance sobre la artillería desplegada siete meses antes en Wilson’s Creek. Y con buena parte de los viejos 7.000 fusiles rayados del difunto Nathaniel Lyon estropeados, perdidos ante el enemigo o desperdigados entre los regimientos que los habían recibido en otros frentes, casi todo el ejército (quizá con la sola excepción del 2º y 3º de Missouri) empleaba mosquetes de ánima lisa.

Cuando Earl Van Dorn se adelantó hacia los unionistas en los primeros días de Marzo, éstos se encontraban detenidos en torno al arroyo de montaña denominado Sugar Creek, con la vanguardia de Franz Sigel adelantada hacia el Sur en el triángulo Cross Hollows-Osage Springs-Bentonville. La retaguardia, mandada por el mismo Samuel Curtis, estaba creando una posición defensiva tras el Sugar Creek en la Meseta de Pea Ridge, entre la Telegraph Road y el propio pico de Pea Ridge, en cuyo centro se encontraba la localidad de Leetown.

Las intenciones del avance confederado eran claras, y el 5 de marzo de 1862, Curtis mandó orden a Sigel para replegarse tras el Sugar Creek. El primer encuentro se produjo al día siguiente, en mitad de tal maniobra, cuando un fuerte contingente de la caballería confederada de McIntosh trató de apoderarse de los 200 carros del tren de suministros de la fuerza de Sigel, que iban escoltados por el 36º de Illinois de Osterhaus y el 2º de Missouri de Ashbot. Pero la rápida reacción de Sigel liberó enseguida sus carros y toda su fuerza pronto alcanzó el Sugar Creek.

El mísmo día, Van Dorn decidió que puesto que sus enemigos esperaban verle atacar por el Este, a través del arroyo y a lo largo de la Telegraph Raod, debía hacerlo por el Oeste y buscando el flanco y retaguardia. A tal fin abandonó su campamento, dejando en él piquetes encargados de mantener fuegos encendidos y fingir que estaba poblado. Al tiempo que llevó a sus tropas hacia el Oeste con raciones y munición para tres días.

Esta astuta maniobra sólo tuvo un éxito parcial. Curtis, hombre cauto, mantenía una complicada red de patrullas, escuchas y hasta especialistas en infiltración, por lo que estuvo bastante bien informado de las intenciones enemigas. Recisamente en ésta ocasión suele magnificarse (seguramente de forma exagerada) la importancia de la información aportada por uno de sus “expertos en infiltración”, el conductor de diligencias de Kansas James Butler Hickok, conocido sheriff y pistolero en la postguerra bajo el apodo de “Wild Bill” Hickok.

James Butler Hickok, “Wild Bill

Por ello, aquella noche los unionistas reconvirtieron su frente hacia el Oeste con la antigua vanguardia de Sigel convertida en el ala izquierda con la división de Osterhaus, y la retaguardia bajo mando del propio Curtis en el ala derecha, sumando de Sur a Norte las divisiones de Ashbot, Davis y Carr. Pero lo que sí seguían esperando era una acción convencional.

Por su parte, lo que había hecho Van Dorn era llevar el grueso de su ejército, (unos 10.000 hombres con casi toda su infantería), dando un rodeo hasta salir a la Telegraph Road al Norte del enemigo, para atacarle por ella en lo que era su flanco derecho. A su vez, Ben McCulloch con casi toda la caballería y alguna infantería, (unos 4.000 hombres), debía perforar la línea unionista a la altura del paso de montaña llamado Timber Hollow y converger con la fuerza principal en la zona del pueblo de Leetown.

Así el 7 de marzo, viernes, el ataque confederado se desencadenó sobre un paisaje aún cubierto de nieve, logrando cierta sorpresa táctica pese a la excelente red de escuchas de Curtis, y haciendo rápidos progresos en el sector de Timber Hollow. Aquí la clave había sido la Brigada India de Albert Pike, que infiltrándose hasta muy cerca de las líneas unionistas sin ser advertida en la confusión de los primeros minutos del combate, cargó furiosamente a través de las posiciones del Brigadier Ashbot y se apoderó de sus dos baterías artilleras.

