White House, Washington DC 1860

 Capítulo V: Washington En Peligro

Como hemos indicado al fin del anterior capítulo, el 17 de Abril de 1861 la Secesión dio un importante paso hacia su definición final. Lo más importante fue que el Gobernador de Virginia, John Letcher, informó de que el Legislativo virginiano, reunido en sesión permanente desde dos días antes, acababa de aprobar un Acta de Secesión. Al estilo virginiano, ésta había de ser ratificada en referéndum, pero nadie que conociese la fanática fidelidad de los virginianos a sus instituciones podría dudar del resultado de dicho referéndum. 

Era la noticia que los confederados estaban esperando. Porque, pese a algún despego por parte de los surcarolinos, que siempre habían rivalizado con los virginianos por el liderazgo del Sur, y afectaban poco interés por sus actitudes, el grueso de los secesionistas comprendía que un Sur sin Virginia resultaría cojo. Hacían falta sus cuadros, su población numerosa y disciplinada, y desde luego su industria. Pues era el Estado sureño más industrializado, con una buena parte de la capacidad de producción sureña, incluyendo la Tredegar Iron Works, única siderurgia de todo el Sur capaz de producir metal de calidad. 

Además su enorme prestigio conduciría automáticamente a la Secesión a Arkansas y Tennessee, que ya tenían un pié puesto en ella, y tras ellos a North Carolina, muy influida por Virginia y que, además de tener un Gobernador totalmente fire-eater, quedaría así rodeada de Estados secesionistas. Y este empujón hacia el Norte del bloque confederado pondría de inmediato en el disparadero la cuestión de la Secesión para Missouri, Kentucky, Maryland y el Distrito Federal. 

Por eso era que incluso un patriarca fire-eater como William Lowdes Yancey, se había apartado de buen grado de las posiciones de poder para dar un toque de moderación, (atractivo para los virginianos), al Gobierno de Montgomery. (Hemos de reconocer sin embargo que su algo menos astuto equivalente surcarolino, Robert Barnwell Rhett, quedó bastante indignado al descubrir que la política de excluir de los puestos decisivos a los fire-eaters veteranos le incluía a él). 

Una segunda mano tendida para ganarse a Virginia había sido el prohibir que la Confederación se involucrase en la trata de negros. Desde luego, la medida era en parte una precaución para no poner en una situación delicada a Inglaterra, principal cliente del algodón sureño y  a la vez el más feroz enemigo de la trata. Pero ocurría que siendo Georgia y South Carolina, regiones donde los esclavos eran deficitarios, varios de los Estados esclavistas más norteños, como North Carolina, Kentucky y sobre todo Virginia, se habían convertido en exportadores de tales esclavos a un precio de unos 2000$ de la época. Y por tanto la medida convertía también la economía del Deep South en más inequívocamente complementaria de la de Virginia y su zona de influencia. 

A este respecto debe tenerse en cuenta que la medida requirió una decisión enérgica, pues desde antes de las elecciones, la mayoría de la prensa fire-eater había anunciado la reanudación de la trata como algo inminente. Eso fue parte de una orgía de las patrioteras a todo lo sureño que incluían ditirambos sin cuento sobre la solidez y riqueza del “Rey Algodón”, sarcasmos y consejos sobre los problemas de la sociedad industrial, (se llegó a aconsejar muy seriamente a los norteños que convirtiesen a los obreros industriales en siervos de las fábricas), y otros excesos. El principal defensor político de la reanudación de la trata en las Cámaras había sido el fire-eater John Slidell, (por cierto, norteño por nacimiento). 

Y lo último en los acercamientos de la Confederación de Montgomery a Virginia había sido ofrecerla la capitalidad si se unía a la rebelión. O más bien lo anteúltimo, porque finalmente, el bombardeo de Fort Sumter no había sido sino una tortuosa forma más de acercamiento. Se había calculado que una acción tan violenta obligaría al Gobierno Federal a adoptar medidas militares y éstas obligarían a su vez a Virginia a elegir su bando. El cálculo de los secesionistas  no erró en cuanto a cuál iba a ser el bando elegido. Pero sí erró y por amplio margen, al pensar que el bastante caótico Norte no sería capaz de adoptar medidas militares realmente peligrosas, o a hacerlo durante mucho tiempo. 

Júzguese por tanto con qué entusiasmo se acogió en la Confederación la noticia el día 17 de Abril, la Secesión de Virginia. Muchos creyeron incluso que el Norte no se atrevería ya a seguir por la senda de la guerra. Y el propio Secretario de Guerra Confederado reflejó ese entusiasmo cuando, al final de un florido discurso en que saludaba a la bandera confederada que ondeaba ahora sobre Fort Sumter, añadió que así era como esperaba verla ondear sobre Washington antes del 1 de Mayo. Jefferson Davis rechinó los dientes, considerando esa frase una indiscreción y una jactancia del Secretario Leroy Pope Walker. Y no le faltaba razón. 

Mientras, las autoridades virginianas actuaban ya como si la Secesión de su Estado fuera un hecho. Así, aquel mismo día 17, el Coronel William Booth  Taliaferro, joven ex-ofícial del Ejército, se presentó al frente de una pequeña pero selecta fuerza de milicianos en Norfolk, en la orilla Sur del estuario de las Hampton Roads y junto al Gosport Navy Yard, el mayor arsenal de la U.S. Navy, allí situado. 

William B. Taliaferro, CSA

El Comandante del arsenal era el Flag Officer Charles S. McCauley que engañado por lo reducido de la tropa de Taliaferro, y por las seguridades que le daban parte de sus oficiales, “tocados” por los rebeldes, no creyó preciso tomar ninguna precaución especial, entendiendo la llegada de las milicias como una baladronada. Sin embargo, el Arsenal era una presa capaz de despertar codicia. En primer lugar, en sus muelles estaban surtos, en reserva, en reparaciones o utilizados en función de acomodación, la fragata de hélice “Merrimack” y hasta 11 veleros, la mayoría de gran porte. Eran éstos los buques de línea de puentes “Columbus”, “Delaware”, “New York”, (terminado y colocado en su rampa de botadura, pero no botado y en reserva), y “Pennsylvania”, las fragatas de cincuenta cañones “Columbia”, “Raritan” y “United States”, los sloops de vela “Cumberland”, “Germantown” y “Plymouth”, y el bergantín “Dolphin”. Y el Arsenal guardaba además en sus entrañas más de 2.000 cañones, incluyendo 300 “Dahlgreen” navales pesados de 9 y 10 pulgadas, y una increíble cantidad de velamen, cordaje, anclas, recambios de maquinaria e instrumentos variados. 

