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Capítulo XII: 1ª de BULL RUN (II)

Puesto que la Brigada de William Tecumseh Sherman no hacía nada por entorpecerla, la retirada de los confederados hacia el Nordeste, de Mattew’s Hill a Henry Hill, gozó al principio de alguna ventaja; sobre todo de la de iniciarse descendiendo la colina, mientras sus perseguidores debían comenzar por ascenderla, lo que aumentó la separación entre unos y otros.

Pero en cuanto los norteños alcanzaron la cresta de Matthew’s Hill, pudieron emplazar en ella a los 10 Parrott con que contaba su fuerza, cuyo alcance llegaba hasta las mismas estribaciones de Henry Hill, y que por tanto molestarían mucho la retirada de sus contrarios. Y se lanzaron hacia delante tan rápido como les fue posible, convirtiendo su persecución en mucho más cerrada.

En la orilla Norte del Bull Run, junto al puente de piedra, el Brigadier Tyler tardó bastante en reaccionar ante la inesperada partida de la Brigada de Sherman. Pero finalmente y cuando la persecución ya se había iniciado a lo lejos, ordenó a la de Erasmus Darwin Keyes seguirla por el mismo vado, “limpiar” el puente de defensores e internarse en la orilla Sur. Y bastó que se iniciara el cruce por los regimientos de Keyes, (2º de Maine y 1º, 2º y 3º de Connecticut), para que la pequeña fuerza de cobertura del Capitán William Richard Terry emprendiese la fuga.

Aquí se ve un fallo en las órdenes de Tyler pues, con lo que obviamente era una acción principal ante sus ojos, aunque aún más al Sur, debía de haber dado a Keyes instrucciones específicas para que actuara sobre el desprotegido flanco Norte de los fugitivos. En vez de esto el Coronel, que tampoco parece que tuviera un día muy inspirado, se desvió directamente hacia el Este, persiguiendo a los de Terry, que se retiraban sobre las posiciones de la Brigada confederada de Philip Saint George Cocke, aún junto al río Bull Run.

Y aún no fue ésta la última rareza del Brigadier Tyler, porque a continuación la superó, quedándose al Norte del río Bull Run con la última brigada de su división aún situada allá, (la de Robert Cummings Schenk, regimientos 2º de la Milicia neoyorquina y 1º y 2º de Ohio), y las tres baterías aún a sus órdenes, (pesada del Teniente Edwards y las baterías E, de Campaña, de los regimientos 2º y 3º de Artillería, de los capitanes J. H. Carlisle y R. B. Ayres).

Los confederados Beauregard y Johnston, muy preocupados, trataban también de aportar refuerzos a la zona en disputa, y los primeros que llegaron eran la Brigada virginiana de Thomas Jackson, del 2º Cuerpo, y la unidad de las Carolinas, tipo regimiento aunque con alguna Caballería, llamada Hampton’s Legion.

Jackson había tenido suficiente con asomarse desde el Este sobre el panorama que se le ofrecía para concluir que, si se quería salvar a las tropas perseguidas, era preciso crear ya una potente posición defensiva no más allá de Henry Hill. Y allí se apresuró a ascender con sus regimientos, (2º, 4º, 5º, 27º y 33º de Virginia), para organizarla mientras las brigadas de Bee, Bartow y Evans cruzaban la distancia que aún las separaba de la colina.

La Hampton’s Legión había sido creada y estaba dirigida, con el grado de Coronel, por Wade Hampton, considerado el mayor terrateniente de todo el Sur. Luciendo uniformes, adornados con alamares y aparentemente más por propia iniciativa del Coronel Hampton que por órdenes recibidas, decidió echar una mano a las brigadas perseguidas, que se estaban siendo ya acosadas de muy cerca.

Robinson’s House

Así, realizó un rápido contraataque parcial, y creó una línea de contención que iba de la Warrington Turnpike a la Robinson’s House, cabaña de un negro liberto que habitaba justo al pie de Henry Hill. Y en esa línea logró resistir cosa de un cuarto de hora que le costaría más de 120 bajas, retirándose después hacia el Nordeste por la Robinson’s House, Allí fue a toparse con la tropa del texano Terry, huyendo aún del puente de piedra, y la vanguardia de la Brigada unionista de Keyes, (regimientos 2º de Maine y 3º de Connecticut, de los Coroneles Jameson y Chatfield), que trataba de acorralarla.

Pero los unionistas no estaban preparados para una salida en masa como la que realizaron conjuntamente Terry y Hampton, que se abrieron paso hacia las posiciones de Saint George Cocke, más al Nordeste, seguidos por Keyes, que quedaría así más enfrentado a Cocke junto al río que a Henry Hill desde su parte baja.

El momento de alivio que Hampton les había procurado fue una bendición para los secesionistas retirados de Mattew’s Hill. Pero aún así la fase final de la retirada, en que el remontar Henry Hill restaba velocidad a los confederados, permitiendo al enemigo balearles desde abajo a placer, fue tal martirio que el Brigadier Bee, temiendo que su Brigada quédase totalmente diezmada antes de entrar en su nueva posición, subió a uña de caballo al mando de Jackson, a solicitar de éste un ataque cuesta abajo que les “hiciera sitio”.

Jackson preparando su línea en Henry Hill, Bull Run.

Jackson estaba sin embargo muy satisfecho con la posición que había escogido y manifestó su intención de no moverse un centímetro, y de parar allí mismo a los unionistas, con el fuego o, (según la fórmula tradicional anglosajona) “dándoles acero frío”. Bee regresó apresuradamente entre sus hombres, y gritó algo ordenándoles ir a instalarse en el flanco de la brigada de Jackson, y comparando a éste con un “muro de piedra” (Stonewall).

La hagiografía posterior de Thomas Jackson siempre ha supuesto que su firmeza hubiera devuelto la confianza y llenado de admiración a Bee, pero no es esa la impresión que tuvieron los asistentes a la corta entrevista entre ambos hombres, y en todo caso es posible que tengan razón los más iconoclastas, que sospechan que Bee sólo se refería a que Jackson se había hecho el sordo ante su petición. En todo caso, en el combate que siguió Jackson y su brigada iban efectivamente a resistir “como un muro de piedra” y “Stonewall” sería en adelante el segundo nombre de la Brigada y de su comandante.

Barnard Elliot Bee, CSA

Por su parte, Barnard Elliot Bee no podría nunca aclarar el sentido de sus palabras, porque pocos minutos más tarde caía del caballo mortalmente herido, y fallecería a las pocas horas. Y, apenas unos minutos después, era Francis S. Bartow el que resultaba derribado a su vez, aunque en este caso la muerte sería casi instantánea. (Muy apreciado en su Georgia natal, Bartow sería honrado un año después por su Estado con la construcción de un pequeño monumento en el lugar en el que cayera).

