Capítulo IV: Fort Sumter. “Casus Belli”

Pese al aspecto amenazador de los episodios del 9 de Enero de 1861 en Charleston y el 12 de Enero en Pensacola, tanto Fort Sumter como Fort Pickens se vieron después encerrados en sendas bolsas de calma aparente, llegando a un “modus vivendi” con las fuerzas que los asediaban. En Fort Sumter ésto se inició cuando el Mayor Anderson, furioso por el ataque contra el “Star of the West”, envió una nota indignada al Gobernador Frederick W. Pickens, que tras las elecciones había sustituido a Gist en South Carolina. Este respondió y se siguieron intercambiando notas, en tono cada vez menos agresivo, hasta alcanzarse una especie de equilibrio que duraría bastantes semanas. 

En Fort Pickens sucedió lo mismo después de que, el 15 de Enero, el Coronel W. H. Chase, curiosamente natural de Massachusetts, que había quedado al mando de las fuerzas de asedio, tratara de persuadir al Teniente Slemmer para que entregase la fortificación. Para remachar la falsa calma, una delegación de Florida alcanzó en aquellos días Washington, llevando al Presidente Buchanan proposiciones parecidas a las que ya le había hecho la de South Carolina. (Es decir, asegurando que sus fuerzas no ejercerían violencia contra Fort Pickens si éste no era reforzado). 

Winfield Scott y John Ellis Wool estaban seguros de que los sureños sólo querían ganar tiempo para reunir un tren de sitio, y otras facilidades para el asalto a ambas fortificaciones. Pero Buchanan prefirió creer en la sinceridad de la tregua e incluso, cuando en Febrero el “Brooklyn” alcanzó al fin aquellas aguas, le prohibió desembarcar la compañía del Capitán Vodges. En vez de ello, el “Brooklyn” y el “Macedonian” debían costear Santa Rosa Island, desembarcándola solo si se producía un ataque contra Fort Pickens. 

Hasta Scott y Wool debieron aceptar tal orden, aun a regañadientes. Pero el que hubo de recibirla con la mayor indignación era sin duda el Capitán David Glasgow Farragut, comandante del “Brooklyn” al mando de la pequeña fuerza naval. Porque la dicha orden le obligaba a costear semana tras semana una costa peligrosa, (con riesgo de perder algún barco y arruinar su carrera), sólo para tener a punto un refuerzo que, si el enemigo atacaba Santa Rosa Island con botes, probablemente no se podría desembarcar a tiempo. Pues lo lógico era que el enemigo escogiese para su ataque la noche, o un día de tormenta, (para dificultar su puntería a los cañones de Fort Pickens). Y en tales condiciones el desembarcar los refuerzos por la costa de la isla que daba al mar, mucho más agitado que el interior de la bahía, sería una operación muy delicada. 

Y es que el Presidente Buchanan parecía paralizado por las responsabilidades que encerraba la situación. No llegó al extremo de vender Fort Sumter y Fort Pickens a las delegaciones rebeldes de South Carolina y Florida, como éstas comenzaron pronto a solicitar, pero el fracaso del último plan de paz del ex-Presidente Tyler le había descorazonado de tal forma que se negaba a tomar ni una iniciativa más, dejando gustoso todo el paquete de problemas en manos del Presidente entrante Abraham Lincoln, que sería investido a comienzos de Marzo. 

Mientras, el Secretario de Guerra Holt rizaba el rizo con sus gaffes. Logró así ofender seriamente al Teniente Coronel Pierre G. T. Beauregard, hombre de Louisiana que estaba haciendo una excelente labor como director de la Academia de West Point, convenciendo a instructores y cadetes para que no se pasaran a los confederados. Y el resultado fue que el propio Beauregard presentó su dimisión y se dirigió al Sur. 

Ya sabemos por tanto las causas de la escasa actividad del Gobierno Federal y sus fuerzas en Febrero de 1861. Veamos ahora el porqué tampoco los confederados se mostraban muy activos. Lo cierto es que el flamante Gobierno Provisional Confederado también estaba muy ocupado tratando de dotarse del esqueleto de un aparato estatal, y tocando a muchos caciques locales de la política sureña, a menudo aún poco convencidos por el “invento” de la Confederación. Además, enfrentaba ciertos problemas. 

El más urgente era completar el desarme de las fuerzas federales rendidas por la traición del Brigadier Twiggs en Texas. De hecho, ya desde el primer momento Twiggs se había visto desafiado por las actitudes de los coroneles Reeve y Lee, siendo la desafección de este último, la en principio más preocupante, por tratarse del comandante de la “Franja del Nueces”, que cortaba el paso a la frontera mexicana. 