Los mismos Lincoln y Welles no eran tan optimistas como McCauley y varios días antes, a la vez que hacían zarpar la flotilla para Fort Sumter, habían enviado al Gosport Navy Yard a dos expertos: el Ingeniero del Departamento de Vapor de la Marina Benjamín Isherwood, para tratar de poner a punto los buques y enviarlos hacia el Norte, y el Capitán del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Horatio Gouverneur Wright, experto en voladuras, encargado  de disponer de lo que no se pudiese evacuar. Pero el “optimista” McCauley no quería oír decir que “su” base corría peligro y ponía a la misión de ambos hombres, ya casi imposible por lo ingente, toda clase de dificultades. 

Así el 17, y cuando Isherwood quiso hacer zarpar a los buques “Merrimack”, “Germantown”, “Plymouth” y “Dolphin”, con reparaciones de fortuna y tripulaciones mínimas. McCauley se opuso, alegando que era muy peligroso enviarlos así a la mar y que la base era en realidad segura. Por cierto, su título, (que no grado), de Flag Officer, (literalmente “Oficial de Bandera”), era la expresión estadounidense que desde la Independencia y por cierto purismo revolucionario, sustituía a los Comodoros y Almirantes de otras marinas. Traducido a veces impropiamente por “Comodoro”, implicaba que su tenedor no era sino un Capitán que, por algún tiempo, había tenido a su mando un puesto o flotilla importante, teniendo derecho a izar en su mástil la bandera del mando. Con el fuerte crecimiento de las flotas provocado por la Guerra Civil, esta peculiaridad de la U.S. Navy no sobreviviría mucho más de un año. 

A la vez que Taliaferro se dirigía al Gosport Navy Yard, el Mayor General de la milicia virginiana Kenton Harper, subía el Valle del Shenandoah, agrupando a su paso dos brigadas de “minutemen” y milicias locales, bajo sus subordinados los Brigadieres Carson y Meem, preparándose para apoderarse del Arsenal del Ejército de Harper’s Ferry. 

Mientras, en Montgomery, el Presidente Jefferson Davis replicaba a las medidas adoptadas por Lincoln dos días antes, anunciando que la Confederación concedería patentes de corso, (“letters of marque and reprisal”, en inglés), a cuantos buques desearan hacer la guerra a la navegación norteña financiándose mediante la obtención de botín. Esta medida, muy polémica al llevar el corso en desuso casi medio siglo, dio el resultado de que unos 25 buques atacarían en incursiones a la navegación federal, o navegarían bajo patente de corso, aquel año de 1861. No todos resultaron efectivos, y aproximadamente otros quince buques obtuvieron su patente para no navegar luego nunca bajo ella. 

Precisamente las dos primeras patentes solicitadas, el mismo 18 de Abril, iban a ser casos de éste género. La primera fue para el “Gallatin”, cutter armado con dos cañones ligeros y muy vieja. (Botada hacia 1830, había sido uno de los buques enviados por Andrew Jackson a Charleston cuando el intento surcarolino de Secesión de 1832). Habiendo pertenecido a la Marina, a la Revenue Marine y al Coast Survey había sido, como recordaremos, secuestrada de éste último servicio por el Estado de Georgia en Savannah. Luego se la había vendido a cinco socios y éstos, creyendo tener una especie de buque de guerra entre manos, se apresuraron a pedir una patente de corso para ella. Pero se encontraba evidentemente en mucho peor estado de conservación de lo que sus nuevos dueños habían creído, y no llegaría a navegar nunca como corsario. Probablemente acabó en el desguace, quizá tras hacer alguna singladura de cabotaje. 

“Cutter USS Gallatin”

La segunda patente fue para el pequeño y sólido bergantín “Hallie Jackson”, del naviero hispano, también de Savannah, B. S. Sánchez. Este hombre, secesionista entusiasta, lo había enviado a un viaje comercial a Matanzas, (Cuba), donde fue el primer buque que entró en un puerto extranjero luciendo la bandera de Montgomery. Y en Matanzas se hallaba cuando la patente fue solicitada y concedida. Desgraciadamente, había salido en los periódicos por el asunto de la bandera, y volvió a hacerlo por la patente de corso. En una palabra, llamó demasiado la atención y, cuando ya en Mayo dejó Matanzas de vuelta a Savannah, encontró esperándole a un vapor armado rápido, de 1.114 Tn, que la U.S. Navy había movilizado, el “Union”, que lo apresó antes de que comenzase su carrera de corsario.

Fueron sin embargo los confederados los que realizarían el primer apresamiento en el mar, y precisamente el mismo 17 de Abril. Ese día nuestro viejo conocido el vapor “Star of the West”, que era por cierto un vapor de ruedas laterales de 1.176 Tn y contratado de nuevo como “charter”, se dedicaba a sacar de Texas los últimos soldados federales del disuelto mando del Brigader Twiggs, fue capturado a lo largo de Indianola por el vapor “General Rusk”, de 750 Tn y perteneciente al Texas Marine Department, al que ya habíamos visto en acción en Febrero. 

“USS Star of the West”

Mientras, en Washington, a Lincoln, Scott y Welles no se les escapaban los peligros que ofrecía la situación. De un lado el mismo Distrito Federal, emparedado entre la ya rebelde Virginia y la dudosa Maryland, podía considerarse en peligro. Se movilizaron para afrontarlo las milicias del Capitán Stone y los poquísimos soldados disponibles en la capital, mientras se ordenaba a los primeros regimientos de voluntarios y milicia que fueran siendo movilizados en los Estados norteños acudir inmediatamente a dar guarnición a Washington. 

De otro se apreciaba la peligrosa situación en que se encontraba el Gosport Navy Yard. Lincoln y Welles rabiaban por enviar un buque con refuerzos y órdenes, pero, teniendo tan pocos disponibles, ya habían mandado todos al mar. Se decidió intentar poner a punto a toda prisa al “Anacostia”, que había estado sirviendo para acomodación precisamente en el Arsenal de Anacostia pero que, encontrándose en muy buen estado y poco alterado, se esperaba poder poner en servicio en menos de 72 horas. Si bien no era en absoluto el ideal, siendo el buque de vapor más ligero de toda la ría, y estando mandado por el Teniente Comandante Willebrown, que difícilmente podría imponer los criterios de Washington al Tte. Comandante McCauley. 