Precisamente en estos últimos momentos de la retirada sobre Henry Hill, Joseph Johnston y Pierre Beauregard llegaron a ésta colina, aprobando la disposición adoptada por Jackson, que había hecho colocar las defensas a una cota ligeramente más alta de lo que Bee y Bartow pretendían en principio. Después de echar una mano en la organización de la defensa, se pusieron de acuerdo y, para evitar cualquier conflicto, Beauregard tomó el mando de Henry Hill, mientras Johnston retrocedía a su ladera oriental y se instalaba en un edificio allí existente, la “Lewis House”, conocido también por su pórtico colonial como “Pórtico” o “Portici”. La idea era que desde aquel lugar vería aproximarse cualquier refuerzo confederado que llegara, dictando sus órdenes antes de que sus mensajeros alcanzaran “Portici”, con gran ahorro de tiempo.

A esa hora, sobre las 12:30, incluso los unionistas se habían detenido a tomar aliento antes de lanzarse a ascender Henry Hill, y la Brigada de Ambrose Burnside y la infantería del Mayor Sykes, (que eran las primeras tropas que habían entrado en combate), pidieron y obtuvieron permiso para retroceder hasta los carros del tren para reamunicionarse.

Parece que los confederados habían llegado a agrupar en Manassas unas 49 piezas de artillería, formando 5 baterías del 2º Cuerpo y 8 del 1º. De ellas se llegarían a acumular en Henry Hill 4 de las 5 primeras, con 15 piezas a falta de un cañón perdido en la retirada, y dos o tres de las del 1er Cuerpo. La más ligera de todas era la sección del Teniente Davidson, a la que ya hemos visto en acción. Las más famosas la Batería Pendleton del Mayor William Nelson Pendleton, del 2º Cuerpo, y del 1º la de Alexandría del Capitán Kemper, y las dos del Batallón Artillería de Washington, de New Orleans y mandado por el Mayor J. B. Walton. Y por cierto, y aunque la mayoría eran baterías de cuatro piezas, compuestas por cañones de 6 libras, o una sección de 6 libras y otra de Obuses de 12, en el mismo Camp Pickens había una batería pesada con obuses de 24 y 32 libras, de la que un testimonio gráfico de la época, (un boceto tomado por un oficial sureño a lápiz), demuestra dos datos curiosos: 1º, estaba tirada por bueyes. 2º, entre sus piezas Modelo 1841 destacaba una, Modelo 1819, escogida quizá porque su tubo más corto la hacía más ligera y fácil de transportar.

En cuanto a la Artillería unionista, se había adelantado mientras la batería del Capitán Richard Arnold, con dos piezas rayadas de avancarga de 13 libras y 2 “6 libras”, completando la fuerza del Mayor William Farquhar Barry en 23 piezas, a falta de un Parrot que había roto su eje, de tanto disparar, en Matthew’s Hill. Esto sin embargo dejaba la hasta ahora clara superioridad artillera unionista un poco en entredicho, sobre todo por estar los cañones enemigos en cotas más altas, que magnificaban su alcance y reducían el de los unionistas. (Además se había comprobado que, aún con su gran alcance, el proyectil cilíndrico sólido de los Parrot, llamado “Bolt” o “remache”, se limitaba a clavarse en tierra, cavando a veces un corto surco. Y los artilleros estaban acostumbrados a la bola sólida esférica, que en un día como aquél recorría sus 150 últimos metros de trayectoria botando a entre medio metro y metro y medio del suelo, momento en que era terroríficamente asesina).

Puesto que al tonto del Brigadier Tyler no parecía ocurrírsele enviar desde el puente de piedra las baterías de los capitanes Carlisle y Ayres a reforzarles con sus 10 piezas de campaña, (y el tonto del Brigadier McDowell no se lo ordenaba en forma perentoria, ¡cómo sí temiera al viejo iracundo!). El Mayor Barry y el Brigadier McDowell idearon potenciar la superioridad de su artillería haciendo que para iniciarse el asalto, hacia las 13:30, sus dos baterías más potentes, las de Ricketts y Griffin, subieran al allanamiento que seguía al primer repecho de la colina, en la zona en que se encontraba la antigua Henry House, que había dado nombre a la colina, y abrieran fuego casi a bocajarro, (a 400 metros escasos) sobre la línea defensiva enemiga.

Se designó para acompañarles y protegerlos el Regimiento de Voluntarios 11º de New York, “Zuavos de Fuego”; y se suponía que apenas empezaran a disparar, se desencadenaría el asalto general. En aquella misma zona, que estaba defendida personalmente por Beauregard con una mezcolanza de unidades, bajo el mando del Brigadier Samuel Peter Heintzelman. Un poco más allá, donde la línea confederada la integraba “Stonewall” Jackson con el grueso de su brigada, atacaría un tanto independientemente William Tecumseh Sherman con la suya.

Sólo que ya en sus órdenes iniciales había un error, al no tener en cuenta que, aunque vinieran de más atrás los artilleros, profesionales y montados, iban a tardar mucho menos en llegar que los Zuavos, “aficionados” y a pié. Sucedió así que, a la hora fijada ambas baterías, primero la de Ricketts y luego la de Griffin, aparecieron frente a Henry House y fueron emplazadas antes de que un solo zuavo asomara por el cambio de pendiente de la colina.

James Brewerton Ricketts había incluso abierto fuego ya, aunque malgastó sus primeras descargas disparando contra la propia Henry House, donde estaba seguro que el enemigo tenía un puesto de mando o un observatorio. Craso error: en la casa sólo había una familia de tres ancianos impedidos, (madre y dos hijos y una criada libre, de color, que les atendía. Y precisamente uno de los “Bolts” de Ricketts atravesó el muro exterior y fue a hacer impacto en una cama, matando a la anciana viuda Henry que descansaba en ella, e hiriendo gravemente a la criada, que se había escondido debajo. Fueron las únicas víctimas civiles de la batalla.

Henry House

Al tiempo, los “Zuavos de Fuego” se aproximaban al fin. Los mandaba el Teniente Coronel Noah Farham, que aún llevaba un brazal de luto por su amigo Ellsworth y, como la mayoría de los oficiales, seguía usando el primer uniforme del regimiento. (Para los oficiales, levita gris y quepis y pantalones rojos). En cambio, los primitivos uniformes de los soldados se habían revelado de muy mala calidad, desintegrándose en semanas. Y para sustituirlos, el Gobierno les había dado un uniforme amplio azul oscuro, (de origen probablemente naval), y ¡oh maravilla! Auténticos feces rojos.