Este Lee no era otro que el Coronel Robert Edward Lee, ex-comandante del 2º de Caballería, el hombre que había capturado a John Brown y lo más parecido a un aristócrata con que contaban los Estados Unidos de América. Su familia era la propietaria de la mayor parte de la ciudad de Leesburg y una enorme hacienda, aguas arriba por el Potomac de Arlington. Había habido una larga amistad entre ellos y los Washington, y su padre, apodado “Lighthorse” Lee, había mandado para George Washington la Caballería del Ejército Continental. Finalmente, el propio Robert E. Lee se había casado con la última mujer de ese apellido, uniendo las dos fortunas y convirtiéndose en el propietario de la famosa finca de Arlington, (en la que en efecto, se encontraba descansando cuando se produjo el asalto de John Brown al Harper’s Ferry).   

Cor. Robert E. Lee, CSA

Pues bien, éste prestigioso hombre mantenía que la orden de Twiggs era ilegal y en ningún caso debía de ser obedecida. Afortunadamente para los sureños, (y un poco sorprendentemente), el grueso de los oficiales de su mando decidieron desoír su interpretación, y el Coronel Lee fue detenido por sus propios hombres y sometido a vejaciones por ellos hasta que se le puso a bordo de un buque que zarpaba de Brownsville para el Norte. Este extraño comportamiento, (Lee estaba en general muy bien considerado en el Ejército), se debe a que en la Franja del Nueces estaba en curso una típica “guerra sucia”. 

En efecto, la Franja del Nueces había sido arrebatada por los texanos por pura fuerza. Por ello la población mexicana estaba aún resentida, y un antiguo propietario de la zona, despojado por los gringos, se apoyaba en ella para llevar a cabo raids desde el otro lado de la frontera, al frente de una guerrilla montada. Era Juan Nepomuceno Cortina, pelirrojo con barba cortada en hacha que gastaba un uniforme con quepis y charreteras, pero no muy recargado, lejos de la imagen clásica del “desesperado” mexicano. 

Su primer gran raid, en 1859, le había llevado a ocupar Brownsville por varios días y matar no menos de quince texano-estadounidenses, y desde entonces, la zona estaba en pie de guerra. Y la “guerra sucia” había dado su propio toque extremista a los oficiales del mando de Lee, que lo despreciaban como a un pretencioso “caballero” que quería hacerles seguir reglas estúpidas. Estaban pues maduros, (como se vio), para la traición, si ésta se vestía con ropajes extremistas. 

Aún eliminado Lee, quedaba la resistencia de Reeve, y aún algunos focos en torno a oficiales leales en la propia Franja del Nueces, como los capitanes Charles W. Hill y George Stoneman en Fort Brown, junto a Brownsville. Contra estos focos actuaron en Febrero 7 compañías de voluntarios texanos, mandados por el Coronel John Salmon Ford, y apoyados desde el Río Grande por los vapores armados “General Rusk” y “Ocean Tug”. 

Los secesionistas de Texas prefirieron sin embargo usar la persuasión y enviando a Ben  McCulloch a adquirir armas en Europa, trajeron para sustituirle a un militar, que quizá se  entendiera mejor con estos militares. Se trataba del ex-Capitán de Caballería Earl Van Dorn, que llegó de New Orleans a ocupar el puesto de McCulloch. 

Van Dorn tenía fama de Don Juan y de bebedor, pero también era un héroe de las últimas guerras indias de Texas, en las que había sobrevivido a un flechazo en el vientre por el que los médicos le habían dado por muerto, y contaba con la confianza de los texanos y un sólido prestigio en  el Ejército. Y en efecto, lo hizo muy bien, logrando en pocos días convencer a Reeve para que entregase su mando. Poco después Hill y Stoneman, paulatinamente abandonados por sus hombres, también hubieron de ceder Fort Brown. (Como ambos bandos tenían por entonces diferentes razones para ocultar estos combates, no se guarda apenas informes sobre ellos y se ignora si hubo bajas o cuantas fueron). 

Ahora los texanos tenían ya casi todo su territorio, con Fort Brown, El Alamo, Fort Arbuckle y Fort Wachita vigilando el Territorio de las Cinco Naciones, Fort Lancaster en el Pecos y Fort Davis en los Montes Davis, al este de la confluencia de los ríos Grande y Conchos  y la localidad mexicana de Presidio del Norte. La única parte que no controlaban del Estado era su extremo Oeste. 