El 18 de Abril se inició infaustamente para la Unión cuando el Teniente Roger Jones, cuyos 40 hombres constituían la guarnición de Harper’s Ferry, tuvo noticia de que una gran masa de hombres armados, (los 2.500 milicianos y “minutemen” que había levantado Kenton Harper), avanzaba desde Winchester hacia su arsenal. Lo único que pudo hacer fue provocar una serie de incendios y grandes explosiones, tratando de destruir todo lo posible del material que le había sido encomendado, y escapar a Maryland a través del puente sobre el Potomac. 

Harper’s Ferry, Virginia 1860.

Poco después Harper llegaba al Harper’s Ferry y, con sus hombres y naturales del pueblo, parte de los cuales trabajaban en él, se puso a salvar todo lo salvable de los restos del Arsenal. En realidad y salvo la pólvora, que se perdió casi toda, se pudo rescatar gran cantidad de material y, más importante, las máquinas herramientas de la fábrica de armas adjunta, que serían llevadas a la Richmond Armory de la capital virginiana, y pronto fabricarían fusiles para la Confederación. 

Ese mismo día, y a petición de Winfield Scott, Lincoln envió un mensaje al Coronel Robert Edward Lee, que se encontraba de nuevo en su finca de Arlington, ofreciéndole el ascenso a Brigadier y el mando del Ejército unionista del Este, para cuando quedase formado. La elección no parecía mala, pues Lee era intelectualmente partidario de la Unión, por la que había dado la cara en Texas, e incluso moderadamente abolicionista. 

“There are few, I believe, in this enlightened age, who will not acknowledge that slavery as an institution is a moral and political evil”

This letter was written by Lee in response to a speech given by then President Pierce. December 27, 1856 

“Hay pocos, creo, en esta edad culta, quien no reconocerá que la esclavitud como una institución es un mal moral y político”

Esta carta fue escrita por Lee en respuesta a un discurso dado por el entonces Presidente Pierce. 27 de Diciembre de 1856

(Había manumitido a todos los esclavos de sus innumerables fincas salvo un grupo de ellos, heredados por su esposa bajo una cláusula cautelar que lo impedía por varios años, aún sin cumplir). Además gozaba de fama de soldado enérgico y eficaz y ante todo, su elección supondría una condena moral para los secesionistas. 

Por desgracia, Lee era también un profundo patriota virginiano, y puesto en la tesitura de tener que hacer la guerra a su propio Estado, no pudo soportarlo y dejó Arlington camino de Richmond, para unir su suerte a la de Virginia. Es obvio que fue una decisión muy “sufrida”, porque antes de marchar envió una carta explicativa a cada uno de sus tres hijos, todos ellos también militares, explicándoles lo que iba a hacer y exortándoles a elegir bando en conciencia, sin dejarse influir por la decisión que había tomado su padre, que subrayaba que no tenía porqué ser la más adecuada. El Gobernador Letcher de Virginia, alegre y asombrado, le recibió con los brazos abiertos. 

Las  buenas noticias llegaban aquel día con los telegramas recibidos desde el mando de John Ellis Wool, en Troy, New York. Aparentemente, las fuerzas solicitadas por Lincoln estaban siendo reunidas sin problemas y rápidamente. Algunos Estados, como Massachusetts, New York y Pennsylvania, estaban reuniendo en realidad contingentes bastante superiores a los solicitados. Otros, como el pequeño Rhode Island, les proporcionaban a sus hombres auténticos extras en el equipo. Y las cosas marchaban tan aprisa que las primeras fuerzas comenzarían a llegar a Washington desde el día siguiente. 

Y las malas llegaban del Gosport Navy Yard donde, inesperadamente, una segunda fuerza de milicias selectas se había unido a Taliaferro, procedente de la teóricamente aún no sublevada North Carolina. Además, aquellos oficiales “optimistas”, que tanto habían contribuido a la impreparación de McCauley, desaparecieron de golpe, para ir a aparecer del otro lado, junto a las fuerzas de Taliaferro. 

El 19 de Abril fue otro de esos días en que los acontecimientos parecían precipitarse desde varios lugares a la vez. Washington despertó a la mañana ya alarmada, con sus milicianos levantando barricadas ante el peligro de que la fuerza que se había presentado la víspera en el Harper’s Ferry marchara contra ella. Mientras, un amargado Lincoln anunciaba la ampliación del bloqueo naval a las costas de North Carolina y Virginia. Y el día no había hecho sino comenzar. 

Una buena noticia fue la aparición inesperada, en los muelles de Anacostia, del sloop “Pawnee”, que fue inmediatamente reaprovisionado, y enviado a Hampton Roads y el Arsenal de Gosport. Excelente sloop de hélice, de 1.533 Tn, con 181 hombres de tripulación y 10 cañones que incluían 8 pesados de 9 pulgadas, era mucho más adecuado que el pequeño “Anacostia” como refuerzo. Y su comandante era el Capitán Hiram Paulding, a punto de rebasar la edad máxima para mandos en el mar pero agresivo y eficaz, y habiendo ostentado ya años atrás la dignidad de Flag Officer. Sin dudarlo un momento, Lincoln y Welles incluyeron en sus instrucciones que se hiciera cargo del mando del Arsenal. 

“USS Pawnee”

Y poco después de cursarse estas órdenes, a media tarde, Washington quedó incomunicado al cortarse todos los enlaces telegráficos. Los secesionistas de Maryland, que llevaban organizándose desde antes de la investidura de Lincoln, habían golpeado al fin. 

Estos conspiradores contaban con buena parte del Legislativo estatal, el grueso de los tribunales locales y la parte movilizada de la milicia del Estado, pero eran dolorosamente conscientes de no ser mayoritarios en la calle. Además tenían enfrente al Gobernador Thomas H. Hicks, aunque éste no se atreviera a hacerles frente en forma demasiado pública. En consecuencia habían concentrado sus incondicionales en Baltimore, en la idea de provocar un motín popular al paso de las primeras tropas con destino a Washington. Bajo su cobertura y tomándolo como disculpa, la milicia aislaría Washington y tomaría una posición de poder desde la que su presión podía bastar para lograr un Acta de Secesión en el Legislativo. El plan era osado, pero con posibilidades de éxito. 

