Capítulo VIII: Primeros Choques Militares En Tierra

Hacia 1861, los 11 Estados en rebelión sumaban cosa de 9.000.000 de habitantes, incluyendo 3.500.000 de esclavos de color, mientras el resto de la Unión pasaba de 20.000.000 de población, incluyendo apenas 500.000 de raza negra, en su mayoría libres. Además el Norte poseía el 85% de la industria, con 110.000 empresas frente a 18.000 sureñas, dos tercios de la red ferroviaria, el 80% de los depósitos bancarios, las principales zonas mineras y la agricultura más avanzada.

Ante tal panorama, se plantea qué clase de esperanzas abrigaban los secesionistas respecto a su posible éxito. Y nos encontramos con una serie de esperanzas y cálculos, unos faltos de la menor base y otros mucho mejores fundados. Entre los fundamentos más estúpidos de las esperanzas secesionistas hay por ejemplo hasta tres verdaderos ejercicios de autoengaño, que sin embargo hicieron mucho para dar inicialmente alas a la Secesión.

El primero y más evidente era suponer que los sufridos campesinos sureños eran por naturaleza mejores soldados que los “blandos” norteños, y sus oficiales, miembros de una clase social nacida para liderar, aplastantemente superiores a los “tenderos de uniforme” que el Norte les podía enfrentar. Resumiendo, un soldado rebelde valía por tres yankees. (William Lowdes Yancey, temiendo quedarse corto, había asegurado repetidamente que por cinco).

En realidad, iba a resultar que la mayoría de los “blandos” yankees eran tan campesinos como los sureños, (y además de climas más duros), y hasta los soldados ciudadanos iban a dar sorpresas. (Como su inesperadamente alta resistencia a las epidemias. Y es que el que había sobrevivido a las callejuelas de New York City). Y los “tenderos de uniforme” iban a arreglárselas bastante bien, gracias. De hecho, sólo en los Ejércitos de Virginia, donde en general se enfrentaron a desventajas numéricas superiores a las de otros frentes, pero en los que concurrieron circunstancias especiales, iban los sureños a mostrar, a partir de mediados de 1862, cierta superioridad operativa.

Por lo demás, los sureños iban a ser en general superiores en caballería cosa normal en una gente que montaba mucho más que sus contrarios, y los unionistas lo serían en cambio en Artillería, pues en su tierra se fabricaban más y mejores cañones y proyectiles, y se estudiaba más Matemáticas. Y no habría muchas diferencias visibles más.

El segundo autoengaño era pensar que, con el Mississippi, tenían la llave de las exportaciones del Oeste, que les permitiría tratar a éste desde una posición de fuerza. Podía haber sido así veinte años atrás, diez quizá, pero no en 1861. Para aquella fecha la red ferroviaria podía reconducir esas exportaciones, desviando su flujo a otras líneas de salida. En ese aspecto nadie pareció apreciar suficiente, y aun hoy sigue minusvalorándose, la enorme importancia que tuvo la acción de Nathaniel Lyon al asegurar para la Unión el fundamental nudo ferroviario de Saint Louis. (Quizá fue la acción más decisiva de 1861, a pesar de lo sencilla y económica que resultó).

El tercero era la forma en que se mal interpretaba la posición del Sur como país exportador de materias primas. Hasta los secesionistas más moderados creían sus productos irremplazables, y parecían pensar que el Norte se vería atenazado por el hambre sin su azúcar y su arroz, y Gran Bretaña y Francia tendrían que apoyarles abiertamente para asegurar a su industria textil el suministro de algodón. Incluso el mismo Jefferson Davis parece que se alegró al tener noticia del bloqueo que anunciaba Lincoln, seguro de que iba a acarrear la intervención francobritánica.

En realidad, la Cuba española podía sustituir sus exportaciones de azúcar y arroz, (y a mejor precio). Y en cuanto al algodón, Gran Bretaña y Francia habían acumulado grandes stocks, (cosa lógica dada la continua tendencia alcista del precio del producto durante el último medio siglo). Y para cuando se les fueran acabando, tenían ya en cartera el proyecto de hacerse cultivar su propio algodón en la India y Egipto, (lo que había sido ideado en principio precisamente para poder controlar las subidas del precio internacional del algodón, y ahora se encontraba el momento ideal para ejecutarlo).

Curiosamente, de lo que Inglaterra y Francia realmente no podían prescindir era de los cereales baratos provenientes del Norte, que para su bastante sobreexplotado proletariado industrial creaban la diferencia entre la supervivencia y la desesperación. Porque, mientras los sureños presumían de país agrícola, (cuando no eran sino productores de materias primas industriales), era el Norte el que, a la vez que se industrializaba, se había convertido en una potencia agrícola a escala mundial. De hecho, había tomado el puesto del granero mundial de los cereales. (Puesto que, desde el comienzo de la Edad Moderna, ejercieron Sicilia en el Siglo XVI, Polonia en el XVII, Rusia en el XVIII y Prusia en la primera mitad del Siglo XIX). En cambio ellos, en su prepotencia, habían escogido la senda que lleva al Tercer Mundo. Y la economía internacional les dio el trato que suele reservar a los tercermundistas. De hecho el Norte, pese a sus masas urbanas, iba a ser mucho más capaz de alimentarse a sí mismo que los confederados.

Había en cambio una serie de esperanzas que finalmente no se realizaron, pero que estaban mucho mejor fundadas. El Norte era realmente una amalgama bastante caótica, y su experiencia política estaba desesperadamente retrasada respecto a su capacidad económica. Procurando aumentar el desorden y el desconcierto a través de la jugada bancaria que orquestara Howell Cobb en Noviembre-Diciembre del año anterior, habían esperado crear una ruptura, política o social, que le llevara a “quebrarse” y admitir finalmente la Secesión con una oposición más formularia que eficaz. Podía ser la Secesión de California y Oregón que ya en su momento se propuso, y que hubiese llevado probablemente a más secesiones en cadena, podía ser un plante general del Partido Demócrata y los No-Se-Nada que inmovilizara al Gobierno y la clase política en los momentos más “calientes” de la Secesión, obligándole al primero a intentar luego llevar al país a la guerra “en frío”; y después de que los sacrificios que ésta supondría hubiesen tenido tiempo para meditarse. Podía incluso haber sido cualquier tipo de desunión o ruptura entre los republicanos muy fácil pues aún eran un partido reciente y sin experiencia, lleno de tendencias centrífugas, que fácilmente podrían salir a flote en una crisis.