Esto fue un principio demasiado malo para los hombres de Ashbot, que siendo además la división más débil de los unionistas con menos de 1.800 hombres, se enfrentaban a fuerzas más que dobles en número. Antes de una hora de combate, la división de Alexander Ashbot se había roto, y elementos de ella retrocedían en desorden e iban a unirse a los de Osterhaus al Sur y el Coronel Jefferson Columbus Davis al Norte. Por el enorme boquete intermedio, las tropas montadas de McCulloch se derramaban en dirección a Leetown.

El Coronel Davis trataba desesperadamente de cubrir la brecha, que se había producido en las inmediaciones de su división, pese a que ésta alineaba menos de 2.500 hombres. Para ganar un poco de tiempo, hizo cargar contra la brecha al 3º de caballería de Iowa de Cyrus Bussey, (que disponía de menos de 300 hombres). Y cuando estos valientes fueron apartados a un lado ya había reunido al paso del enemigo un núcleo de resistencia, compuesto por fugitivos de la división de Asboth, vertebrado en torno a la batería montada de 6 libras de que disponía su propia división.

Era la batería alemana del 2º Missouri Light Artillery mandada por el Capitán Elbert, que con sólo tres cañones, (el cuarto se encontraba fuera de servicio), hizo un soberbio trabajo frenando en seco la progresión confederada. Pero el enemigo era demasiado numeroso y cuando se decidió a realizar movimientos envolventes en torno al centro de resistencia, la infantería huyó de nuevo y Elbert fue barrido.

Todos estos sacrificios ganaron casi dos horas, durante las cuales las fuerzas reunidas por Davis y Osterhaus pudieron concentrarse para la defensa de Leetown. Con todo, la situación era muy comprometida y es difícil decir como habría acabado si dos factores no hubiesen ido en apoyo de los unionistas.

En primer lugar, e inesperadamente, el ataque principal confederado había sido momentáneamente contenido. Era sorprendente, si tenemos en cuenta que Van Dorn y Sterling Price acumulaban en él 10.000 hombres contra los menos de 3.000 de la división del unionista Coronel Eugene Asha Carr. Además habían logrado sacar cierto partido del terreno, ya que en aquella zona la Telegraph Road seguía un estrecho valle de montaña, muy arbolado y encajonado entre barrancas que hacían su topografía bastante caótica.

Este terreno permitía abrir el combate a corta distancia, nulificando las deficiencias del armamento de los “state guards” missourianos de Price, que componían la vanguardia y casi el 65% de la fuerza de Van Dorn. Mejor aún cuando los hombres de Price, sacando el máximo partido del terreno, lograron combatir a distancias a menudo inferiores a 15/20 metros y acumularon en vanguardia a sus escopeteros que con las armas cargadas con posta gruesa, eran a corta distancia mucho más mortíferas que si hubiesen llevado rifles o mosquetes.

Pero el Coronel Francis Jay Herron, comandante del 9º de Iowa, reaccionó rápidamente llevando a sus hombres a hacerse fuertes en la llamada Elkhorn Tavern. Se trataba de la propiedad del matrimonio sureño formado por Jesse y Polly Cox, que tras probar a ser colonos en Kansas habían instalado un mesón-parador sobre la Telegraph Road, en un punto en el que el valle se ensancha antes de la unión con el ramal que se dirigía hacia Leetown.

Explotado con la ayuda de los mayores de sus hijos y cinco esclavos de color, la mezcla de posada europea y caravansar oriental que regentaban los Cox no era aún un gran negocio, pero ellos esperaban que llegara a serlo según la región se fuese poblando. Entretanto habían adquirido el ensanchamiento del valle en que se levantaba y criaban animales y cultivaban la tierra, alcanzando cierto grado de autosuficiencia.