Aquel 19 de Abril, algunas compañías del 4° de Pennsylvania, (que iban a ser las primeras tropas en llegar a Washington), habían pasado ya por la ciudad sin llamar la atención. Pennsylvania había considerado que, dada la urgencia de la petición de tropas de Washington, lo más importante era que los hombres llegaran, y los enviaba sin armas, uniformes ni instrucción. En Washington sobraban las armas y los uniformes. Pero el motín se inició poco después, al cruzar la ciudad el 6º de Voluntarios de Massachusetts del Coronel Edward F. Jones, que había partido de Boston la mañana del 18, con la ilusión de ser el primer regimiento que llegara a Washington. 

President Street Station, Baltimore 1860.

Tenía entonces Baltimore la peculiaridad de que el tren llegaba de Philadelphia a la estación President Street Station, de la que había que transbordar a Camden Station situada al otro extremo de la ciudad atravesando Pratt Street para tomar el tren a Washington. Y en el trayecto entre ambas estaciones la vanguardia del regimiento, que marchaba armada, formada y uniformada, claramente identificable como una unidad militar, se encontró rodeada y acosada por masas vociferantes que gritaban insultos y le arrojaban pellas de barro, a veces con piedras en su interior. Finalmente pasó y embarcó hacia la capital, pero aquella sesión había servido para caldear el ambiente y, a primera hora de la  tarde, al iniciar el cruce la retaguardia, llegada en otro tren, las cosas se pusieron aún mucho peor. 

Camden Station, Baltimore 1865

Eran cuatro compañías, bajo el mando del Capitán Albert S. Follansby, que pronto comenzaron a ser bombardeadas con piedras, ya sin ningún disfraz. Y cuando empezaron también a sonar tiros, Follansby, muy nervioso, dio orden de replicar al fuego. Una docena de manifestantes cayeron a la primera descarga, y el resto del recorrido fue un calvario, bajo una lluvia de piedras y entre frecuentes intercambios de disparos. El Alcalde George W. Brown, que era sólo débilmente secesionista, se jugó la vida una y otra vez, tratando de interponerse para detener aquella locura, pero cuando la tropa del Capitán Follansby alcanzó al fin la Estación de Columbia y partió para la capital, había sufrido cuatro muertos y una buena cantidad de heridos. 

Y en la ciudad había habido 9 muertos, (otras fuentes hablan de 12), y los correspondientes heridos. Ahora los rebeldes tenían sus mártires, y la ciudad estaba en manos de los amotinados. Cuando al anochecer llegó a la estación de Philadelphia el resto del 4º de Pennsylvania, ni siquiera el ir desarmados y sin uniformar les salvó de la turba. Su tren se vio rodeado y apedreado con tal furia, que pese a ir en vagones cerrados sufrieron bastantes heridos. Finalmente la policía local y el Comisario Federal George P. Kane lograron detener la agresión y que se les devolvieran los vagones de equipajes, ya desenganchados. Pero su tren fue obligado a regresar a Philadelphia. 

Mientras, los secesionistas, cubriéndose con el motín, cortaban todas las líneas telegráficas e interrumpían con voladuras todas las vías férreas que comunicaban Washington con el Norte. Y a la mañana siguiente, el prestigioso Coronel de la Milicia de Maryland Isaac Ridgeway Trimble anunciaba que “a causa del motín”, sus tropas se disponían a bloquear Baltimore, lo que significaba que iban a bloquear disimuladamente Washington. (De hecho, sus posiciones y defensas no hacían frente a Baltimore, sino a las rutas provenientes de Pennsylvania, por las que había de llegar cualquier ayuda a la capital). 

Así, el Distrito Federal quedó aislado durante varios días, quizá los más angustiosos de toda la guerra para el Gobierno de la Unión. Desde luego, con el 6º de Massachusetts y las compañías llegadas del 4º de Pennsylvania, más las milicias de Stone y algunas pequeñas fuerzas regulares presentes, Washington disponía de más de 2.000 defensores, demasiados para la mal equipada fuerza de Kenton Harper, sobre todo considerando que el Distrito Federal contaba con abundancia de cañones. El problema era qué pasaría si a las milicias de Harper se unían los minutemen de zonas próximas como Alexandría, Arlington, Leesburg y similares, y a su vez se les reforzaba con otras milicias llegadas de más al Sur. Y ante la duda, la capital se llenó de trincheras y barricadas, creándose blockhaus con cañones en muchos de sus más carismáticos edificios públicos. 

El ambiente era próximo al pánico, y no faltaron voces que aconsejaban la retirada del Gobierno a sitio más seguro. Lincoln, de muy buen acuerdo, no quiso oír hablar de ello. (Esa si que era el tipo de noticia que podía hacer caer la capital e incluso quizá, a la larga, “romper” el espíritu del Norte y hacerle perder la guerra). Pero, por unos días, el destino estuvo en la balanza, pendiente de quién organizaba antes sus milicias y enviaba más fuerzas. 

Y el vencedor fue claramente el Norte, gracias a la rápida reacción de sus comités militares estatales, y el buen ojo y la capacidad organizativa de John Ellis Wool, que formó un Comité de Defensa. El mismo día 19, Wool ya había decidido crear una fuerza de auxilio con unidades especialmente entrenadas, y estaba enviándoles aviso a las mejor entrenadas disponibles y preparando contratos de chart para su traslado por mar.

La primera era el 7º Regimiento de la Milicia de New York, del que una versión anterior había sido una unidad estrella en la Guerra de Mexico, disolviéndose en California a su fin. Recreada en New York City, estaba desde entonces formado por soldados de ciertos medios de fortuna y educación superior al promedio, mantenía con orgullo sus prácticas de entrenamiento en tiempo de paz, y era la unidad favorita para ser movilizada por los alcaldes de su ciudad y los gobernadores de su Estado en caso de motines y tumultos. Su comandante era el Coronel Marshall Lefferts, y su uniforme gris. 

7º Reg. New York Milicia

El otro era el 8º de Voluntarios de Massachusetts, con un uniforme azul más convencional. Había sido recientemente creado y financiado por el rico abogado de Boston Benjamin Franklin Butler, que aunque carecía de experiencia militar se había ganado así su coronelía y no parecía hacerlo mal, porque la unidad había ganado rápidamente fama de bien entrenada y disciplinada. 