Sobre todo, el menor error político podía haber sido explotado por los sureños y sus amigos en el Norte que los tenían, y poderosos. Por eso James Buchanan se había mantenido tan pétreamente inmóvil en las últimas semanas de su mandato porque tenía pánico a darles esa palanca. Pero, por supuesto, el Presidente entrante no podía hacer lo mismo.

Y sin embargo, todas estas esperanzas sureñas fracasaron. En primer lugar y aunque creó bastante inquietud en los círculos correspondientes, la crisis bancaria no tuvo efectos tan desorientadores como habían esperado. (Infravaloraron la solidez de la Economía de la Unión). La clase política norteña, en general bastante turbulenta, se asustó lo suficiente para mantener un comportamiento ejemplar por unos meses. Nada de reconvenciones y amenazas feroces, tan solo moderadísimas propuestas para hacerles ver que la Secesión no era necesaria. Stephen Douglas y John Tyler estuvieron magníficos, apoyando al Presidente en el momento crucial. Y Lincoln estuvo inconmensurable.

Imagínese la misma situación manejada por cualquiera de los dos hombres que, en principio, tenían más esperanzas de alcanzar la Presidencia por los republicanos que él. Salmon Portland Chase, que era un tanto cazurro en lo que consideraba su honestidad básica, y claro abolicionista, hubiese gritado “¡Abolición!” en el mismo discurso de Investidura. Y así hubiese echado a Virginia y los Estados intermedios, incluyendo Missouri, Kentucky y Maryland, en los brazos de la Confederación aún en el mes de Marzo. Se hubiese comenzado perdiendo Saint Louis y Washington, y desde luego se habría “quebrado” la Unión. No hablemos de William Henry Seward y sus planes de guerra externa, que inevitablemente hubieran acabado enzarzándole con Inglaterra, Francia y España a la vez. Y era especialmente importante que el Presidente republicano no comenzara con una “pata de banco”, pues habiendo alegado los secesionistas que los republicanos eran una especie de anarquistas seccionarios, tendería a cargar de razón a sus seguidores en el Norte.

Pero Lincoln bailó su jiga en este campo de minas con una perfección que quita el aliento, Discurso de Investidura firme pero conciliador, Gobierno de concentración del Partido, para evitar que aflorase ninguna desunión, perfecto diagnóstico de cómo dar cuerda a los confederados para que ellos mismos se ahorcaran y explotación al máximo del episodio de Fort Sumter. ¡Las multitudes le exigieron que las llevase a la guerra! En verdad, fue providencial para la Unión.

Finalmente, había una última línea de defensa de las esperanzas sureñas que sí iba a funcionar. Sencillamente, tal como los secesionistas lograron montar el constructor de la Confederación, sus hombres iban a hacer una guerra de defensa de sus Estados, y de sus hogares, mientras la Unión se iba a ver abocada a invadir sus territorios, realizando en la práctica una guerra de agresión.

Y, en ésta tesitura, el soldado sureño iba a pelear con una capacidad de sacrificio y una tozuda determinación que lo colocan en la galería de los héroes de la Historia. A veces vencedor, pero muchas otras derrotado buscaría una y otra vez otra línea desde la que seguir resistiendo, sujetándose ferozmente al suelo que le iba siendo arrebatado y dando su sangre a chorro. Y no es que el soldado norteño fuera menos valiente, ni luchara con menos convencimiento ideológico, pero el Norte era con razón o sin ella el invasor, y se encontraría con una serie de obstáculos geográficos, logísticos y de organización que, a la larga, suponían un serio riesgo político.

Este riesgo consistía esencialmente en que el Norte, que al fin se jugaba mucho menos en ella, se aburriese de un negocio largo y sangriento como la guerra. Ya era obvio que, tal como se planteaban las cosas, iba a estar menos dispuesto a realizar sacrificios, e incluso a movilizar hombres que el Sur; (así, las fuerzas en presencia rara vez llegaron a presentar una superioridad norteña de dos a uno, y menos del casi cuatro a uno que la diferencia de población hubiese permitido suponer). Y en última instancia significaba que el Norte había de hacer una guerra contrarreloj pues, si para las elecciones de 1864 el conflicto no estaba resuelto, o en muy claras vías de resolverse, las elecciones darían la Presidencia a quien prometiera terminarlo, cediendo la independencia a los Estados Confederados.

Y ésta última línea de esperanza, al comienzo ideada solo como un último recurso, creyendo que no sería necesaria, fue la única que realmente resultó operativa para los sureños, llegando a estar muy cerca de proporcionarles la victoria.

Pero todo este drama y este sacrificio estaban aún lejos, y en los últimos días de Mayo de 1861 las tropas sólo iniciaban sus primeros, choques armados. Hasta entonces había habido choques sangrientos, pero solo entre tropas y civiles. Cuando a ambos lados había tropa, como en algunas antiguas guerras chinas, uno de los bandos había siempre cedido antes de que las cosas llegaran demasiado lejos. Ahora comenzaría a correr sangre también en éstas acciones, pero durante semanas lo haría como con timidez. Obviamente, los soldados no acababan aún de convencerse de la necesidad del mortal negocio en que estaban embarcados.

De hecho, el primer choque sangriento entre tropas se dio ya el 22 de Mayo, en la Virginia al Oeste del Alleghany. Ese día una patrulla del regimiento unionista del Coronel Kelley, que vigilaba el trazado del estratégico ferrocarril Baltimore and Ohio Railway a su paso por la zona, se topó, en el cruce entre vía férrea y el camino de portazgo llamado Northwest Turnpike, con otra secesionista que patrullaba éste último. Ambas patrullas descargaron apresuradamente las armas y se replegaron, pero un hombre quedó tendido en el cruce. Se trataba del soldado unionista Thornsberry Bailey Brown que, aparentemente por ir adelantado respecto a sus compañeros, había sido el blanco de casi todos los disparos enemigos, y yacía muerto con tres balas de mosquete en el pecho.

Private Thornsberry Bailey Brown was killed in Taylor County (WV) VA.
On the night of May 22, 1861 he and a Lt. Wilson were sent out to reconnoiter the force and position of the enemy.
Lt. Wilson ordered Brown to fire at a Confederate picket. He fired and nicked one of the Confederate pickets in the ear.
Needless to say, Brown fell to the ground dead, with 3 bullets in his chest.
Lt. Wilson escaped.