Así que aprovechando lo cálido del día, los zuavos del 11º llevaban en Bull Run un traje “zuavo” improvisado, compuesto por las polainas del uniforme antiguo, los pantalones azul oscuro del nuevo, una camisa y, por supuesto, el fez. Las camisas eran casi todas las rojas del antiguo uniforme, que habían resultado mucho más duraderas que el uniforme en sí. Pero muchos de los que habían sido antes bomberos preferían lucir la camisa blanca del Cuerpo de Bomberos de New York, que era una prenda llena de pliegues, de excelente calidad y muy elegante.

Zuavos de Fuego

Sabiendo que llegaban tarde a la cita, los zuavos venían ya un tanto desorganizados, con las líneas curvadas y ligeramente desviados sobre su dirección de marcha prevista, de forma que su ala se puso inadvertidamente a tiro del enemigo que se desplegaba en la linde del bosque, De pronto, un fuego graneado, aunque en general no muy bien dirigido, empezó a centrarse sobre ellos, y una masa de hombres, (el grupo de combate del 4º de Alabama mandado por States Rights Gist), cargó sobre su flanco.

Desconcertadas, las compañías del 11º de New York reaccionaron a distintas velocidades y de diferentes formas, iniciando su desorden. Y, mientras el fuego contra el 11º arreciaba desde diferentes puntos, en el otro extremo un cuerpo de casi 400 jinetes salió del linde de un bosquecillo cercano y cargó contra él. Era el 1º de Caballería de Virginia de JEB Stuart, o “Black Horse”, que tras recorrer a marchas forzadas en los dos últimos días el camino desde Charlestown al campo de batalla, entraba en acción casi de inmediato.

Los bisoños zuavos no pudieron resistir este tratamiento, y la carga de caballería puso a la mayoría en fuga aun antes de que los jinetes alcanzaran sus filas. Tratando de mantener agrupado al menos el contingente que le rodeaba, Noah Farnham cayó mortalmente herido a los pocos minutos, (aunque tardaría aún más de 3 semanas en morir), y la desintegración de su unidad se consumó. Muchos zuavos, sudorosos, se unirían a otros regimientos y combatirían ejemplarmente el resto de la jornada, pero la mayoría se deslizaron hacia retaguardia, y no faltaron los que corrieron tanto que aparecerían en el mismo Washington a poco del atardecer, difundiendo rumores alarmantes. Los 500 hombres del Batallón de Marines del Mayor Reynolds, que habían sido adelantados para apoyarles, se dejaron arrastrar por su fuga.

Samuel Heintzelman se dio cuenta de que los cañones de Griffin y Ricketts, ya bajo el fuego de la infantería confederada, corrían un serio peligro, y arrastró personalmente cuesta arriba al 1º de Minnesota del Coronel Willis Arnold Gorman, pero se vio enfrentado a cuerpos de infantería confederada que terminaban la expulsión de los zuavos y los Marines de los prados de Henry House. En particular hubo de cruzar un vivo fuego con el 33º de Virginia del Coronel Arthur Cummings, que era una unidad de Jackson cedida al grupo de combate de Beauregard, y que iba además uniformada en azul, lo que hizo que un instante de confusión precediese al tiroteo entre ambas formaciones. El 33º de Virginia, encabezado personalmente por Beauregard y apoyado por elementos de otras formaciones, logró finalmente reenviar a los de Minnesota colina abajo, mientras los uniformes azules de otra de sus compañías hacían también un papel en la captura de las bocas de fuego.

En efecto los capitanes Ricketts y Griffin, asistidos por el Mayor Barry estaban intentando desesperadamente reenganchar sus bocas de fuego para huir con ellas mientras, usando descargas de metralla y el fuego de sus armas individuales, intentaban mantener la Infantería enemiga a distancia. Y lo estaban haciendo medianamente bien, (gracias a la bisoñez de las tropas enemigas), hasta que una compañía del 33º de Virginia avanzó decididamente hacia las piezas. Charles Griffin ya iba a disparar sobre ella pero el Mayor Barry, temiendo que fuera una fuerza unionista de apoyo, contuvo su fuego un momento que permitió a los virginianos llegar a 100 metros de las piezas y disparar una bien dirigida andanada, matando o hiriendo tantos artilleros y caballos que la defensa de los cañones se convirtió de golpe en imposible.

William Farquhar Barry, que ya estaba montado, pudo huir a uña de caballo. Y Charles Griffin, que tenía ya enganchados sus dos obuses del 12, montó sobre ellos cuantos artilleros pudo y huyó a su vez a escape. Ricketts, ya herido, trató de defender los 9 Parrot restantes con sus hombres y los que Griffin dejara atrás. Pero en pocos minutos fue herido de nuevo, y tomado prisionero con todos ellos.

Los norteños no estaban dispuestos a dar definitivamente por perdidos aquellos cañones, y William Buel Franklin contraatacó enseguida al frente de los regimientos de su brigada 4º y 5º de Massachusetts, llegando a recuperarlos por unos minutos, para ser al punto rechazado colina abajo por una carga a la bayoneta personalmente encabezada por Pierre Beauregard que, sable desnudo en la mano, gritaba como un loco.

Atacó a continuación la Brigada de Andrew Porter, con los regimientos de New York 8º de Milicia, 14º de Zuavos y 27º, seguida por el 1º de Michigan encabezado por su antiguo jefe Orlando Bolívar Willcox. Pero uno tras otro, esos esfuerzos fracasaban a su vez, cerrándose con notas dolorosas. En el ataque de Porter y ante la violencia del contraataque de Beauregard, el 14º de New York “Zuavos de Brooklyn” se desbandó parcialmente y su Coronel A. M. Wood, resulto herido y fue capturado mientras intentaba reorganizarlo. En el de Orlando Bolívar Willcox el propio Willcox, desorientado por el estrépito de la batalla y cegado por el humo de la pólvora negra, se adelanto a dar instrucciones a una compañía que resultó ser una de las compañías uniformadas en azul del 33º de Virginia, y se apresuró a disparar contra él, hiriéndolo seriamente y haciéndolo prisionero.