Benjamin Franklin Butler, USA

Sabiendo que, cuando estas tropas llegaran a Maryland, él iba a estar muy lejos en New York, Wool las integró como una pequeña brigada, para mandar la cual nombró Brigadier de Voluntarios a Butler. No es que no confiara en Lefferts, pero sospechaba, (atinadamente), que mucha de la labor del Brigadier iba a tener que ser más de persuasión que de combate. Y para eso le pareció preferible dar el mando a Butler, abogado con fama de astuto y marrullero y sujeto muy conservador, que había hecho en Massachusetts campaña por la candidatura de Breckenridge. El mando de su regimiento pasó al Teniente Coronel Munroe. 

Entretanto, el 20 de Abril el “Pawnee” del Capitán Paulding, después de recoger 350 soldados de refuerzo en Fort Monroe, al otro lado de las Hampton Roads, alcanzaba el Gosport Navy Yard por la tarde, solo para comprobar que nada quedaba ya que hacer allí. El Flag Officer McCauley, tras comprobar la víspera que el canal de salida del puerto había sido bloqueada con barcos hundidos, fue presa de una desesperación tan desmedida como su anterior optimismo, y dio orden de destruirlo todo, comenzando por los buques en mejor estado. 

La faena estaba ya avanzada para cuando llegó Paulding, de forma que éste no tendría más opción que ayudar en las destrucciones. Lo que le sacaba de quicio, pues al menos los buques “parcheados” por Isherwood se podían haber salvado. Al fin, su “Pawnee” había podido entrar en el puerto, salvando todo obstáculo. Y otro tanto había ocurrido con el sloop “Cumberland”, que había logrado salir. 

En efecto el capitán del “Cumberland”, Alvin Pendergrast, se había negado en redondo a sacrificar su barco y desobedeciendo las órdenes, había conseguido casi a punta de pistola los servicios de un remolcador civil, el “Yankee”, que arrastró su sloop, aún con las reparaciones sin terminar y la dotación en esqueleto, sacándolo de la trampa. 

El Arsenal sería abandonado finalmente por McCauley y Paulding, con sus respectivas fuerzas, el 21, tras lo que lo ocuparía Taliaferro, con 1.000 hombres y 14 cañones rayados. Había hecho acudir a su lado al ingeniero civil William Mahone, para que evaluara los daños causados por el sabotaje. Y éstos resultaron relativamente modestos, pudiendo salvarse no poco material. El sabotaje de los buques había sido más a fondo, pero Mahone vio posibilidades de reparación en los cascos del “Merrimack” y los “Plymouth” y “Germantown”. Por otra parte, el sabotaje de la vieja fragata “United States” había sido muy primario. Pero era que no se había puesto interés en él pues la unidad, botada en 1798, se encontraba en muy mal estado aparente, empleándose tan solo para acomodación. Los sureños la rescataron fácilmente, la rebautizaron “Confederate States” y la usaron igualmente para acomodación. 

Por otra parte, la noche del 20 al 21 de Abril, a muchas millas del continente americano, la U.S. Navy estaba adquiriendo  un nuevo buque, de forma bien peculiar. En efecto esa noche, los botes del sloop de vela “Saratoga”, de 882 Tn y mandado por el Commander Alfred Taylor, penetraban silenciosamente en el puerto angoleño de Cabinda, asaltando y tomando un negrero de 1.066 Tn allí anclado. Se trataba del “Nightingale”, de Nueva Inglaterra, cuya captura relatamos por las especiales circunstancias que la rodearon. 

“USS Saratoga”

En efecto, cuando según el procedimiento habitual el “Nightingale” fue despachado a Freetown, bajo una tripulación de presa mandada por el Teniente James J. Gurthrie, y cargando con prisioneros y 961 esclavos, que habían de liberarse allí, una epidemia estalló a bordo, dando cuenta de 160 esclavos y un marinero, en una singladura de pesadilla. Pero, vaciado y fumigado el buque en Liberia, (aunque se decía que un negrero no perdía nunca su mal olor), Gurthrie pudo poner proa a los Estados Unidos, donde la Marina Federal apreciaría la considerable capacidad de carga, y el casco y aparejo de “clipper” del buque, (capacidad y rapidez eran las bazas de un velero de la trata en aquellos días), convirtiéndolo en un excelente buque de apoyo logístico. 

El mismo día 21, la situación comenzó a cambiar con la llegada en buques de la brigada de Benjamín Butler a Annapolis donde, tras tirantes negociaciones con las autoridades locales, desembarcaría entre aquella tarde y la mañana siguiente. La elección de ese punto de desembarco fue una jugada maestra de Butler y Wool, que así lograron cubrir múltiples objetivos. 

Salvar a la “Constitution”, la más famosa de las “cincuenta cañones”, apodada en la Flota “Old Ironsides”, que estaba sirviendo de navío de entrenamiento a los alumnos de la Academia Naval situada en aquella ciudad, y hubiese caído pronto en manos rebeldes. 

Reventar la convocatoria a la reunión del Legislativo de Maryland que acababan de hacer los rebeldes, con intención de pasar en ella el Acta de Secesión. La convocatoria era precisamente para el 26 en Annapolis. Desde luego, los rebeldes tenían intención de aprovechar su posición de fuerza, con Baltimore amotinado y el Estado controlado por su milicia, para lograr a trancas o a barrancas la aprobación del Acta. Pero el mero hecho de que la convocatoria debiera trasladarse, por haber sido ocupado Annapolis, desmentía espectaculármente su presunta posición de fuerza, para descrédito. Además, Butler demostró que la elección de Wool había sido acertada afectando asombro ante el consiguiente cambio de convocatoria, y ofreciendo de nuevo Annapolis, con una suavidad impostada que resultaba más amenazadora que la furia. 

Y la elección de aquel punto de desembarco aún ofrecía otras dos ventajas:

Primera. Estaba bastante al Sur de Baltimore como para permitir a Buter desplegar su fuerza lejos de la concentración de las milicias e interponiéndose entre ella y Virginia, con lo que la cercaba virtualmente.

Segunda. La existencia de un ferrocarril directo Annapolis-Washington significó que los regimientos de Butler pudieron moverse a lo largo de él, reparándolo y abriendo así un camino a la capital y a la vez guarneciéndolo y cortante totalmente la retirada de los sediciosos. 

Pronto se creó una extraña situación. La milicia secesionista, (de tamaño muy moderado, pues los rebeldes no se atrevían a comenzar a llamar masas de “minutemen”, de los que buena parte podían resultar ser antisecesionistas); continuaba realizando su bloqueo en torno a Baltimore. Y las fuerzas de Butler avanzaban a lo largo del Annapolis-Washington, reparándolo. Y unos y otros afectaban ignorarse. 