Elkhorn Tavern en la actualidad

¿Y en qué infuía esto para el combate? Pues en que el terreno había sido nivelado y los árboles arrancados. Así nos encontramos con los hombres de Herron, que pronto fuero nrforzados hasta formar una pequeña brigada, disponían desde los edificios de la Elkhorn Tavern de excelentes campos de tiro. Allí las escopetas servían de poco y encajonado en el estrecho valle de la Telegraph Road, el ejército de Van Dorn y Price se convirtió en una larga serpiente con la cabeza atrapada en un lazo, no pudiendo aprovechar su superioridad numérica.

Los sureños luchaban como fieras y en más de una ocasión lograron asaltar los edificios, pero Herron comprendía perfectamente la importancia de esta posición y una y otra vez los recuperaba con desesperados contraataques. Y de esta forma, la masa principal del ejército confederado se veía embotellada, permitiendo a Osterhaus y Davis volcar sus esfuerzos en solucionar la brecha de Leetown.

En segundo lugar, un error del mismo McCulloch fue a complicar más las cosas para la Confederación. Con la intención de no entretenerse en una operación de relevo, el texano había dejado a la brigada de pieles rojas de Albert Pike, en el mismo lugar donde su impetuosa carga la había llevado, en torno a los doce cañones tomados a la división de Ashbot. Junto a la infantería que tenía por misión defender la “puerta” por la que McCulloch había penetrado en la retaguardia enemiga.

Toda la brigada de Pike estaba compuesta de indios, estando los batallones cherokees mandados por los jefes de tal tribu John Drew y Stand Watie. Y su tradición de lucha y su experiencia en guerra de movimiento y ataque en su territorio, los había convertido en excelentes para una acción como aquella con la que abrieron la lucha, o para la persecución, pero no para la defensa de posiciones fortificadas.

En este ámbito se sentían perdidos, y además nunca habían recibido fuego artillero en una posición fija ni tenían idea de cómo emplear los doce cañones que habían capturado. Para colmo, McCulloch no había dejado órdenes respecto a ellos y los soldados de la zona, siendo estos racistas y un poco celosos por el papel estelar que habían desempeñado en la ruptura. Por lo que se dedicaron a ignorarlos y no darles ninguna asistencia. (“Que esos indios tán listos y valientes se las arreglen solos” debieron de pensar). Con lo que no se les enviaron hombres que les ayudaran a manejar los cañones y ni siquiera se respondía a sus mensajes.

Pero si para estos hombres aquello era una broma, para los cherokees era dramático, pues su posición era clave. Por algo los cañones de Ashbot estaban allí emplazados y toda la reacción unionista tenía como objetivo recuperarlos. Incluso, las dos baterias de la división de Osterhaus fueron emplazadas para bombardear la posición sin descanso.

Sometidos a una presión constante y creciente, y a un contínuo bombardeo que los desconcertaba y aterraba pues no sabían como responder, los pielrojas de Pike fueron desmoralizándose a la par que se enfurecían respecto a la actitud de las unidades “amigas”.

Al final a primera hora de la tarde su paciencia se colmó, y abandonando la posición sobre sus caballos, se retiraron a la retaguardia, plantándose y negándose a combatir. Así con este giro de acontecimientos, Sigel y Osterhaus se hicieron de inmediato con la posición clave, pudiendo ahora “argumentar” con veinticuatro, y no con doce, piezas de campaña de 12 libras. El efecto fue muy rápido y Ben McCulloch, que ya estaba siendo contenido en la zona de Leetown, hubo de hacer retroceder a parte de su fuerza para que ayudase a mantener expédita la vía de escape.

Lógicamente los unionistas Curtis y Davis aprovecharon para aumentar la presión en Leetown, y la fuerza confederada comenzó a recular, dando las primeras muestras de desmoronamiento. McCulloch y McIntosh no se resignaron sin embargo a la retirada después de una mañana tan fructífera, y decidieron intentar hacer saltar el dispositivo unionista con nuevos ataques a la desesperada encabezados por ellos mismos para animar a la tropa con su ejemplo.