Así, la Brigada de Willcox había perdido a su jefe, y tenía un regimiento dañado, (el 1º de Michigan), y otro disperso, (el 11º de New York). Sin embargo el Coronel John Henry Hobart Ward, del 38º de New York, tomó el mando de los dos restantes, su propia unidad y el 4º de Michigan del Coronel Woodbury, y lanzó un nuevo asalto que iba a ser el más duro y encarnizado de todos, encabezado de nuevo por el corajudo Heintzelman. No sólo lograron ésta vez los unionistas llegar hasta los cañones en disputa, sino que rechazaron varios contraataques en torno a ellos, mientras el valiente 38º de New York conseguía incluso arrastrar tres de las piezas unas cien yardas hacia las líneas unionistas.

Sin embargo, también acabaron siendo rechazados de nuevo. Ya estaba entrando en acción la última Brigada unionista fresca, la del Coronel Oliver Otis Howard, que contaba con su antiguo 2º de Vermont, y los regimientos 3º, 4º y 5º de Maine. Pero lo que no se nos oculta es que, a estas alturas de la batalla, los mandos parecían haber perdido todo control de sus acciones, y los unionistas atacaban, y Beauregard contraatacaba, de una forma mecánica y como sin ideas, esperando sólo que el enemigo no fuera capaz de realizar un esfuerzo más.

Algo más allá, en la zona de la ladera donde el Coronel unionista Sherman se enfrentaba a T.J Jackson, las cosas estaban más definidas, pero del lado de los confederados. En efecto, Thomas Jackson había observado en su sector la presencia de una línea ascendente de prados, en pendiente más suave y gradual que el terreno en torno a él y de la anchura suficiente para desplegar un regimiento, y estaba absolutamente seguro de que los unionistas, siempre muy contrariados por los problemas que el terreno oponía a un despliegue correcto de sus bisoñas tropas, no podrían resistir la tentación y le enviarían su fuerza ordenadamente regimiento por regimiento, (y bien separados, para que no se confundieran), por aquellos prados.

Por consiguiente tenía sus propios regimientos formando semicírculo en torno a la desembocadura de tal línea de avance, dispuesto a aplastar con una superioridad de 4 a 1 en fuego de mosquetería, y ocho cañones, (disponía de su propia batería, más la que había apoyado a Barnard Bee), a cada desgraciado regimiento que alcanzase el fin de la línea de prados. Para colmo, el final de tal línea acababa en un cambio de pendiente que impedía que el regimiento avanzado recibiera apoyo de fuego desde detrás, (incluso la Artillería tenía graves dificultades para alcanzar las posiciones de Jackson), y a más iba a penetrar en un bosque, cuya linde daba una cobertura de primera a la infantería de Jackson.

Y el Coronel William Tecumseh Sherman, pese a su fama posterior, no decepcionó las expectativas de Jackson. Hemos visto como había inaugurado su participación en la batalla con un toque de simpática originalidad, pero, como se ha podido observar, su actuación se hizo pronto más y más convencional. Y al llegar a éste punto fue incapaz de resistir la atracción de lo obvio, y envió sus regimientos, uno por uno, ladera arriba por los prados a esa especie de “recibidor de la araña” que Jackson había preparado frente a ellos. Si en algo se mostró diferencia entre él y otros mandos menos afamados después, fue en que empleó su indudable carisma para mentalizarles en la misión imposible que les encargaba, con lo que tardaron más que los regimientos de otras brigadas en reconocer su derrota, y sus bajas resultaron mucho más altas.

Ascendió primero aquella “rampa de la muerte” el 2º de Wisconsin del Coronel H. W. Peck, se debatió media hora en intentos de avance y retrocesos, y descendió, diezmado y desmoralizado. Envió entonces Sherman al 79º de la Milicia de New York, “Cameron Highlanders”. Esta unidad era el regimiento étnico de los escoceses de New York y había sido creada por su Coronel Jacob Cameron, hermano del Secretario de Guerra de Lincoln, utilizando influencias para que se le diera el número 79º y lograr así, con tal cifra y su apellido, que se pareciera lo más posible al 79º Foot “Cameron Highlanders” de la propia Escocia. Había tenido un éxito loco, pese a que el Comisariado de New York no les había permitido usar “kilts” sino en el uniforme de gala, y en la batalla gastaban diversas chaquetas azules muy peculiares, numerosos adornos en tartán Cameron, y desde luego, gorras “Glenngarry”.

Pocos regimientos unionistas poseían un espíritu de cuerpo tan cerrado pero el desgraciado “Cameron Highlanders” sólo logró mantenerse en lo alto unos minutos más que el 2º de Wisconsin, regresando después igualmente desmoralizado, y trayendo consigo el cadáver del Coronel Cameron. Tocó ahora el turno a los irlandeses del 69º de New York del Coronel Corcoran, que hasta éste momento habían sido quizá los más agresivos y combativos soldados unionistas, pero su intentona resultaría tan desafortunada como las anteriores.

Hacia las 4 de la tarde, todo el campo de batalla había llegado a un impasse. Efectivamente, los unionistas proseguían con sus ataques, y los confederados con sus defensas y contraataques, pero en zonas muy limitadas y como en un sueño de irrealidad, favorecido porque el cielo se estaba nublando, mientras el bochorno se hacía más y más infernalmente pegajoso. Todo era tan irreal, que los propios generales “perdían” unidades. Recordemos así que Irvin McDowell tenía a mano tres brigadas que (quizá por no estar ante sus ojos), parecía haber olvidado: la de Burnside (más el gran batallón de regulares del Mayor Sykes), junto a los carros, la de Keyes, más allá de la Robinson’s House, y la de Schenk, que seguía con el mando del Brigadier Tyler al otro lado del puente de piedra. Por cierto que hacia aquella hora Tyler, quizá aburrido por su inactividad, dio al fin orden a Schenk de eliminar los barreamientos improvisados del puente, para pasar al otro lado.

Por parte del mando de Beauregard, la situación no era menos extraña. Había logrado conectar con algunas de sus brigadas, como la 1ª de Milledge Luke Bonham, (regimientos 11º de North Carolina y 2º, 3º, 7º y 8º de South Carolina), la 3ª de David Rumph Jones, (regimientos 5º de South Carolina y 17º y 18º de Mississippi), 4ª de James Longstreet, (5º de North Carolina y 1º, 11º y 17º de Virginia), y 5ª de Philip Saint George Cocke, (8º, 18º, 19º, 28º y 49º de Virginia). Pero todas ellas estaban situadas en la zona de los vados, directamente al Este y Nordeste de Henry Hill, y no se decidía a extraer refuerzos sustanciales de ellas.