Era ése un territorio de desiertos salinos y montañas erosionadas, recorrido por bandas apaches de lipán, concho, jumano y mescalero, y mejor comunicado con Mexico al Sur, o Nuevo Mexico al Norte, que con el resto de Texas. Existían en él dos fuertes aún en manos federales: Fort Quitman en los Montes Quitman, y Fort Bliss, junto a El Paso. Y por él se cruzaban en aquellos días una corriente de oficiales que, abandonando a sus tropas en Nuevo Mexico, trataban de unirse a los confederados en Fort Davis, y otra de soldados desarmados y refugiados civiles, que cruzaba hacia El Paso para reunirse con los unionistas. 

Otro problema pendiente de los secesionistas era el caso de los Estados de Tennessee y Arkansas, donde las proposiciones de votar un Acta de Secesión habían sido rechazadas. El asunto era particularmente sangrante en Arkansas, donde no sólo el Gobernador Henry Rector era fanáticamente secesionista, sino que la milicia había sido perfectamente “trabajada”, y el Legislativo presentaba una mayoría aplastante de partidos teóricamente proclives al secesionismo. 

Ocurría que los fire-eaters locales estaban divididos en dos grupos antagónicos. Uno, de demócratas extremistas y liderado por el propio Rector, representaba la facción más ferozmente estatalista. El otro, bajo Thomas Carmichael Hindman y compuesta de una mezcla de demócratas y “whigs” de extrema derecha, era más bien proconfederación. Y para acabarlo de arreglar, ambos líderes eran dos “prima donnas” que se detestaban mutuamente. Habían debido de aliarse para arrebatar el timón del Estado a sus antiguos dirigentes, pero todo el mundo veía su acuerdo inestable. 

Y a esos antiguos líderes, aún muy poderosos, les encantaba hacerles tropezar. Se trataba de la facción local del Partido Demócrata apodada “Demócratas de Johnson”, o simplemente “La Familia”. Bastantes conservadores, quizá no hubiesen hecho ascos a la Secesión en otras circunstancias, pero veían a Rector y Hindman como un par de advenedizos de dientes afilados, y gozaban sacándoles de quicio. 

Incluso, aprovecharon su dominio del departamento político de la Milicia para estropear al Gobernador su dominio sobre ella. Así, crearon en Febrero un Ejército Estatal de Kansas, designando su Alto Mando con absoluta malignidad. Para Mayor General y jefe supremo escogieron a James Yiell, whig secesionista, pero ardiente enemigo del Gobernador. Y para Brigadieres y jefes de sus divisiones tomaron los dos demócratas más antisecesionistas de todo el Estado: en la 1ª División (West), Nicholas B. Pearce, ex-director de la campaña de Stephen Douglas en Arkansas, y en la 2ª (East), Thomas H. Bradley, el más rico propietario de esclavos del Estado y también el hombre que más ferozmente había combatido las ideas secesionistas en el Legislativo estatal. 

Sin embargo, la milicia acababa de ser reorganizada de cara a la Secesión por un militar de prestigio, el Coronel William Joseph Hardee, que había sido el ayudante militar de Jefferson Davis cuando éste fuera Secretario de Defensa en 1853-57. Juntos habían dado a luz un nuevo Reglamento de Combate para la Infantería Ligera, inspirado en el francés y ahora conocido como “Hardee’s Tactics”. Y creó el sombrero que en 1860-61 era el favorito del Ejército Federal, también llamado “Hardee” o a veces “Jeff Davis”.

Cor. William J. Hardee, CSA

Se trataba de un sombrero de copa muy alta y casi completamente cilíndrica, superficie charolada y ala bastante ancha, cuya parte izquierda debía reglamentariamente alzarse, y prenderse al costado de la copa con un prendedor que presentaba el escudo federal, y servía además para sujetar tres plumas negras. (Siendo la copa tan alta, el ala doblada llegaba poco más allá de la mitad de su lado). En 1861, todo el mundo en Estados Unidos lo consideraba el no va más de la elegancia marcial. 

La milicia reorganizada por Hardee tenía un vivo espíritu combativo, y ya el 8 de Febrero logró un señalado éxito, al apoderarse con una astucia y sin derramar sangre del Arsenal Federal de Little Rock. El autor del plan empleado era un soldado raso de la milicia, un emigrante irlandés llamado Patrick Romayne Cleburne, que ejercía como farmacéutico en Helena. En el acto se le ascendió a Capitán, y en pocas semanas se le daría el mando de un regimiento, inagurándose así la carrera que le llevaría a ser apodado “El Stonewall Jackson del Oeste”. 