Nunca debieron de hacerlo, pues en menos de media hora ambos yacían sobre el campo de batalla. El lugar en que murió McCulloch, al nordeste de Leetown, permite suponer que su esperanza era hacer al fin contacto con Van Dorn alcanzando la Elkhorn Tavern por detrás.

Así Albert Pike, el hombre que había perdido una brigada, pero también el único brigadier que quedaba en la agrupación, se encontró con el mando de ésta entre sus manos. Conociendo la situación en el frente de penetración de primera mano, se apresuró a sacar las tropas de lo que se estaba convirtiendo rápidamente en una trampa mortal, con lo que las posiciones en el sector de Pea Ridge-Leetown volvieron al estado anterior al comienzo de la batalla.

Al mismo tiempo, en el enésimo forcejeo en torno a Elkhorn Tavern, el Coronel Herron resultó herido y fue capturado lo cual propició que su pequeña brigada comenzara a ceder. Finalmente los confederados lograron sobrepasar la zona, pero cuando estaban saliendo a campo abierto la caída de la noche interrumpió el combate. A cambio de unas 400 bajas, habían causado al enemigo unas 1.100, la mitad de la división de Ashbot. Van Dorn instaló su puesto de mando y un hospital en las ruinas de la Elkhorn Tavern.

Ahora se planteaba la batalla como de frente invertido, con los confederados al Norte y los unionistas al Sur, y cada cual sentado sobre las comunicaciones del contrario. Ambos bandos estaban cortos de raciones, los unionistas no habían dado de comer a sus mulas la víspera y con el almacén de forraje en la Elkhorn Tavern tampoco lo podían hacer esa noche. Y a los confederados apenas les quedaba el 25% de su munición.

Curtis consideró vital tomar la iniciativa, y aquella noche fue formado y pasado sigilosamente a la derecha de su sector de Elkhorn Tavern, un grupo que asaltaría la posición al mando de Franz Sigel y que constaba de la division de Osterhaus (aún bastante fresca) y elementos de las de Ashbot y Davis.

Aún con la niebla del amanecer, esta fuerza atacó súbitamente el 8 de marzo de 1862, barriendo el ala izquierda enemiga y produciendo convulsas reacciones de retroceso en la fuerza de Van Dorn. Que atacando a continuación a lo largo de todo el frente, se encontró pronto cediendo de nuevo Elkhorn Tavern y encerrado otra vez en el valle de la Telegraph Road. Ya casi sin municiónes, se dio por vencido y ordenó la retirada.

La Unión había sufrido 1.183 bajas, con 201 prisioneros, frente a los 1.400, con 300 prisioneros de la Confederación. El agotado Ejército del Sudoeste unionista seguiría aún tres días en el campo de batalla temiendo que el enemigo volviese.

Después, ya sin víveres, se retiraron hacia el Norte. Y justo entonces se abrió una trampilla en las ruinas de Elkhorn Tavern y los Cox, sus hijos y sus esclavos, que habían permanecido escondidos en un sótano oculto, salieron. Campos y edificios estaban arrasados, pues dos ejércitos habían instalado depósitos en ellos, dejándolos medio llenos al partir, y los Cox harían dinero comercializando el equipo abandonado.

La batalla, llamada “de Elkhorn Tavern” por los confederados y “de Pea Ridge” por los unionistas, fue una victoria para la Unión. Que aunque angosta y costosa, alejó por largo tiempo la guerra de las tierras de Missouri. Los coroneles Osterhaus, Davis y Carr fueron prontamente ascendidos a brigadieres, y lo mismo ocurriría con Herron tras su rescate que fue bastante rápido. Las bajas unionistas más notables, aparte del mismo Herron fueron los comandantes de división Ashbot (malherido el día 7 al tratar de impedir el desmembramiento de su fuerza), y Carr, así como el Tte. Coronel de Ingenieros Voluntarios Grenville Mellen Dodge, luego famoso en la guerra y más aún tras ella. Desde luego, el unionista Samuel Ryan Curtis sería ascendido a Mayor General.