Esto debe decirse en honor a la excelente representación de agresividad que, al contrario de la de Schenk en el puente de piedra, estaban ofreciendo las brigadas unionistas de Israel Bush Richardson y Thomas Arnold Davis. (1° de Massachusetts, 2° y 3° de Michigan, 12º, 16º, 18º, 31º y 32º de New York, y baterías del Mayor Henry Hunt y el Teniente O. D. Greene). Con la continua impresión de que un ataque secundario se podía producir en cualquier momento desde aquel ángulo, Beauregard no se había atrevido a entresacar, para ir a reforzar sus posiciones en Henry Hill, sino algún regimiento suelto de las brigadas de Bonham, Jones y Cocke, dejando la de Longstreet, que consideraba su elemento de contraofensiva en el sector, totalmente intocada.

Richard Stoddart Ewell, CSA

Jubal Anderson Early, CSA

Theophilus Hunter Holmes, CSA

Ahora bien, los confederados contaban con otras tres brigadas: la 2ª de Richard Stoddart Ewell, (regimientos 5º y 6º de Alabama y 6º de Louisiana), la 6ª de Jubal Anderson Early (7º de Louisiana, 13º de Mississippi y 7º y 24º de Virginia), y la llamada Reserve Brigade o Aquia Force del Brigadier Holmes, que últimamente se había convertido en un cajón desastre de refuerzos de última hora, (la Hampton’s Legión le estaba asignada, aunque no se le había llegado a unir), con los regimientos 1º de Arkansas, 2º de Tennessee y 8º de Louisiana, y cuerpos de Infantería del tamaño de un batallón.

Pues bien, Beauregard seguía sin lograr entrar en contacto con estas unidades, (de las que lógicamente hubiera debido extraer las reservas para volcar a su favor el forcejeo por Henry Hill), desde la mañana. En realidad Richard Ewell y Jubal Early, más jóvenes e impetuosos que Holmes, y casi locos de furia por la inmovilidad en que se les tenía mientras el cañón bramaba a lo lejos, habían dejado ya sus posiciones, y recorrían los caminos, seguidos por sus brigadas, tratando de encontrar el campo de batalla. Pero no sabían que la lucha era al otro lado de Henry Hill, que apantallaba el sonido haciéndoles guiarse por ecos, que los desorientaban una y otra vez.

Así que el cambio en la batalla hubo de venir de otro lado, con la llegada al apeadero de Manassas de la última brigada del 2º Cuerpo de Joseph Johnston, que estaba mandada por Edmund Kirby Smith y contaba con los regimientos 1º de Maryland, 3º de Tennessee y 10º y 13º de Virginia. Organizada de inmediato, como el trabajo de Estado Mayor del viejo Johnston era mucho más serio que el del 1º Cuerpo de Beauregard, Smith se encontró con órdenes completas e instrucciones detalladas para dirigirse inmediatamente a Henry Hill.

Hacia allí partió, y quiso la suerte que arrastrando en su estela a la 6ª Brigada del 1er Cuerpo, de Jubal Early. En efecto, viendo marchar a lo lejos a la Brigada de Smith, decidida y a buen paso. Early comprendió que sabía a donde iba, y por tanto había de dirigirse al frente. Y dio orden a sus propios hombres de marchar tras ella.

Edmund Kirby Smith, CSA

El combate seguía ciegamente en Henry Hill, donde el Coronel unionista Oliver Otis Howard acababa de atacar pendiente arriba con su antiguo regimiento, el 2º de Vermont, mientras Sherman se preparaba a enviar pendiente arriba al 13º de New York del Coronel Quimby. Entonces, hacia las 16:30, la brigada de Edmund Kirby Smith apareció ante la vista del puesto de mando de Johnston en “Portici”. Y el Mayor General le envió orden inmediata de realizar su aproximación por Baid Hill, colina situada justo al Sudoeste de Henry Hill, pequeña y boscosa, y atacar desde ella el flanco derecho de la agrupación de McDowell frente a Henry Hill, ocupado por la Brigada unionista de Howard.

Johnston estaba convencido de que los unionistas estaban escasos ya de reservas, y serían bien zarandeados por una acción así. Sin embargo, aquélla estuvo a punto de interrumpirse pues, al subir Smith al puesto de mando de Beauregard en Henry Hill, para presentarle sus respetos y estudiar el terreno en que iba a operar, cayó gravísimamente herido por una bala de un francotirador unionista. Por fortuna para los sureños, y como Smith hacía también de Jefe de Estado Mayor de Johnston, su brigada estaba muy acostumbrada a actuar mandada por su sustituto, el Coronel Arnold Elzey del 1º de Maryland, mientras éste quedaba al mando del Teniente Coronel George Hume Steuart

Y mientras el ataque de Elzey partía, resquebrajando y haciendo doblarse peligrosamente el flanco derecho de la fuerza principal de McDowell, era la Brigada de Jubal Anderson Early la que aparecía a la vista de Johnston que, seguro de que su estrategia iba a tener éxito, le envió de inmediato orden de seguir a Elzey y atacar tras él el mismo objetivo. Para desgracia final de los unionistas, se encontraba en la zona JEB Stuart, viejo conocido de Early que acababa de regresar de Baid Hill, y aseguró al jefe de la 6ª Brigada que Johnston estaba en lo cierto y con un solo empujón más, si se daba con rapidez y energía, toda el ala derecha norteña iba a resquebrajarse como madera podrida.

Early le hizo caso, y lanzó a sus soldados a cruzar Baid Hill tan aprisa, que su ataque se produjo cuando aún duraban los últimos momentos del de Elzey. Y su impacto resultó más de lo que podían soportar los regimientos de Howard, (2º de Vermont y 3º, 4º y 5º de Maine), ya desordenados por Elzey, que se desbandaron de golpe, (para horror del propio Howard, que durante toda la guerra iba a demostrar ser un oficial muy puntilloso con su honor aunque descuidado con sus flancos).

La repentina desintegración de la Brigada de Oliver Otis Howard trasmitió un estremecimiento a toda la fuerza unionista reunida ante Henry Hillen algunas de cuyas unidades empezaron a dibujarse conatos de desbandada, mientras cada comandante comenzaba a hacer evolucionar a sus tropas para hacer frente al hueco aparecido, de una forma más bien desordenada y que no hizo nada para mantener la ahora decaída moral.

Y Pierre Gustave Toutain Beauregard, que estaba viéndolo desde lo alto de la colina, tuvo entonces un instante de inspiración que redime muchas de sus numerosas chapucerías de mando anteriores: dio orden de que todos los regimientos confederados de la colina se pusieran en pie y descendieran con la bayoneta calada. En realidad era un farol, que difícilmente podía haberse mantenido si los unionistas se pegan al terreno y resisten pues la mayoría de aquellos regimientos estaban agotados por interminables horas de combate y con las cartucheras vacías. Incluso la artillería confederada estaba agotando su munición y retirándose, batería por batería.