Hardee estaba sin embargo muy enfadado con la conducta obstruccionista para con su milicia de los “Demócratas de Johnson”. Y, reuniendo una brigada de hechura propia, abandonó Arkansas, dirigiéndose al Deep South, donde a finales de mes guarnecería Mobile, asombrado e indignado de que las autoridades de Alabama sólo estuvieran dedicando 200 milicianos para guarnecer Fort Morgan y este puerto, de enorme importancia estratégica. Comenzada a organizar antes de la Convención de Montgomery, la unidad, llamada “Brigada de Arkansas”, enarbolaba banderas azul oscuro, en honor a la de South Carolina. Y como Hardee era un hombre cabezota y poco tratable, sus banderas azules iban a menudear por todos los frentes de la zona central hasta el mismo fin de la guerra. 

En la propia Arkansas, uno de los comandantes de Brigada de la 1ª División o del Oeste, Napoleón Bonaparte Burrow, de la 3ª Brigada, marchó con su fuerza a la región de Van Buren, intimidando a la guarnición del puesto federal de Fort Smith a entregarlo. El comandante de dicha guarnición, Capitán  Samuel Davis Sturgis, se negó a ello y Burrow puso asedio a Fort Smith. 

Poco más puede decirse que sucediera hasta la investidura de Abraham Lincoln, salvo que a fin de Febrero llegó a puerto unionista, de regreso de los mares de China, la fragata “Niágara”, que era el buque más potente de la flota en activo. Y de otro lado que, al amparo de la extraña tregua reinante, Fort Sumter perdió a uno de sus defensores y adquirió otro en su lugar. 

Durante la tregua, los familiares de defensores del fuerte que vivían anteriormente en Charleston evacuaron hacia el Norte. Y, tras una breve consulta entre Anderson y el Gobernador Pickens, éste permitió que el Segundo Teniente T. Talbot, (equivalente al Alférez español), el más joven de los hombres del Mayor, cruzara las líneas confederadas para llevar correo de su superior a Washington. En cambio, cuando volvió con la respuesta no se le permitió pasar, siendo enviada aquella a Fort Sumter en un bote confederado bajo bandera de tregua. (Así es como el Fuerte perdió un defensor, pues Talbot hubo de regresar al Norte). Y tampoco al Mayor Don Carlos Buell, enviado por Buchanan con despachos para el Gobernador Pickens, se le permitió el acceso. 

La adquisición del último defensor fue más rocambolesca. Sucedió que la esposa de Anderson, enferma crónica que vivía en New York, decidió que su marido debía tener en aquel trance la compañía de la que había sido su mano derecha cuando era más joven: el Sargento Peter Hart, antes del Ejército y ahora de la policía neoyorquina. Y, tras consultarlo con Hart y su esposa, emprendió el viaje a Charleston, con el Sargento fingiendo ser su ayuda de cámara y enfermero. Naturalmente, ante un caso como el de esta esposa enferma, Frederick Pickens no tuvo más remedio que darle un salvoconducto para que visitara a su esposo en el fuerte. Y cuando la señora Anderson dejó Fort Sumter y regresó al Norte iba sola. El Sargento Hart se había unido a los hombres de su marido. 

Mientras, Abraham Lincoln había debido permanecer semana tras semana, desde la elección, en su casa de Springfield (Illinois), mordiéndose los puños de impotencia ante unos acontecimientos en los que aún no podía intervenir, aunque por fortuna el General Winfield Scott le mantenía al corriente, por carta, de todos sus detalles. 

 “Sólo espero, (escribió en aquellos días) llegar a Washington a tiempo de cerrar la puerta del establo antes de que roben el caballo. Pero temo no encontrar más que las huellas de sus herraduras”

Para colmo, su popularidad estaba empeorando aún antes de que él hiciese nada por ganarla o perderla. Esto se debía en parte a que los industriales, que le habían apoyado esperando obtener un Gobierno republicano sin Secesión, estaban más bien arrepentidos de haberlo hecho y, en forma incongruente pero muy humana, tendían a echarle la culpa a él. Y de otra a que los rebeldes y sus títeres en el Norte, para enturbiar las aguas, estaban haciendo una fuerte campaña de desprestigio contra él. 

Les ayudaban dos factores. De un lado que, como muchos de ellos pertenecían a la llamada “buena sociedad”, podían emplear los reflejos de solidaridad y el “telégrafo interno” de ésta, que es a menudo particularmente vil en sus métodos cuando trata de hundir a un ser humano. De otro que en especial en el Este, una buena parte de las bases republicanas, aún enfadadas por el escamoteo de su candidato favorito, Seward, eran mucho más receptivas de lo que hubiese sido lógico a aquella basura. Por que la campaña era pura basura, una mezcla de lugares comunes y simples mentiras, sin pies ni cabeza. 