Antes de transcurrir otros dos días, en la madrugada del 24 de Mayo, la operación del Brigadier Mansfield y el Coronel Heintzelman se ponía en marcha en el Distrito Federal. En su sector Este y al abrigo de las sombras, piquetes del 7º de la Milicia de New York, en sus uniformes grises, cruzaban el Potomac en botes con los remos enfundados para hacer menos ruido, y sorprendían y capturaban en silencio a la guardia que el enemigo mantenía en el lado virginiano del larguísimo puente de madera, (llamado precisamente “Long Bridge”), que unía allí ambas riberas.

De inmediato y a una señal suya, los vapores “Thomas Freeborn” y “Resolute” se acercaron a aquella orilla para desembarcar el resto del regimiento de Marshall Lefferts, mientras los 11º de Voluntarios y 69º de la Milicia, ambos también de New York, se lanzaban a cruzar el puente a paso ligero. Cruzó primero el 69º, regimiento oficial de los irlandeses de la Milicia de New York City, mandado por su compatriota, el Coronel Michael Corcoran. Vestidos con sus uniformes azules, parecidos a los del Ejército de faena pero con quepis “chasseur” y vivos de color, y portando su bandera verde con una gran arpa irlandesa bordada, se lanzaron de inmediato sobre la estación de tren de Alexandría, que era la localidad al otro lado del puente, y la tomaron con muy pocos disparos. Los piquetes enemigos huyeron o se rindieron, y casi 600 pasajeros, sorprendidos por la acción, quedaron retenidos varias horas.

Tras él venía el 11º de Voluntarios, “Zuavos de Fuego”, con quepis rojos y uniformes tipo zuavo pero en un color gris-azul claro, y sin adornos, aunque con algún vivo rojo y azul marino, y una camisa roja asomando debajo. Estos, guiados por su Coronel Ellsworth, ocuparon rápidamente la propia ciudad de Alexandría. Los escasos piquetes de los confederados huyeron ante ellos, pero se capturó, a menudo huyendo por las calles a medio vestir, cierto número de soldados enemigos que pernoctaban allá.

Al Oeste del Distrito Federal, donde el Potomac no va ya mezclado de agua salada, el regimiento 1º de Michigan del Coronel Orlando Bolívar Willcox, (un ex-militar que ya “sonaba” en la vida política de Detroit), y el 12º de Voluntarios de New York, mandado por Daniel Butterfield, (un exitoso y aún joven “barrister” de Wall Street), cruzaron por el puente del ferrocarril de Georgetown y el llamado Chain Bridge y, capturando sin resistencia al piquete enemigo de guardia, ocuparon el villorrio de Arlington, frente a Georgetown.

Se habían hecho así varias docenas de prisioneros, sin más derramamiento de sangre que unos cuantos heridos, casi todos secesionistas y, según se iniciaba el día, daba comienzo la maniobra de barrido sobre las alturas de Arlington, cuando una nota trágica vino a romper la perfección del éxito alcanzado. En Alexandría, viendo con las primeras luces del alba como una gran “bandera de Montgomery” ondeaba sobre un pequeño hotel, el propio Coronel de los Zuavos, Elmer Ephrahim Ellsworth, entusiasta y un tanto jactancioso, subió solo al tejado a arrancarla.

Y, apenas lo había hecho, el propietario del hotel, un fanático un tanto enloquecido llamado James Jackson, lo reventó de un escopetazo, cayendo a su vez inmediatamente ante uno de los zuavos del regimiento, el soldado Francis E. Brownell. Jackson fue considerado un héroe y un mártir en el Sur, y la muerte de Ellsworth, primer jefe de regimiento caído en la guerra, causó una enorme impresión en el Norte.

Hotel en Alexandria

Se trataba de un joven de la mejor sociedad, suculentamente rico y que tenía encandiladas a las damas con su elegante bigotillo y su melena larga y ondulada. Cosa de un año antes había regresado de un viaje a Europa emocionados con los zuavos, (muy de moda allá tras sus éxitos en las recientes guerras en Crimea e Italia). Y de inmediato había creado la compañía de Cadetes Zuavos de los Estados Unidos, con los que había realizado varios viajes de exhibición, despertando en todo el país la “fiebre de los zuavos” que pronto iba a manifestarse. Al estallar la guerra, creó al punto como regimiento zuavo el 11º de Voluntarios de New York, cuyo apodo de “Fire Zouaves” o “Zuavos de Fuego” venía de que Ellsworth había reclutado sus primeras compañías entre los bomberos de New York City. Le sucedería en su mando su segundo y amigo Noah Farnham.

La acción del 24 de Mayo dio a los unionistas una posición mucho más desahogada en torno a Washington, mientras por unos días los sureños, desmoralizados, dejaban penetrar profundamente hacia el Sur sus grupos de reconocimiento. Claro que esto se acabó cuando, enviando al obviamente no muy capacitado M. H. Bonham de vuelta al mando de su brigada, Richmond puso el día 31 siguiente el frente bajo la dirección del Brigadier Pierre G. T. Beauregard.

Sólo un día después, 1 de Junio, se vio la diferencia cuando una patrulla de la Compañía B del 2º de Caballería de la Unión chocó con infantería enemiga en Fairfax Court House, produciéndose un muerto y varios heridos en cada bando. En este incidente murió en Capitán John Quincy Marr de la compañía K del 17º de Virginia, obteniendo el fatídico honor de ser el primer oficial del CSA muerto en la contienda.

Mientras, ya el 25 de Mayo Benjamin Franklin Butler había puesto en marcha su fuerza del área de Fort Monroe. El confederado Magruder, muy superado en número, se retiró ante él, pero un quizá en exceso cauteloso Butler se detuvo tras ocupar Hampton, a construir un poderoso campo fortificado junto a ella como base para su avance. El mismo día, un “Coronel Carey” de la milicia virginiana se presentó con bandera de tregua ante él con una petición bastante peregrina.

El hombre pretendía que le fueran entregados, para devolverlos a su dueño, tres esclavos que se habían refugiado en el campamento unionista, tras haber huido cuando se les pretendía enviar a trabajar en obras de fortificación en North Carolina. Carey alegaba que los hombres no eran de propiedad de la Unión, y ésta cometería un robo si no los entregaba. Butler, divertido ante su desvergüenza, le preguntaba cómo podía ampararse en la Ley contra la que se había sublevado. Pero el argumento de Carey era que, si la Unión venía a imponer esa Ley por la fuerza de las armas, debía ser la primera que diese ejemplo en cumplirla.

Fracasó porque Butler era tanto o más leguleyo que él, y terminó pronunciando con ademán salomónico que, en efecto, el retener propiedad ajena sería un robo. Pero como los negros podían ser empleados en trabajos militares, (como la fortificación), eran bienes susceptibles de uso militar, y por tanto embargables bajo las leyes de “contrabando de guerra”. Y se quedó con los negros, declarándolos “contrabando”.