Las selectas unidades de Ben Butler, compuestas por hombres educados, disciplinados y trabajadores, estaban causando mucha impresión en la población civil, y el propio Brigadier llevaba una campaña de relaciones públicas muy estudiada y perfectamente controlada. (No, los norteños no eran bárbaros, ni venían a causar mal a Maryland; venían a reparar y proteger propiedades que habían sido dañadas por actos vandálicos, y a ahorcar a los vándalos si intentaban dañarlas de nuevo. ¿Un motín de esclavos? ¡Por supuesto que no venían a instigar un motín de esclavos! La esclavitud era legal, y ellos venían a hacer respetar la Ley. Por el contrario, si se producía un motín de esclavos esperaban que les fuese enseguida notificado, para ser los primeros en acudir a sofocarlo; etc.) 

Al Brigadier Butler nunca le faltaban palabras. 

Y como el secesionista medio de Maryland había sido captado mediante una propaganda muy primaria, que hacía su esquema antinorteño muy rudimentario y mendaz, se quedaba enseguida sin argumentos ante él. Muchos, del tipo reaccionario elemental, comenzaban a descubrir que, para satisfacer sus demandas de “ley y orden”, quizá ni siquiera fuesen precisos aquellos vocingleros rebeldes. Mientras, los trabajos a lo largo del ferrocarril Annapolis-Washington avanzaban rápidamente. 

Los confederados comenzaban entre tanto a tomar sus primeras disposiciones militares ideadas para una Confederación de al menos 11 Estados. Así, se reorganizó la fuerza que se había concentrado contra Fort Sumter, naciendo de ella unidades del Ejército Provisional. Una brigadilla de éstas, bajo el mando de Richard Herron Anderson, ahora Coronel de tal Ejército, fue enviado a unirse a la fuerza que Braxton Bragg intentaba formar en Pensacola. Otra brigada mayor, también plenamente surcarolina, partió para Virginia, donde podía dar “músculo” a las milicias virginianas, mientras éstas se iban transformando para crear unidades del dicho Ejército Provisional. 

Para mandarla, el Gobierno confederado dio uno de sus despachos de Brigadier a Milledge Luke Bonham, que había sido Mayor General de la Milicia surcarolina y gozaba de bastante buena fama en ella. Mientras, en Louisiana, donde Mansfield Lovell ya comenzaba a formar unidades del Ejército Provisional, otro despacho de Brigadier fue concedido a su segundo el virginiano Gustavus Woodson Smith, ex-soldado y aventurero, que había sobrevivido a un par de expediciones “filibusteras”. 

BG Samuel Cooper, CSA

Y otros tres despachos fueron a Virginia, donde el nuevo Ejército debía organizarse de inmediato. Uno recayó, por supuesto, sobre Robert E. Lee, y los otros dos sobre Samuel Cooper y Joseph Eggleston Johnston. Cooper, Brigadier de activo del U.S. Army antes de la Secesión, era un nativo de New Jersey afincado en el Sur. De 63 años y no muy buena salud, tenía en cambio un sólido prestigio como hombre de Estado Mayor, y fue nombrado al momento Ayudante e Inspector General de aquel nuevo Ejército Provisional de los Estados Confederados. 

BG Joseph E. Johnston, CSA

Johnston, que con 53 años era unos meses más joven que Lee, era como éste intelectualmente un unionista, y visceralmente un virginiano, que sólo se había unido al carrusel para defender a “su” Virginia. Se trataba de exactamente el último Brigadier nombrado por el Ejército federal antes del conflicto, y era un hombre pequeño y fibroso, de escaso cabello que, como sus bigotes y su perilla a lo mosquetero, griseaba de canas; pero sus ojos alerta y su dinamismo contenido le habían valido el apodo de “The Gamecock”, (“El Gallo de Pelea”). Buen estratega, disfruta hoy de una fama inferior a sus merecimientos, porque descansaba totalmente en sus subordinados para la realización táctica, y en general éstos se llevaban el prestigio de las victorias mientras que, si las cosas iban mal, no desdeñaba aceptar la responsabilidad de la derrota. 

El 24 de Abril, la U.S. Navy respondió al fin a las capturas enemigas del “Uncle Ben” y el “Star of the West”. Ese día el remolcador virginiano de 173 Tn “Young America” zarpó de Norfolk para auxiliar a una goleta en apuros en las Hampton Roads, sólo para verse interceptado y capturado por el sloop “Cumberland”, el único superviviente unionista del Gosport Navy Yard. El “Young América” sería puesto en servicio en la Navy, y permanecería en él hasta 1865. 

Y el 25 de Abril el 7º de la Milicia de New York, a tambor batiente y banderas  desplegadas, desfilaba entrando en Washington. La capital estaba finalmente conectada con el resto de la Unión, y en menos de 48 horas le seguirían el 1º de Voluntarios de Rhode Island del Coronel Ambrose Everett Burnside y el 11º de Voluntarios de New York, “Zuavos de Fuego” o “Zuavos de Ellsworth”, bajo el Coronel Elmer Ephrahim Ellsworth. Otros seguirían, y Washington quedaba a salvo. 

Cor. Elmer Ephrahim Ellsworth, USA

La presencia cada vez mayor de fuerzas unionistas entre ellos y Virginia pesó sin duda sobre los componentes del Legislativo de Maryland, reunidos finalmente en Frederick City el 27 de Abril. Y, aunque se pidió en esa sesión que la Confederación fuera reconocida, y se tachó de “inconstitucionales” tanto la guerra contra ésta, como la “ocupación militar de Maryland”, cuando el 29 se propuso votar el Acta de Secesión, tal proposición fue rechazada por 53 votos a 15. 

En tanto, proseguía el trasiego de tropas, con buques contratados en charter entre los que estaban el “Alabama” y el “Keystone State”, que serían luego adquiridos como auxiliares armados por la Navy. Generalmente no iban escoltados lo que, dado el aún más caótico estado de la organización naval secesionista, no era grave  riesgo. Con todo, en la singladura que acabó en Annapolis el 25 de Abril, el “Alabama” fue escoltado por el bergantín “Perry”, recién devuelto al servicio activo y de camino para ser desplegado mucho más al Sur. 

Para fin de mes, la fuerza unionista en Washington y a lo largo del ferrocarril que enlazaba la capital con Annapolis, iba tomando dimensiones considerables. Además y tras muchos esfuerzos para encontrar los remolcadores apropiados, el cañonero “Allegheny”, antes en servicio de acomodación en Baltimore, y que tenía la maquinaria totalmente inservible, había sido llevado a remolque a Annapolis, para servir como batería flotante en un posible apuro. 