Los confederados ascenderían a Sterling Price a Mayor General, y a brigadieres a los coroneles D.H. Maury, James Rains y a título póstumo a William Y. Slack (caído el día 8 cuando trataba de contener la penetración de Sigel), que con Ben McCulloch y James McIntosh haría las bajas más importantes del Sur.

Un oscuro capítulo de la “Batalla de Elkhorn Tavern” del que no podemos dejar de hablar es el de los crímenes de guerra, sobre los que tras ella se intercambiaron acusaciones. En efecto, Van Dorn acusó a los alemanes de Sigel de haber fusilado a varios prisioneros. Y el Mando unionista, sin negarlo, aseguró que había sido una represalia frente a los crímenes confederados, mientras en la Prensa aparecían noticias, de las que el mismo Curtis se hizo eco, sobre “prisioneros asesinados a golpes de tomahawk y cadáveres mutilados”.

Todo el mundo pensó en la brigada india confederada, y ésta es la versión que incluso hoy en día prevalece. Lo cierto es que en efecto, los hombres de Osterhaus fusilaron el día 7 de marzo de 1862 a una veintena de rezagados capturados durante la retirada general de la tropa de McCulloch, indignados por haber encontrado asesinados a los también artilleros alemanes de Elbert.

Tras rendirse y ser desarmados, estos habían sido salvajemente ejecutados por hombres a caballo en unos prados. Todas sus heridas estaban situadas en la cabeza, (a veces hendida hasta los ojos), lo que hacía suponer un arma de filo más bien pesada aunque no tan larga como un sable.

Conociendo la proximidad de la Brigada de Pike, los periodistas que vieron los cadáveres pensaron en el acto en los “tomahawks” indios, y algunos se autosugestionaron hasta creer ver que algunas cabezas, particularmente maltratadas, habían sido escalpeladas. (De ahí lo de los “mutilamientos”).

La versión tuvo mucho éxito porque además concordaba con la imagen que el público, “ayudado” por la prensa, se había hecho de los indios de Pike. Que aparecían en las litografías como indios de la pradera, vestidos de gamuza, emplumados, pintados y empuñando lanzas, tomahawks y arcos. En realidad se trataba de indios “civilizados” de las Cinco Naciones, que vestían de linsey crudo, usaban sombrero y empuñaban mosquetes y rifles de Kentucky. Sólo sus rostros y cabello, el abundante uso de mocasines y polainas, y sus mantas multicolores los distinguían de cualquier otra elegantemente zarrapastrosa milicia sureña.

Y si los hombres de Osterhaus habían fusilado “blancos”, era porque estaban seguros de la inocencia de los indios de Pike. Ellos eran quienes habían estado combatiendo con la gente de Pike, a varias millas, mientras Elbert y los suyos eran asesinados. Y desde luego, ni las víctimas de la brigada india presentaban esa clase de heridas, ni los indios muertos que habían encontrado llevaban tomahawks.

Existe documentación que demuestra que el crimen fue en realidad cometido por los jinetes texanos de McIntosh. Y el arma homicida no era otra que los enormes y pesados cuchillos “Bowie”, semejantes a pequeños sables, que la mayoría de los texanos se sentían aún por entonces obligados a llevar. La causa no había sido sino el descubrir que los artilleros que les habían contenido y causado tantas bajas eran alemanes, nación contra la que los publicistas confederados del Oeste batían sin cesar el tambor en una verdadera campaña de odio.

Estos hechos fueron conocidos muy pronto, pero resultaban indigestos para la ideología de la superioridad WASP, y se hizo “acuerdo entre caballeros deshonestos” para silenciarlos, dejando prevalecer la versión de los “crímenes indios”.

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