La anécdota no es inútil, pues el argumento de Butler era inatacable y, por meses, el comandante unionista que quisiera librar de toda persecución legal a los negros que habían corrido a refugiarse junto a sus tropas, procedería a embargarlos a sus dueños como “contrabando”. La misma palabra se empleó, al principio sarcásticamente, pero después a menudo con afecto, para designar a los numerosos negros que corrían al encuentro de las fuerzas unionistas.

Mientras, para el 29 de Mayo Butler se había puesto de nuevo en marcha, y ese día ocupó Newport News, dando por terminada aquella fase de su avance. En cuanto al confederado Magruder, se había replegado a posiciones en las iglesias de Big Bethel y Little Bethel, a medio camino entre las Hampton Roads y Yorktown. Y los esclavos fugados al campo de Butler, al haber corrido la noticia de que los acogían, pasaban ya de 500.

A su vez, el 26 de Mayo, George Brinton McClelland se había dirigido a sus tropas en Ohio y a los habitantes del Oeste de Virginia en dos proclamas. A la población le aseguró que sólo iba a entrar en su territorio para protegerla y darle la oportunidad de evitar una Secesión que el referéndum virginiano había demostrado que era muy impopular en aquella zona. A los soldados les recordó que no permitiría la más mínima incorrección, pues iban a penetrar como protectores en un territorio amigo. Y al día siguiente, el Coronel Morris inició el paso del Ohio.

El propio Morris lo hizo no lejos de Wheeling, junto al 16º de Voluntarios de Ohio del Coronel Irvine, mientras el 14º de Ohio del Coronel J. B. Steedman lo hacía por Parkersburg. Al recibir estas noticias del Oeste de Virginia, Robert Lee telegrafió al coronel secesionista virginiano George A. Porterfield, que trataba sin mucho éxito de levantar unidades del Ejército Provisional en las cercanías, ordenándole acudir con cuanto pudiese reunir a Grafton, localidad más meridional desde la que aún se podía mantener una interdicción de uso para los unionistas sobre el Baltimore and Ohio Railway.

Sólo que Porterfield no pudo disponer de más de unos cientos de hombres y, para cuando llegó a Grafton, era obvio que también los unionistas habían hecho sus deberes, y se concentraban sobre esta localidad. De Wheeling venían el 16º de Ohio y el 1º de West Virginia del Coronel Kelley, y de Parkersburg el 14º de Ohio. Aún peor, las noticias que Porterfield recibía indicaban que varios otros regimientos estaban cruzando tras los primeros: Los 6º, 7º y 9º de Indiana, y 9º de Ohio, y también tomaban el camino de Grafton. Al fin Porterfield perdió los nervios y enviando a Lee un telegrama de tono desabrido, se replegó de Grafton sobre Philippi, ya al pie de las primeras estribaciones del Alleghany.

Una actividad frenética nacida en los últimos días en el lado confederado, había resultado en la elección de tres puntos de concentración de Voluntarios en el Oeste de Virginia y las montañas. Se trataba de Monterrey ya en el Valle del Potomac South Branch, Beverly, junto a un paso de montaña del Alleghany y bastante al Sur, y Philippi, cuya posición le hacía ideal como base de un posible contraataque contra Grafton, pero a la vez le convertía en particularmente expuesto a un avance repentino del enemigo. En todo caso, al replegarse sobre Philippi el 3 de Mayo, Porterfield pudo reforzarse con los milicianos que se habían congregado allá, elevando su fuerza a unos 1.500 hombres, en buena parte montados.

Sólo que el mando enemigo no pensaba darle reposo y, llegado a Grafton el 30 de Mayo, para el 1 de Junio ya había preparado una operación para desalojarle de Philippi. A tal fin, el día siguiente se pusieron en marcha contra él cinco regimientos, algunos incompletos, con más de 3.000 hombres. Se trataba de los 7º y 9º de Indiana de los coroneles Dumont y Milroy, los 14º y 16º de Ohio y el regimiento virginiano del Coronel Kelley. (Una prueba de que no todos estaban completos era que el 14º de Ohio enviaba un batallón mandado por su segundo, el Teniente Coronel George Peabody Estey).

Formaron en dos columnas, la primera formada al parecer por el 16º de Ohio y los dos regimientos de Indiana, y supervisada por el Coronel Thomas Turpin Crittenden, del 6º de Indiana, que sin embargo no participaba en la operación, y la segunda con los dos restantes, supervisada a su vez por el Coronel Frederick West Lander, del mando de McClelland, enviado al frente para ejercer el mando local táctico.

La columna que supervisaba Lander, guiada, por el regimiento local de Kelley, debía adelantarse dando un rodeo, para tomar posiciones cerca de la retaguardia del campamento fortificado de Porterfield en Philippi. Y la de Crittenden, midiendo cuidadosamente su avance, había de realizar la última aproximación en plena noche, lanzándose al ataque con gran estrépito. Dado el amateurismo con que hasta el momento se estaba llevando la guerra, se esperaba que la fuerza de Porterfield se desintegrase y sus hombres salieran corriendo en dirección contraria a la que venía Crittenden para caer en los brazos de la tropa de Lander, que les estaría esperando desde el primer rumor de combate.

El plan era un poco complicado para fuerzas novatas, y se complicó más por una lluvia torrencial que comenzó a caer desde la tarde del día 2.

Bajo aquel manto de agua la columna de Lander, que era la que debía recorrer más distancia y moverse más aprisa, se agotó y retrasó, llegando a su zona de concentración tan a última hora que no hubo tiempo de reconocer el terreno, y se acabó tomando posiciones media milla más allá del lugar ideal para cortar la retirada a los fugitivos.

Poco después, las tropas de Crittenden llegaban por el lado opuesto, cargando entre descargas de fusilería y salvajes alaridos. El resultado fue aún más espectacular de lo que se había anticipado, pues el enemigo huyó tan aprisa que incluso la mayoría de los soldados montados abandonaron sus caballos, por no perder tiempo en destrabarlos y ensillarlos.

En realidad huyeron incluso demasiado aprisa. Tanto que Kelley, que en cuanto oyó los primeros disparos se dio cuenta del error de despliegue que se había cometido, y corrió como un loco al frente de sus hombres para corregirlo, no llegó a tiempo de evitar que casi todos escaparan. Es cierto que en eso les ayudó de nuevo muchísimo la lluvia, que hizo la visibilidad nocturna casi nula y mojó pólvoras y fulminantes, de forma que apenas uno de cada cinco disparos partía al apretar el gatillo.