Continuaban suponiendo un problema las fuerzas apenas hostiles de la milicia de Maryland en torno a Baltimore, cuya principal concentración, de 600 hombres con 4 piezas de artillería, desplegada en Relay House, una estación del Baltimore and Ohio Railway, hacia Pennsylvania, Winfield Scott estaba planeando una gran operación, con más de 10.000 hombres, para barrer el Estado, pero Butler, que opinaba que el aclarar la situación con rapidez valía más que el hacer una demostración de fuerza, había preparado un plan menos ambicioso. 

Más al Oeste, la secesión virginiana comenzaba a dar sus frutos para el Gobierno de Montgomery. En Arkansas, fue un llamamiento a “comportarse con seriedad” para los demócratas de “La Familia”, y la secesión del Estado quedó al fin encaminada según los deseos de Gobernador Rector. En el Noroeste del Estado, y como quiera que ahora la brigada de Napoleón Bonaparte Burrow estuviese decidida, (y autorizada), a usar cuanta fuerza fuera necesaria contra Fort Smith, el Capitán Sturgis le entregó esta fortificación y se retiró  con su pequeña fuerza  a Missouri. Era la última instalación federal en el Estado, pues el Arsenal de Fayetteville había sido ocupado dos días antes. 

En Tennessee, las noticias de Virginia decidieron también al Estado a seguir la senda de la secesión. Allí casi el problema más grave era que, como en Virginia, las tradiciones locales obligaban a que el Acta de Secesión fuera seguida de un referéndum y, por mucho que se esperara ganarlo, éste iba a mostrar que el rico Este del Estado era masivamente prounionista. 

En realidad había una larga franja de la parte Sur del Valle del Ohio, que comprendía el Este de Tennessee y Kentucky y el Oeste de Virginia, y era muy unionista. El motivo era que el terreno, más alto y movido que lo que solía gustar a los grandes propietarios sureños, había impedido que se instalaran en ella típicas plantaciones. Y en cambio, la tierra era lo suficientemente rica para permitir granjas grandes y prósperas, a estilo norteño. Ahora bien, los propietarios de este tipo de granjas, que habían aplicado métodos de cultivo modernos, e incluso conseguían rendimientos por hectárea de algodón superiores a los de las plantaciones, eran quizá el grupo social dentro de la Unión que más cordialmente detestaba a los plantadores. 

Desde su punto de vista, éstos no eran sino una caterva de malos cultivadores, y su influencia política y su capacidad para influir sobre la Unión les parecía una especie de insulto personal. De forma que, por inquina hacia los plantadores, estos granjeros estaban siempre dispuestos a alinearse contra ellos junto a la Unión, junto a Lincoln o junto a quien hiciera falta. Y eso era algo que iba a traer problemas a los confederados, tanto en Tennessee como en Kentucky y la Virginia situada más allá del Allegheny. 

Respecto a los nuevos Estados en que la variación del equilibrio causada por el paso de Virginia a los rebeldes hacía plantearse la Secesión, ya hemos visto como se habían desarrollado los acontecimientos en Maryland. En Kentucky las cosas mantenían un ritmo más pausado. El Gobernador, Beriah Magoffin, era secesionista, pero la milicia Estatal, aunque igualmente secesionista, actuaba con mucha menos prepotencia que lo que había sido habitual en otros Estados esclavistas. 

Esto se debía en parte a que el ex-soldado Simón Bolívar Buckner, que dirigía esta milicia, era un caballero, pero sobre todo al deseo del Gobernador, (que por eso había nombrado al caballeroso Buckner), de que sus milicias actuasen con guante blanco para evitar un indeseable choque con los kentuckianos de las colinas, los famosos “hillbillies”, que poseen un apartado propio en el folklore estadounidense. 

BG Simon Bolivar Buckner, CSA

En realidad, los “hillbillies” eran campesinos de zonas montañosas, de suelo pobre y mal comunicadas, muy abundantes en Kentucky, que malvivían de campos reducidos de maíz, completando su dieta con la cría de algunos cerdos y la caza en los bosques, (amén de la fabricación casera de licores para autoconsumo). Según su leyenda, sus principales actividades eran balearse entre vecinos, emborracharse con el whisky salido de sus propios alambiques, y echar al mundo un interminable chorro de pequeños “hillbillies”. 

En realidad, su nivel cultural era muy bajo, (y más en Estados Unidos, que por entonces y al contrario de hoy día, poseía uno de los mejores sistemas de enseñanza pública del mundo), pero poseían un complicado nudo de tradiciones locales, y un enrevesado sistema de clanes, basados en relaciones de parentesco, que les llevaba a menudo a interminables guerras locales que el forastero encontraba del todo incomprensibles. Tenían fama de hombres duros y excelentes tiradores, y no había habido episodio de colonización o guerra fronteriza en que no hubiesen aparecido contingentes de hillbillies. (A pesar de lo cual su número nunca parecía decrecer, pues eran efectivamente muy prolíficos). 

En las luchas entre abolicionistas y esclavistas habían militado en general en el bando de éstos últimos que, siendo gente del campo, sabían hablarles en términos que les fuesen comprensibles. Más eran, a su nebulosa manera, muy patrióticos y nadie sabía como se tomarían el asunto de la Secesión. Por ello, en Kentucky, secesionistas y antisecesionistas andaban como de puntillas, temiendo incurrir en la furia de esta gente y regalar tontamente al enemigo 20.000 fusileros de primera.

En Missouri, el secesionista Gobernador Claiborne Jackson sabía que no podía pasar un Acta de Secesión en el Legislativo. Pero disponía de una sólida minoría y con ayuda de Sterling Price, Mayor General de la milicia, ex-Gobernador a su vez y ex-militar, (había saltado a la fama en 1847, aplastando a cañonazos la revuelta de los indios taoseños de Nuevo Mexico) había creado una milicia de activo tan secesionista como se pudiese esperar: la State Guard. Con ella y a bofetadas, confiaba en ir empujando al Estado a la Secesión, ayudado por sus contactos con personajes como Jeff Thompson, Alcalde de Saint Louis. 