Pero Beauregard había sabido comprender el momento en que las tropas unionistas no iban a ser capaces de resistir la visión de lo que desde abajo parecía una enorme masa de hombres y bayonetas, descendiendo la colina al unísono. Y el Ejército de Irvin McDowell se desintegró.

De ser un ejército, quedó convertido en una masa de hombres que corrían, mientras algunos grupos de tropas más instruidas o de oficiales que se esforzaban en vano en reorganizar a sus hombres, quedaban como islas en un mar crecientemente desierto. Algunas brigadas que quedaron fuera de la primera estampida, se desorganizaron menos y se retiraron con alguna dignidad, como las de Keyes y Sherman, que se alejaron hacia el puente de piedra, y la de Burnside y los regulares de Sykes, que retrocedieron hacía Sudley’s Ford. En cambio el pánico era a veces contagioso y la Brigada de Robert Cummings Schenk, que no había olido realmente la pólvora en todo el día, acababa de desbloquear el puente de piedra cuando fue alcanzada y desorganizada por la oleada principal de fugitivos, hombres mezclados de unidades diferentes que llegaban corriendo desde Henry Hill.

El pánico se impuso al grueso de los hombres de Schenk, y éstos se unieron a la fuga, dejando desgraciadamente el puente sin defensa y perfectamente limpio, como una inesperada amabilidad al posible perseguidor.

Irvin McDowell, desesperado, mandó órdenes al Coronel Dixon Miles, jefe de la 5ª División con mando en Centreville, para que corriese con un par de brigadas al puente de piedra. Su idea era detener la fuga allá y contener, aprovechando las tropas frescas de Miles, a los confederados en la línea del Bull Run, con lo que la ya inevitable derrota podría mantenerse dentro de las dimensiones de lo aceptable. Pero, como tras enviar un par de mensajes y recibir tan sólo una contestación incoherente, siguiese sin tener noticia de que Miles estuviera haciendo nada, hubo de presentarse al galope en la propia Centreville, donde encontró la respuesta a sus dudas. No se había hecho ningún preparativo porque Dixon Miles estaba tan borracho que no podía hilar dos ideas, e incluso, siendo un viejo jinete, se caía del caballo.

Al parecer, dolido por ser el único de los soldados con mando de división que no había recibido una habilitación de Brigadier, y más porque le parecía que el papel secundario de la 5ª División en el plan de batalla iba a imposibilitar que se la ganara, el “angelito” llevaba todo él día pegado a la botella, (de hecho a varias botellas). Y, para cuando McDowell descubrió el problema, era ya tarde para organizar el movimiento anteriormente planeado.

En efecto, entretanto los confederados, cuya infantería estaba en pésima condición para perseguir al enemigo, habían dado luz verde a la caballería para hacerlo. No es que fuese mucha caballería: se limitaba al “Black Horse” por parte del 2º Cuerpo, y a un “30º de Caballería de Virginia” de R. C. W. Radford, (que no tendría continuidad), un “Batallón de Harrison” y varias compañías independientes del 1º. Total, menos de 2.000 hombres, lo que sin embargo cuadruplicaba a los 500 jinetes norteños con que había contado el Mayor unionista Innis Newton Palmer.

El “Black Horse” era la unidad más próxima, y entró en acción la primera, tratando de perseguir al enemigo que huía por el Sudley’s Ford. Pero, apenas cruzado éste, fue frenado en seco y obligado a recular por un duro esfuerzo defensivo a cargo de la Infantería Regular de George Sykes, apoyada por la batería del Capitán Arnold. Más suerte iba a tener, en la Warrington Turnpike, la Caballería del 1er Cuerpo. Se hizo ante ella un intento de defender el puente de piedra, por parte del infatigable 69º de la Milicia de New York del Coronel Michael Corcoran, y la batería Carlisle. Pero el terreno era allí mucho más abierto, y por tanto favorable a la Caballería, que en la zona de Sudley’s Ford, y los irlandeses de Corcoran eran bastante menos numerosos que los regulares de Sykes, (amén de estar agotados, y cortos de munición).

Así, aunque lograron rechazar los primeros tanteos, y detener un ataque en masa de los jinetes de Radford, un ataque inmediatamente posterior y llevado a cabo desde otra dirección por una Compañía autónoma, (mandada por el Teniente Thomas T. Munford), logró romper su formación y ponerlos en fuga. Corcoran, que peleaba por mantener aún una parte de ellos en línea, fue herido y capturado. Por el hueco así creado se introdujo la Batería de Alexandría, del Capitán Kemper, que tuvo la astucia de disparar sus cañones contra el puente del Cub Run, donde se imaginaba que el desorden de la fuga habría creado un buen atasco.

Puente sobre el Bull Run

¿Atasco? Aquello era un caos, magnificado, si cabe, por la gran cantidad de coches y calesas civiles que disputaban el paso a los carros, cañones, armones y ambulancias del Ejército. Y los proyectiles del Capitán Kemper culminaron el desastre, alcanzando de lleno a un gran carro de Intendencia que quedó medio reducido a astillas, volcado y cruzado barreando el puente. La sensación de los hombres de estar atrapados hizo el resto, y al grito de “¡Viene el Black Horse!” Cundió el pánico.

El corresponsal del “The Times” Russell, que lo presenció y era, a la par que su reaccionario periódico, muy proconfederado, dio toda clase de detalles en su crónica.

Al parecer, masas de soldados, (y algunos civiles), aterrorizados, se lanzaron a cruzar el Cub Run, vadeando o nadando, arrojando armas y equipo, los conductores de ambulancias y cañones abandonaban unos y otros para cortar las correas de las caballerías y huir sobre ellas montando a pelo, e incluso algunos hombres enloquecidos subían a las ambulancias y arrojaban heridos desde ellas, para ocupar su puesto haciéndose pasar por tales.