Al fin, sólo se capturó unas docenas de prisioneros, 16 de ellos heridos y de los que al parecer uno moriría, y la Unión sufrió cuatro heridos. El único que revestía gravedad era el propio Benjamin Kelley que, corriendo en la oscuridad para guiar a sus hombres a las nuevas posiciones, había venido a chocar de bruces con un rebelde, armado con una pistola, que se la disparó a quemarropa en el pecho.

Esta fue la “Batalla de Philippi” (3 de Junio de 1861), que puede considerarse la primera de la Guerra Civil por más que la Prensa la tomara a broma, apodándola “Philippi Races” (“Las Carreras de Philippi”), por la rápida huida sureña. Y pese a su decepcionante final, tuvo una gran importancia estratégica, pues prácticamente borró la resistencia rebelde del Noroeste de Virginia. En efecto, en su pánico, los inexpertos soldados secesionistas habían abandonado armas, bagajes y caballos, y la mayoría consideró que ya había visto más guerra de la que deseaba, volviendo a sus casas. Poco más de la tercera parte de los fugitivos de Philippi se presentaron por tanto en el siguiente punto de concentración, Beverly, y como éste era muy excéntrico respecto a la zona, un buen pedazo de la Virginia Occidental quedó “de facto” en manos unionistas.

Los descontentos de toda la región no podían encontrar una situación más favorable. Lo cierto es que tenían de antiguo motivos de queja contra el Gobierno de Virginia, que había establecido un sistema electoral que primaba las grandes fincas y hacía que su territorio, con un tercio de la población del estado, no contara ni con un décimo de los delegados del Legislativo de Richmond. (La consecuencia era que, si bien los virginianos del Oeste debían pagar puntualmente sus impuestos, nunca había presupuesto disponible para nada que les interesara. Así sí en el Este de Virginia, ¡y aún en el cercano Valle del Shenandoah! Incluso las carreteras más importantes habían sido asfaltadas, como entonces se decía, macadamizadas, hasta la calle principal de Charleston, la mayor ciudad de su región, seguía siendo de tierra pisada).

La Secesión, que no les interesaba en absoluto, había sido la gota que colmara el vaso, poniéndoles en el disparadero. Y ya antes de la entrada de las tropas unionistas se habían celebrado febriles reuniones clandestinas de notables de la región, planeando la posibilidad de secesionarse a su vez de Virginia, para constituir un Estado separado y reintegrarse en la Unión. Ahora, con más de un tercio de su territorio en manos de las tropas unionistas, ésta idea parecía al alcance de la mano. Y se convocó una Convención en Wheeling, (la “Segunda Convención de Wheeling”, porque ya había habido una primera, clandestina, el mes anterior), con el fin de darle una forma legal.

La autoridad rebelde virginiana estaba alarmadísima, y con motivo. El Gobernador Letcher trató, un tanto tarde, de rectificar viejos errores enviando a Virginia Occidental un mensaje que apelaba a su honor y a su condición virginiana y, reconociendo algo que nunca se había admitido, prometió corregir viejos agravios. Eso no iba a impedir que la “Segunda Convención” se reuniera en Wheeling el 16 de Junio bajo influencia del movimiento llamado “Nuevo Estado”. Ni que, en apenas cuatro días de sesiones, y utilizando documentos y razonamientos claramente calcados de los que los secesionistas sureños habían usado para su apoyo en la Secesión, (era una fuente de inspiración demasiado próxima para no emplearla), declarara la ahora llamada “West Virginia” separada de la antigua Virginia y solicitase a Washington su ingreso como Estado en los Estados Unidos de América. El autor de esta declaración fue John S. Carlile, un abogado de Winchester, Virginia.

Custom House, Wheeling.

En tanto, Lee y Cooper se ocupaban de los problemas militares que Philippi había causado a la Confederación. Tratando de paliarlos enviaron al ex-Gobernador Henry Alexander Wise, con algunas tropas del Este, a ocuparse como Brigadier del Ejército Provisional de la movilización militar del Valle del Kanawha. Y con nuevas tropas orientales, otros dos nuevos Brigadieres fueron enviados a Beverly. El que tenía el mando superior, que incluía no sólo aquel sector, sino toda West Virginia, era Robert Seldon Garnett, soldado profesional y ex comandante de cadetes de West Point. Y su segundo era Henry Rootes Jackson, un militar-político de Georgia, salido del Cuerpo Diplomático.

Robert S. Garnett, CSA

En conjunto, la invasión de West Virginia y las acciones sobre Grafton y Philippi habían sido un excelente negocio para la Unión, que se celebró por cierto abriendo oficialmente el Baltimore and Ohio Railway, de gran capacidad y más corto que las otras rutas ferroviarias, como camino de aprovisionamiento y refuerzo de Washington desde el Valle del Ohio. A tal fin, se inició el traslado hacia la capital de los regimientos 1º y 2º de Ohio. Pero no todo iba a ser alegrías, y el siguiente paso emprendido por la Unión iba a terminar en traspiés.

Fue su iniciador Benjamín Butler que, con ya 12.000 hombres a su disposición en el triángulo Fort Monroe-Hampton-Newport News, decidió emplear casi la mitad de ellos en una marcha nocturna a la que seguiría un asalto por sorpresa a las posiciones confederadas de John Bankhead Magruder en las capillas de Bethel, el 10 de Junio.

A tal fin se creó una especie de división, bajo el Brigadier Ebenezer Pierce, que comprendería dos columnas de brigada. Una, procedente de Hampton y que sería trasladada parcialmente en botes, para incluir un batallón de Marines de Fort Monroe y los Regimientos de Voluntarios de New York 3º y 5º, de los coroneles Townsend y Duryee. (La mandaría Abram Duryee, comandante del 5º, “Zuavos de Duryée”). La segunda, procedente de Newport News con los Regimientos de Voluntarios 2º y 7º de New York, 4º de Massachusetts y 1º de Vermont, de los coroneles J. B. Carr, Bendix, Lawrence y Phelps. (Bajo el Coronel de Vermont, John Wolcott Phelps).

Si se lograba la concentración al amparo de la noche, lo que parecía la parte más difícil de la operación, con la primera luz del alba se lanzaría un ataque, masivo y ruidoso, sobre el puesto avanzado de Little Bethel. Y se esperaba que los menos de quinientos defensores de éste, al verse atacados por cerca de 6.000 hombres, pusieran pies en polvorosa, tratando de refugiarse en la posición principal de Big Bethel Church. Los atacantes les seguirían, y los marines habían sido especialmente mentalizados para hacerlo prácticamente pegados a sus talones.