La State Guard ya había empezando a tomarse bastantes libertades, persiguiendo sin ambajes a los unionistas, sobre todo en los condados más meridionales del Estado, y ocupando con todo descaro el Arsenal Federal de Liberty. Sin embargo, sus poco delicados métodos no habían dejado de duda al rechazo, y en especial en la parte del Estado situada al Norte del cauce del río Missouri, los granjeros unionistas y los colonos alemanes habían formado una  segunda milicia, con  el declarado fin de pararle los pies a esta State Guard. La patrocinaban el bien relacionado abolicionista Francis Preston Blair, y el ex-Ministro de Guerra del Gobierno Revolucionario alemán de 1848, Franz Sigel, y se llamaba Home Guard. 

El objetivo siguiente de la State Guard era obviamente el gran Arsenal de Saint Louis, el más importante del Oeste en aquellos días, sólo guarnecido por una compañía de Infantería U.S.A, mandada por un Capitán de 43 años, Nathaniel Lyon. Lyon no era “tocable”, pues tras servir en la Bleeding Kansas se había convertido en ferozmente antisureño, llegando a poner su firma en algunas circulares abolicionistas; (un tipo de pronunciamiento político muy mal visto en el Ejército). Pero el Gobernador Jackson y sus seguidores creían tener una forma fácil de poner sus manos en el Arsenal. 

En primer lugar, se creó las Jackson Barracks, un campamento militar situado  en los arrabales al Sur de Saint Louis, donde se concentró una brigadilla de la State Guard bajo el mando del Brigadier de Milicia Daniel Marsh Frost. A continuación, comenzó una paulatina concentración de elementos prosecesionistas sobre Saint Louis, seguida de agitación callejera en la ciudad. Todo lo cual presagiaba el empleo inmediato de la fórmula ya probada en Baltimore: un motín callejero, bajo cuya cobertura la State Guard, por orden del Gobernador y el Alcalde, entrara en el Arsenal, de cuyo contenido se incautaría después. 

Sólo que el Capitán Lyon se resistía a perder así las armas, y adelantándose a los acontecimientos, se puso de acuerdo con el Capitán James H. Stokes, de guarnición en Cairo, en Illinois. Y, a fines de Abril, Stokes se presentó en el muelle del Arsenal, con un vaporcillo y una orden del Gobernador de Illinois para retirar 10.000 fusiles. 

Como Lyon había supuesto, los secesionistas observaron cuidadosamente la operación y, en cuanto Stokes hubo transbordado las 10.000 armas al vapor, una muchedumbre “amotinada” lo tomó al asalto. Lo que no sabían era que se estaban llevando todos los fusiles más antiguos y en peor estado del Arsenal, parte de ellos incluso saboteados para aumentar su inutilidad. Y lo que, desde luego, sabían aún menos era que, mientras ellos se agrupaban en torno a su triste botín, sin ojos sino para él, otro vapor atracaba en el muelle trasero y recibía la verdadera carga, que consistió en 21.000 mosquetes en buen estado, 500 carabinas, otros tantos revólveres, algunos cañones y otro material. 

Y lo que indica el ominoso camino que estaban tomando los pensamientos de Lyon es que, aparte del grueso de la Artillería, difícil de trasladar, pidió que se dejara en “su” arsenal sus mejores armas, 7.000 fusiles rayados modelo 1855. Y a poco de esa jornada, se puso al habla con la Home Guard, ofreciéndole esos fusiles si se ponía a sus órdenes. 

Mientras, el 29 de Abril de 1861 en Montgomery, Jefferson Davis lanzó el más famoso de sus discursos, que era su cartel de desafío y su lista final de agravios ante la Unión, dedicado principalmente a la Prensa y las cancillerías extranjeras. Fue una hermosa pieza oratoria, que le ganó muchas simpatías a la Confederación en el extranjero  y en el que, tras intentar demostrar que los Estados norteños habían perseguido, agredido y acorralado las libertades del Sur hasta obligarle a la Secesión, terminaba con unas palabras finales hermosísimas: 

“We feel that our cause is just and holy; we protest solemnly in the face of mankind that we desire peace at any sacrifice save that of honor and independence; we seek no conquest, no aggrandizement, no concession of any kind from the States with which we were lately confederated; all we ask is to be let alone; that those who never held power over us shall not now attempt our subjugation by arms. This we will, this we must, resist to the direst extremity. The moment that this pretension is abandoned the sword will drop from our grasp, and we shall be ready to enter into treaties of amity and commerce that cannot but be mutually beneficial. So long as this pretension is maintained, with a firm reliance on that Divine Power which covers with its protection the just cause, we will continue to struggle for our inherent right to freedom, independence, and self-government”.Message to Congress April 29, 1861 (Ratification of the Constitution) 

“Sentimos que nuestra causa es justa y santa; protestamos solemnemente ante la humanidad que deseamos la paz ante cualquier sacrificio salvo el del honor e independencia; no buscamos ninguna conquista, ningún engrandecimiento, ninguna concesión de cualquier clase de los Estados con los que nosotros estábamos últimamente confederados; todo el que preguntamos debe ser sin hablar de; que los que nunca sostuvieron el poder sobre nosotros ahora no intenten nuestra subyugación por las armas. Esto nosotros, esto debemos, de oponernos a la extremidad más horrible. El momento que esta pretensión es abandonad la espada y se caerá de nuestro asimiento, y estaremos listos para establecer los tratados de amistad y comercio que nos puede ser mutuamente beneficioso. Mientras que esta pretensión es mantenida, con una confianza firme sobre aquel Poder Divino que cubre de su protección la justa causa, seguiremos luchando para nuestro derecho inherente a la libertad, la independencia, y la autonomía”. Discurso al Congreso, 29 de Abril de 1861 (Ratificación de la Constitución) 

Pero por desgracia, el discurso y las razones esgrimidas eran cuestionables, pues en él:

1. Aseguraba que las cláusulas del Proyecto de Confederación del que nació la Unión eran para una unión temporal. 

2. Aseguraba que la Soberanía siempre había pertenecido a los Estados. 

3. Afirmaba que la Unión sólo había existido “como forma de defensa frente a agresiones exteriores”. (España y Mexico fueron atacadas por USA) 

4. Aseguraba que la Constitución daba derecho a la extradición de esclavos. (Según la “doctrina Taney” que él mismo apoyaba) 

5. Incluso, aseguraba que sólo había movilizado el Ejército Provisional en respuesta a la llamada de voluntarios de Lincoln. (Lo hizo 40 días antes de ésta) 

Y aquí, con Jefferson Davis exponiendo su discurso de desafío, damos por terminado este quinto capítulo.

 

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