Sin embargo, el temido “Black Horse” estaba aún en Sudley Springs, lamiéndose las heridas de su último encuentro. Y la Caballería del 1er Cuerpo, más próxima y habiendo alcanzado mayor éxito, había quedado cansada y algo desmoralizada tras la dura resistencia que le opuso Corcoran, y no avanzaría hasta más de media hora después, cuando lo peor del pánico ya había pasado. Esta fuerza se dirigiría entonces directamente hacia Centreville, para topar ante ella con la brigada unionista de Ludwig Blenker, que la frenó en seco en un corto pero duro combate, con un centenar de bajas de cada lado. Blenker contaba con los regimientos básicamente alemanes 27º de Pennsylvania y 8º y 29º de Voluntarios de New York, (coroneles Einstein, Stahel y Von Steinwehr), y el 39º de Voluntarios neoyorquino, (con italianos, españoles, franceses y húngaros), del Coronel F. G. D. Utassy. Y contaba con el apoyo de la Batería A del 2º de Artillería (Capitán John C. Tidball) y la Batería del Capitán Charles Bookwood, de los Voluntarios de New York.

El bochorno del día se había resuelto entretanto en lluvia durante la fase de persecución, y esta última acción ante Centreville hubo de librarse bajo una espesa cortina de agua. Y, siendo ambos ejércitos bisoños, la copiosa lluvia, que iba además a continuar durante todo el lunes 22, iba a resultar un inconveniente insuperable tanto para la reorganización de los apaleados unionistas, como para que sus rivales pudieran explotar su éxito.

Stone Church, Centreville, VA

De hecho el Presidente confederado Jefferson Davis se había presentado a caballo en el campo de batalla antes del final de ésta, y exigía perentoriamente acciones de persecución más vigorosas tras el semifracaso de la caballería. Pero no se podía superar el cansancio y la bisoñez de las unidades, y la Brigada de Milledge Luke Bonham, finalmente designada para encabezar un nuevo avance hacia Centreville, no logró estar a punto hasta la caída de la noche del domingo.

Retrasada la operación al lunes, la fuerte lluvia, que había convertido los caminos en ríos de barro, resultaba un terrible obstáculo al avance de la artillería, y más a la peculiar artillería pesada tirada por bueyes de los confederados, cuando se necesitaba toda la artillería para atacar las posiciones unionistas de Centreville. Al fin los confederados alcanzaron Centreville en la mañana del martes 23 de Julio para encontraría vacía. En el día anterior el Northeastern Virginia Army unionista de Irvin McDowell, descorazonado y disminuyendo a ojos vistas por las deserciones y el licenciamiento de unidades que habían cumplido ya sus tres meses, se había replegado definitivamente, sobre Washington.

Así terminó la batalla que los unionistas llamaron “de Bull Run”, (y más tarde “Primera Batalla de Bull Run”), y los confederados “Manassas” o “Manassas Junction”. Se han hecho diversos cálculos de las bajas sufridas, ninguno de ellos de completa confianza, de los que puede deducirse que los confederados sufrieron en ella unas numerosas bajas, (incluyendo la pérdida de los jefes de Brigada Bee y Bartow y los de regimiento Jones y C. F. Fisher, del 6º de North Carolina, muerto en Henry Hill). En cuanto a los unionistas, sus pérdidas humanas ascendían a casi un tercio superior al enemigo (Del total, casi 500 serían muertos, incluyendo los jefes de regimiento J. S. Slocum y Jacob Cameron).

Bajas en la 1ª de BULL RUN

Debe recordarse que los muertos que se dan son siempre los recogidos en el campo de batalla, que solían representar entre poco más de la mitad y una tercera parte de los muertos finales. (Muchos heridos morían en las 24 horas siguientes, por falta de sangre o a causa de las terribles curas que se practicaban. Otra buena cantidad en los 10-15 días siguientes, por la “pulmonía del herido”, muy frecuente y gravísima en aquellos días y después aún seguían falleciendo hasta tres meses e incluso más a causa de complicaciones de las heridas y sus curas, infecciones, septicemia y el temido tétanos).

Además los confederados habían tomado 27 cañones, (incluyendo el Parrot de 30 libras, que fue abandonado en el atasco del Cub Run con otras piezas), una cifra de fusiles que se discute mucho, pero que pudo estar entre 4.000 y 8.000, 4.500 equipos completos, 500.000 cartuchos de fusilería, carros, caballos, ropa, comida y casi cualquier otro útil que se pueda imaginar. Las bajas fueron particularmente numerosas entre los oficiales, y aún más en el Sur donde, al menos en este frente, la experiencia hizo abandonar a los oficiales confederados el uso de sus antiguos uniformes de la Unión, que destacaban demasiado entre su tropa.

Entre los confederados, Francis Barlow fue ascendido póstumamente a Brigadier con fecha del día de la batalla. Al mes siguiente fueron nombrados brigadieres Jubal Early, JEB Stuart y el Coronel de Artillería Samuel Jones. Por su parte, Beauregard recibió de inmediato el despacho de Mayor General y para principio de otoño, “Stonewall” Jackson obtendría el suyo. Otros hombres cuya carrera se vería impulsada por Bull Run serían Thomas Munford, encargado enseguida como Mayor de ir formando el 2º de Caballería de Virginia, el artillero Kemper o más indirectamente, su compañero John Imboden.

Francis Barlow, CSA

Imboden peleó en Bull Run como Capitán al frente de la batería “Stauton”, inicialmente asignada a la Brigada de Barnard Bee y luego cedida a Thomas Jackson en la defensa de Henry Hill. Y como el emplazamiento de sus cañones estaba situado junto al puesto de mando de Jackson, e Imboden había sido alumno de Artillería de aquél en el V.M.I, ambos hombres reanudaron durante la batalla, y desde un nuevo punto de vista, su antigua relación, naciendo una especie de amistad de aire sangriento. En efecto y por una imprudencia suya, sus cañones habían reventado aquella mañana un tímpano a Imboden, que tenía manchas de sangre en el cuello y hombro, e hilillos de sangre seca colgándole de la oreja. Y a Jackson, herido de poco cuidado en el brazo por una esquirla de granada, le goteaba sangre hasta la mano, de cuyos dedos se la chupaba, pensativo, dejándose las barbas perdidas. En todo caso, a Jackson le gustó el “estilo” del Capitán, al que semanas después reclamaría para su famoso “equipo”.

Joseph Eggleston Johnston, CSA

Respecto a quien había ganado la Batalla de Bull Run, la respuesta es obvia: Joseph Eggleston Johnston, sin cuyo plan para agrupar ambos cuerpos los confederados no hubieran tenido la menor oportunidad, cuyas tropas habían llevado el peso de la batalla y sufrido el doble de bajas que el 1er Cuerpo y que, al fin, era quien había conseguido las reservas decisivas gracias a su idea de utilizar el ferrocarril, y les había indicado donde golpear.