Haciéndolo así se esperaba que, a la luz engañosa del alba y usando como escudo a los fugitivos, los marines pudieran introducirse en cuña en Big Bethel. Y, a cubierto de su asalto, el resto de la fuerza llegaría tras ellos, reduciendo a la tropa rebelde de Magruder, que apenas pasaba de 1.500 hombres, por su puro peso numérico.

Era un plan original y atrevido, aunque quizá un poco demasiado complicado, que tiene aspecto haber sido pensado por el propio Butler. Que como ya comentamos anteriormente no era un militar de carrera y por tanto desconocía las claras dificultades, especialmente de coordinación, que afectaban al plan a seguir. Su problema era que, para aligerar la marcha y evitar ruidos excesivos, el apoyo artillero se había reducido a una semibatería de dos cañones de 6 libras, lo que dejaba a la fuerza atacante muy escasa de “argumentos” si fallaba el efecto sorpresa.

La fuerza enemiga que iban a atacar estaba mandada, como hemos dicho repetidamente, por John Bankhead Magruder, ex-oficial de Artillería profesional de 53 años, (la misma edad de Joseph Johnston), pero muy bien conservado. Alto, de buena planta y dotado de un bigotillo y unos ojitos traidores que habían hecho, (y se decía que a veces aún hacían), estragos en los corazones de sus contemporáneas, a Magruder sólo se le podía definir como un tipo teatral. (Y, en efecto, de más joven había actuado a menudo como galán en grupos de teatro aficionados). Adoraba los sombreros emplumados y las capas con forro de terciopelo rojo, y fue casi el único de los generales confederados nativos que se hizo fabricar el bicornio galoneado que las ordenanzas prescribían para el uniforme de gala. Sus compañeros del Ejército le miraban con cierta ironía, motejándole a sus espaldas “Prince John” (Príncipe Juan).

Brig. Gen John B. Magruder, CSA

Su fuerza confederada consistía en grupos de milicias y el sólido y nutrido regimiento 1º de North Carolina, mandado por el Coronel Daniel Harvey Hill, que había sido el director del North Carolina Military Instituto. Uno de sus segundos, el Mayor virginiano de 28 años James Henry Lane, (maestro civil que había dado clases de materias no militares en los Institutos Militares de Virginia y North Carolina), hacía las veces de jefe de exploración y, deduciendo hábilmente a partir de la actividad en los campos enemigos, había advertido a Magruder y Hill de que los unionistas preparaban un ataque, probablemente por sorpresa y casi con seguridad precedido de una marcha nocturna.

Pese a todo, y gracias a un cuidadoso trabajo de Estado Mayor, (otra cualidad poco reconocida de Butler es que lograba siempre crear unos enfados mayores de primera), la marcha nocturna de las fuerzas de Ebenezer Pierce se realizó con prontitud y limpieza (lo que no era poca hazaña, en aquella época de la guerra), y su concentración junto a Little Bethel aun seguía inadvertida y estaba a punto de completarse poco antes del amanecer.

Justo entonces se torcieron las cosas porque, al llegar a la concentración el último regimiento que faltaba, (el 3º de New York del Coronel Townsend), las primeras luces del alba, (y sus propios nervios), confundieron al Coronel Bendix, del 7º de New York, que lo tomó por tropas confederadas e hizo disparar una descarga contra él. En un momento se armó el gran zipizape, con la mitad de las tropas de la Unión creyéndose atacadas y disparando contra la otra mitad.

Para cuando el Brigadier Pierce y el Coronel Phelps, que al parecer fueron las cabezas más frías en la ocasión, lograron restablecer el orden y tranquilizar a la tropa, el Sol había salido hacía rato y la guarnición de Little Bethel, advertida por la marimorena de disparos, se había refugiado en Big Bethel, abandonando su posición. Por otro lado, y aunque por fortuna la oscuridad y la inexperiencia de la tropa habían hecho que casi todas las descargas efectuadas fueran a parar al cielo, la primera del 7º de New York había sido dirigida con una precisión asesina, y el desgraciado regimiento de Townsend se encontraba con 10 muertos y una treintena larga de heridos entre manos.

A la sorpresa se la habían llevado los demonios, pero Ebenezer Pierce, no deseando regresar a Hampton Roads con bajas y sin nada entre las manos, decidió realizar una aproximación de tanteo a Big Bethel, por si se observaba algún hueco en las defensas. Y casi al punto, él y el Coronel Duryee advirtieron un sector aparentemente solo protegido por una valla, escasamente guarnecida. De inmediato, Duryee envió a su propio Regimiento, mandado por su segundo el Teniente Coronel Thomas Wynthrop, a cargar contra aquella tentadora valla.

Los del 5º de New York de Duryee sí que parecían zuavos de verdad, uniformados exactamente al estilo del Ejército francés, con feces y grandes pantalones “a la turca” rojos, vistosas fajas y chaquetillas azules de tipo kabileño, adornadas con los tradicionales “tombeaux” rojos. Incluso, y para parecer más “africanos”, muchos de ellos portaban turbantes con el fez, a veces usando las sudaderas llamadas “haversack” que se había entregado a los Voluntarios, para ponerlas al estilo que les parecía más “oriental”. Un detalle menos anecdótico era que disponían de dos compañías ligeras armadas con Sharps. Pero al parecer, muy distraídos como todos los zuavos americanos aprendiendo a hacer filigranas con la bayoneta, no habían averiguado cómo usarlos correctamente.

5º de New York o “Duryee Zouaves”

Aullando como posesos, los zuavos alcanzaron la valla, cuyos defensores huyeron aparentemente despavoridos tras hacer unos pocos disparos. Pero apenas hubieron comenzado a saltarla, descubrieron con horror que habían caído en una trampa. La verdadera línea defensiva, disimulada por matorrales y murillos, estaba cincuenta metros más allá, y en ella el grueso del 1º de North Carolina había estado esperando a que comenzaran a saltar la valla, y ésta los dividiera en dos, para mostrarse.

Los norcarolinos hicieron una descarga cerrada, que derribó una treintena de zuavos, y saltaron adelante con la bayoneta calada. Y el regimiento de zuavos se desintegró, mientras sus hombres corrían hacia retaguardia. Wynthrop, que trataba de contenerlos a horcajadas sobre la valla, fue derribado, muerto de un disparo por un tambor norcarolinos de 14 años. El Teniente a cargo de la semibatería adelantó uno de sus “6 libras”, tratando de contener al enemigo con metralla a quemarropa, pero solo pudo hacer un disparo, para caer de inmediato bajo el fuego de una batería confederada, camuflada a apenas 200 yardas. En una sola descarga, 6 de los 11 hombres que le seguían cayeron muertos o heridos, y al mismo teniente una bola sólida le arrancó la cabeza de sobre los hombros.