Sin embargo Beauregard, muy popular entre la Prensa confederada desde el asunto de Fort Sumter, y muy hambriento de gloria, empujó decididamente para salir “en el centro de la foto”, y logró que tal gloria le fuera atribuida, aprovechando que era a él al que los soldados habían visto combatir. Y Johnston, viejo caballero poco ansioso de discutir, lo dejó hacer sin más que alguna protesta formularia.

En cambio, el afán de protagonismo de Beauregard encontró un inesperado rival en el propio Presidente Jefferson Davis. Este, que desde un principio había sido decidido partidario de hacer cualquier sacrificio por incluir Virginia en la Confederación, y de que éste Estado podía ser defendido de los ataques norteños, había por ello tenido que soportar agrias disputas con Robert Barnwell Rhett y otros fire-eaters, y pagado un precio en crédito político, y se sentía con derecho a reclamar cuanta gloria le fuera posible, como compensación. Y en esta lucha sorda por el favor de Prensa y público se desarrolló entre ambos hombres, hasta entonces en inmejorables relaciones, (Beauregard había sido el primer general nombrado para el Ejército Provisional), en un verdadero odio.

Pierre Gustave Toutain Beauregard, CSA

Pierre Gustave Toutain Beauregard era un descendiente de la familia francesa monárquica de los Toutain, que poseían plantaciones en las Antillas francesas, y durante la Revolución fueron a instalarse a Louisiana, levantando la rica plantación llamada Beauregard. (Una forma de “Buena Vista”, y no, como aseguraba el personaje de Marilyn Monroe en “Bus Stop”, “Ojos Bonitos”). Cuando el joven Pierre se había presentado para iniciar la carrera militar en West Point, había firmado sus papeles a la manera aristocrática europea, añadiendo el nombre del solar al propio: “Pierre Gustavo Toutain de Beauregard”. Y la Academia había borrado el “de” y le había impuesto Beauregard como apellido, y su verdadero apellido, Toutain, como tercer nombre.

Pese a que, dos generaciones después de la llegada de los Toutain a Louisiana, Beauregard sólo era parcialmente francés, estaba encantado de serlo y se pasaba el día “haciendo el francés” como él lo entendía, lo que en realidad era una sobreactuación más bien gascona. Por lo demás un hombre de 43 años, guapo y de facciones finas, con bigote y perilla a estilo mosquetero, está hoy muy mal considerado profesionalmente por la historia anglosajona, que no soporta sus discursos, ultraexagerados y totalmente decimonónicos en su aparatosa concepción, ni su actitud de divo, y le reprocha mucho su chapucero trabajo en Bull Run.

Efectivamente, sus discursos sólo pueden leerse hoy como piezas cómicas, y no sólo su trabajo de estado mayor en Bull Run, sino también muchas de sus instrucciones como comandante de Camp Pickens, son feas chapuzas, que le delatan claramente adormecido al calor de su éxito en Fort Sumter.

Pero no nos engañemos: la chapucería estaba al orden del día en aquellos momentos, y tras la ruindad con que son estudiadas sus actuaciones posteriores tienen que existir móviles no técnicos: probablemente el “castigarle” por haberse convertido en un enemigo declarado de Jefferson Davis que aun hoy, sigue siendo una vaca sagrada de la gran derecha estadounidense. De hecho y aun dentro de su poca brillante actuación en Bull Run, demostró gran valor personal y capacidad de improvisación en Henry Hill, y tuvo un toque de auténtico genio al “ver” el momento en que aun la insinuación de un ataque general “rompería la espalda” a los unionistas. Y como Sherman, cuya actuación en Bull Run tampoco había sido demasiado buena, y con el que mal que le pese a la tradición estadounidense le veo más de un paralelismo, era un soldado con la no tan corriente cualidad de aprender de sus errores, y que mejoraría mucho con el tiempo.

Pero los primeros efectos de su choque con Davis se hicieron ver de inmediato, cuando los Cuerpos 1º y 2º confederados fueron fundidos en un solo mando, que llevaría el nombre de “Ejército del Potomac”, (Army of the Potomac), antes empleado por el 1º. En efecto, y pese al extraordinario prestigio que poseía en aquel momento Beauregard, el mando de esta gran unidad fue entregado, (merecidamente), a Joseph Eggleston Johnston, quedando aquél como su ayudante y segundo jefe.

Irvin McDowell, USA

En el Norte no rodaron cabezas al estilo que a menudo sucede a una derrota militar sonada. El viejo Winfield Scott, que quizá se sentía parcialmente culpable de lo ocurrido, por no haber sabido prevenir la innovadora acción de Johnston, se opuso a ello, y el Presidente Lincoln le secundó. Tan sólo los viejos generales de Milicia Robert Patterson y Theodor Runyon, que habían tenido un rendimiento inferior a sus expectativas y estaban en filas por tres meses, encontraron que, al cumplirse este periodo, no se les renovaba sus comisiones y se les pedía discretamente que no se ofreciesen por nuevos plazos, con lo que se encontraron reenviados a sus casas sin ruido. Daniel Tyler, chapucero y obstruccionista, no fue siquiera amonestado, pero encontró que la confirmación de su habilitación de Brigadier se retrasaba mes tras mes y, para cuando recibió el ascenso en firme, hacía tiempo que sus antiguos comandantes de brigada eran brigadieres en firme a su vez. Mientras, perdió el mando de la 1ª División, pasando a cargos administrativos.

El hombre más castigado fue Dixon Miles, al que se le comunicó que su posible ascenso quedaba indefinidamente retrasado, y debería hacer algo para demostrar una nueva actitud antes de que tal retraso se revocara. En cuanto a Irvin McDowell, el hombre cuya cabeza pedía más la Prensa, Scott se limitó a quitarle el mando del Ejército y ponerle al frente de la División antes mandada por Tyler. Para el mando de la 2ª División, vacante mientras David Hunter se debatía aún entre la vida y la muerte, se hizo traer del Oeste al combativo aunque viejo Erwin Vose Sumner. El de la 3ª siguió en manos de Samuel Peter Heintzelman, mientras la 4ª debía ser reorganizada, al desaparecer, con los tres meses, la brigada formada por Milicias de New Jersey. En cuanto a la 5ª, pasó a las manos de Ludwig Blenker.

Naturalmente, la decisión más importante era a quién dar ahora el mando del Ejército. Pero para eso hubo de pensarse poco, pues Prensa y público cantaban ya el nombre del héroe unionista del momento, y hasta Winfield Scott reconoció que, dada su capacidad organizativa, será el hombre apropiado para afrontar la reorganización que el fin de los periodos de tres meses requería: por supuesto, hablamos de George Brinton McClelland, que llegó a Washington ya el 26 de Julio.

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