Y así se acabó la que se llamaría “Batalla de Big Bethel”, porque después de este episodio Pierce no tuvo más opción que replegarse. Había sufrido en el intento 16 muertos y 34 heridos que, sumados a las bajas por fuego amigo en Little Bethel hacían un total de 18 muertos, 60 heridos y 1 desaparecido. Y los sureños sólo tuvieron 1 muerto y 7 heridos. Entre los zuavos heridos se contaba por cierto el Capitán Hugh Judson Kilpatrick, de 25 años y alumno ingresado el año anterior en West Point, que llegaría a convertirse en uno de los más famosos jefes de la Caballería unionista.

Por supuesto “Prince John” Magruder y Daniel Hill recibieron sendos despachos de brigadier por la acción, y Lane fue ascendido a Teniente Coronel. Y de los unionistas también fue ascendido John Phelps, cuya actuación debió ser juzgada la más discreta del lote. Aunque, naturalmente, estos ascensos quedaban sumergidos en una fiebre de ascensos con que ambos ejércitos, que estaban creciendo y organizándose a paso de carga, intentaban cubrir sus necesidades de mandos.

Por cierto, debe advertirse que los ascensos de la Unión, que se solían conceder provisionalmente sobre el campo, y luego habían de confirmarse por el Congreso, fueron confirmados masivamente con fecha retroactiva de 27 de Mayo. (Lo que produce fenómenos como que Phelps, que había asistido a Big Bethel el 10 de Junio como Coronel del 1º de Vermont, aparezca en otras ocasiones como Brigadier desde fecha anterior). Esto, naturalmente, puede causar confusiones en el lector no advertido.

A fines de Mayo, y aun antes de enviar los nuevos jefes al Oeste de Virginia, los confederados habían creado un nuevo mando para la defensa del Valle de Shenandoah, por donde, por su mayor facilidad, (allí los ríos corren paralela, y no perpendicularmente a la ruta), esperaban que la Unión realizase el esfuerzo principal si intentaba atacar Virginia. Y para organizarlo enviaron a Winchester al flamante Mayor General Joseph Eggleston Johnston.

Sólo que Johnston y Lee empezaban a encontrar algo inadecuado en las instrucciones que el Ejército Provisional recibía del Secretario de Defensa Confederado Leroy Pope Walker. Y eso era su insistencia en realizar una defensa extensiva, tratando de cubrir todo el territorio confederado posible, y no el que meramente era militarmente económico cubrir.

Ambos estaban en desacuerdo con el empeño del Ministerio de mantener la base de Beverly, en West Virginia. Era, en efecto, una zona defendible, y ya la única base posible para operaciones contra Grafton, que se había convertido en el centro de operaciones de Thomas A. Morris, (por cierto, ascendido a Brigadier tras Philippi). Pero esta posición en el monte, totalmente aislada del mando de Henry Wise en el Kanawha, ¡y unida al resto de la Confederación sólo a través de un estrecho paso de montaña, que la comunicaba con el valle del Potomac South Fork! Si era atacada por fuerzas verdaderamente importantes, correría el riesgo de ser copada con cierta facilidad.

Johnston estaba aún más escocido por la insistencia de la Secretaría en que él mantuviese una guarnición en el mismo Harper’s Ferry. De acuerdo que el lugar tenía cierto valor simbólico, ¡pero era un villorrio situado a nivel del río, y trepando parcialmente una ladera, en un escenario de montes arbolados de buenas dimensiones, que prácticamente invitaba a cercarlo desde posiciones dominantes! Al menos estos problemas iban a encontrar solución cuando el 9 de Junio, en Ohio, el Coronel del 11º de Indiana unionista, Lewis Wallace, desesperado por su inacción como jefe de una fuerza de reserva, obtuvo permiso de McClelland para cruzar el Ohio con su regimiento.

El futuro autor de “Ben Hur” había creado una unidad de zuavos uniformados con quepis rojo, (por entonces oculto por una funda blanca, y llevando colgada la sudadera “haversack” blanca, a estilo “Legión Estrangére”), calzón “chasseur” blanco y chaquetilla kabileña gris con un ancho borde rojo y camisa azul. Con ella y ansioso de acción, cruzó el Ohio, se presentó en Grafton a recibir órdenes, subió hacia el Nordeste para cruzar al Potomac South Fork y desalojó casi en su desembocadura a las milicias confederadas de la localidad de Romney, causando dos muertos por sólo un herido propio, el 11 de Junio.

Lewis Wallace, USA

Su hazaña fue muy celebrada, sobre todo por que su unidad entró en combate casi sobre la marcha, después de hacer bastante más de 100 kilómetros en dos días. Y le vino de maravilla a Johnston, que pudo alegar la presencia de “importantes fuerzas enemigas sobre su flanco izquierdo”, (en lo que exageraba bastante), para obtener al fin el deseado permiso para evacuar “aquella condenada trampa de Harper’s Ferry”.

Los norteños también habían introducido novedades en su organización, haciendo marchar hacia el valle del Potomac, a través de las carreteras del interior de Pennsylvania, una fuerza que había sido creada en Chambersburg, en éste mismo Estado, por el Mayor General de Milicias Robert Patterson. Era éste un singular personaje, que tenía hecha toda su carrera en las milicias, pero presentándose con tanta asiduidad como voluntario a las guerras que había visto ya cinco de ellas, y había obtenido la mayoría de sus ascensos por méritos. Scott, del que Patterson y el ahora rebelde Twiggs fueron los segundos en la Campaña Veracruz-Mexico de 1847-48, se alegró mucho de poder contar con él.

Siendo él mismo de Pennsylvania, su fuerza estaba originalmente basada en regimientos de tal estado, con el Mayor General de su Milicia William Hugh Keim como su segundo. Pero también fue añadiendo regimientos de Massachusetts, Connecticut, Minnesota y Wisconsin a su tropa. Y había tomado como Jefe de Estado Mayor al profesional Fitzjohn Porter, ahora Coronel de Voluntarios, y logrado la colaboración de gente valiosa.

Más al Este, se había decidido separar las fuerzas acumuladas en el mismo Distrito Federal, que constituirían su defensa y seguían bajo el mando del Brigader Mansfield, de las que iban cruzando al Sur del Potomac, que iban a convertirse en una fuerza ofensiva llamada Ejército del Nordeste de Virginia, y para cuyo mando se nombró al Brigadier recién ascendido, (aunque de la escala activa), Irvin McDowell.

Brig. Gen Irvin McDowell, USA

McDowell, que recibió su nombramiento el 28 de Mayo, era un hombre de Estado Mayor, que no había tenido mando de tropa desde sus días de Teniente. Era de 42 años, y había sustituido últimamente a McClelland como discípulo favorito de Winfield Scott en el Estado Mayor, de forma que el mismo Scott aprovechando el fin de la “veda del ascenso” causado por la inminente Guerra Civil, le había hecho pasar desde Diciembre de Mayor a Brigadier. No tenía sin embargo intención, ante su inexperiencia en el mando de tropas, de cederle la jefatura del ejército principal, y se enfadó muchísimo cuando tal cesión le fue impuesta. (El había pensado para dicho mando más bien en el viejo Mansfield).

Pero era casi inevitable porque, en un momento que todos los políticos de la Unión estaban interesados en temas militares, era el oficial de Estado Mayor que sabía darles explicaciones claras, sin esoterismos profesionales. Y cosa importante en aquellos momentos, en que la guerra estaba elevando la cotización política de los abolicionistas que en su mayoría eran también antialcohólicos, era abstemio. (Aunque, a decir de sus contemporáneos, lo compensaba con una glotonería asombrosa). Así, el nombramiento de McDowell acabó siendo impuesto por los Secretarios de Guerra y del Tesoro, Cameron y Chase, encontrándose tras el si poderoso Gobernador de Ohio, William Dennison, que ya anteriormente había intervenido en nombramientos militares, impulsando a McClelland.

Mientras y desde la suspensión por Abraham Lincoln del “habeas corpus” a principio de Mayo, los oficiales de la Unión habían estado haciendo amplio uso de esta facilidad para detener sin juicio a los más destacados propagandistas del Sur en la retaguardia norteña. Estos detenidos solían ser encerrados en Fort Warren junto a Boston, Fort Lafayette junto a New York City, o Fort McHenry junto a Baltimore.

Naturalmente, al haberse “retratado” muchos notables de Maryland como secesionistas con motivo de los famosos motines de Baltimore, era Fort McHenry el más concurrido de tales “hoteles”, llegando a conocer su interior incluso personajes como el Alcalde Brown o el Comisario Federal Kane. Y a fines de Mayo, la detención de otro de estos promotores del motín, John Merryman, desató la tormenta cuando primero el tribunal de Maryland, y más tarde el juez Taney del Supremo al que todos recordaremos, proclamaron su detención, y todo el asunto de la suspensión del “habeas corpus”, como ilegal e inconstitucional.

¿Que cómo podía el Tribunal Supremo mantener tal tesis, a la vista del texto constitucional? Muy fácil: como habían hecho en todo momento los confederados de los que era cómplice, donde no existía una ley que favoreciera sus tesis se la inventaban. Y aquí Taney se inventó, (pues no estaba escrito en ningún sitio), que el “habeas corpus” sólo podía ser suspendido por el Legislativo y no por el Ejecutivo. Lo que hasta cierto punto puede hoy considerarse una medida políticamente sana, pero era ridículo aplicar al permiso de suspensión tal como aparece en el texto de la Constitución. (En efecto, ésta lo crea para situaciones de emergencia nacional y el Legislativo permanece a menudo varios meses seguidos cerrados. ¿Dónde se ha visto un sistema contra situaciones de emergencia que no pueda aplicarse hasta meses después de surgida la emergencia? Simplemente, el viejo se entretenía poniendo trabas a la Unión, en éste caso tratando de desacreditar a Lincoln).

El sistema se siguió empleando y el prestigio de Lincoln no salió muy menoscabado, porque el Ejército se puso decididamente de su parte. Cuando el Sheriff de Baltimore acudió a Fort McHenry a liberar a Merryman, el comandante del puesto, Mayor William W. Morris, lo mandó muy educadamente al diablo. Y cuando el Ejército envió a mediar al viejo Brigadier George Cadwalader, éste acabó apreciando las razones de Morris y haciendo lo propio. Y es que pocos días antes y en las cercanías del fuerte, hombres que comulgaban con las ideas de Merryman habían apaleado a uno de sus soldados hasta dejarlo por muerto y desnudo, como fue encontrado al amanecer. Así, el juicio del Ejército condenó al juez.

Entre tanto, en el mar, ya se habían producido en Mayo las primeras capturas de mercantes confederados, por mucho que el sistema de bloqueo no quedase establecido hasta fin de mes, y aun entonces en forma muy tenue. Curiosamente, también un mercante unionista fue capturado; se trataba del navío de indias de vela “A. B. Thompson”, de 980 Tn y con matrícula de Brunswick, (Maine), que fue capturado por el cañonero de vapor “Lady Davis”, recién cedido por la marina surcarolina a la confederada, cuando por orden de ésta se dirigía bajo el mando del Teniente T. P. Pelot, a integrarse en Savannah en una flotilla de combate que estaba formando allí el Capitán Josiah Tattnall.

También actuó por primera vez conjuntamente, antes de fin de Mayo, la Flotilla del Potomac del Commander Ward, bombardeando, ¡al fin!, las famosas baterías de Aquia Creek. La flotilla comenzó el bombardeo el 31 de Mayo con los “Freeborn”, “Resolute” y “Anacostia”, (que al fin tenía la dotación semicompleta, pero en el que el agotado Teniente Fillebrown había sido sustituido por el Teniente Comandante Napoleón Collins). Pero las baterías mandadas por el veterano Coronel confederado Daniel Ruggles se defendían bien, y el pequeño “Resolute” quedó algo mal parado.

Al día siguiente el bombardeo fue reanudado, con el “Resolute” reducido a cometido auxiliar y sustituido por el poderoso “Pawnee”, pero aun así no se lograban resultados claros, y el tercer y último día de la acción, 2 de Junio, también el “Anacostia”, ya bastante tocado, hubo de ser dejado atrás. Finalmente, la acción resultó fatigosa e inconclusa, aunque no muy sangrienta. (Causó unas 10 bajas entre ambos bandos).

Pero el mes de Junio iba a ver mucha más actividad naval que el anterior y ese mismo 2 de Junio, se hacía a la mar el primero de los corsarios anunciados por Jefferson Davis casi mes y medio atrás. El resto del mes vería un revoltijo de convoyes y corsarios en el mar, mientras en tierra iban menudeando las escaramuzas, heraldos del recrudecimiento de las acciones que iba a señalar el mes de Julio.

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