Así se decía que Lincoln tenía aspecto de mono, que no sabía hablar en público, o que su incultura era un insulto a la Nación. Y de hecho, pertenecía exactamente al tipo humano más diferente del mono, y está hoy considerado como quizá el mejor orador de la Historia de Estados Unidos. En cuanto a su cultura, era muy amplia, aún con algún “lunar” de autodidacta, y en todo caso era ridículo que pretendieran utilizar tal argumento los secesionistas y sus amigos, todos ellos adoradores del Presidente Andrew Jackson, que era lo que hoy se llama un analfabeto de segundo grado (Se atribuye la fórmula de aceptación estadounidense “OK” a la costumbre de Jackson de aprobar documentos cruzándolos con estas letras, iniciales fonéticas de las palabras inglesas “All Correct”). 

Lincoln había partido ya de Springfield el 11 de Febrero, realizando al estilo de la época un lento viaje en tren, de ciudad en ciudad, camino de Washington. Era muy consciente de los problemas que aguardaban a la Nación y a él mismo como Presidente, con siete Estados sureños en rebeldía, y otros siete en la tentación de seguirlos, mientras el Norte cruzaba un invierno de confusión y desánimo.           

Esta confusión abonaba proyectos peregrinos, y ya había quienes hacían planes para secesionar California y Oregón bajo la Presidencia de John Charles Fremont. A la vez, el oportunista y desvergonzado alcalde de New York City, Fernando Wood, trataba de secesionar la ciudad y su entorno “por la duración de la crisis”. (El proyecto, ya avanzado, fracasó finalmente porque los otros alcaldes implicados desconfiaban de Wood, que era demasiado ostensiblemente “una buena pieza”). 

Para colmo, durante el viaje corrieron rumores de una acción de los secesionistas que impediría la investidura. En el Norte no se les dio mucho crédito pero, dado cómo pintaba la Prensa secesionista a Lincoln es muy fácil que a menos un grupúsculo secesionista hubiese hecho planes para atentar contra él, y otros varios (a estilo fire-eater), se jactaran de lo mismo sin que fuera cierto. Además es indudable que una gran concentración de secesionistas se había acumulado en Baltimore, aunque lo más seguro es que la intención de éstos fuera más bien hacer regresar su tren a Philadelphia, o todo lo más arrebatarlo y retenerlo como rehén de Dios sabe qué atrabiliarias reivindicaciones. 

Incluso el escocés Allan Pinkerton, fundador en 1850 de la primera Agencia de Detectives Privados americana, le hizo advertir de que tenía pruebas de que se preparaba un atentado contra él. (Hoy sabemos que Pinkerton era bastante embustero, pero entonces gozaba de gran prestigio). Finalmente el propio General Winfield Scott, que había dado crédito a ciertas confidencias recibidas apuntando a lo mismo, le envió aviso a Philadelphia de que no pasara con su séquito por Baltimore.

Allan Pinkerton

A regañadientes, Lincoln aceptó a adelantarse al séquito, y pasar por Baltimore de incógnito, llegando a Washington con sólo un secretario y un guardaespaldas, (proporcionado por Pinkerton). Pero el Norte se mostró incrédulo, (aún no había habido nunca un atentado contra un Presidente de los Estados Unidos), y consideró tal proceder cobarde, y el prestigio del nuevo Presidente sufrió un nuevo bajón. La Unión, desesperanzada, buscaba un chivo expiatorio en el que desahogar su frustración, y creyó encontrarlo en aquel Presidente provinciano y desgarbado, todos cuyos actos eran pasados por un estrecho tamiz, a la busca de con qué crucificarlo.

Ceremonia Investidura de Lincoln, 4 de Marzo de 1861

El resultado fue visible ya en la misma ceremonia de Investidura, celebrada el 4 de Marzo, dos días después de que la secesión de Texas fuese confirmada por el referéndum que Sam Houston había exigido. Era entonces costumbre que el Presidente entrante, que llegaba cubierto, se quitara el sombrero ante el honor recibido, y permaneciese descubierto mientras pronunciaba el Discurso de Investidura. Pues bien, la condición de apestado político del desgraciado Lincoln llegaba ya a tal punto, que nadie de entre las filas de su propio Partido se ofreció a tenerle la chistera, (como era el procedimiento habitual), y a punto estuvo de haber tenido que pronunciar todo el discurso embarazado por ella.

En mudo reproche a los republicanos, fue su antiguo conocido y rival Stephen Arnold Douglas quien se levantó de las finas demócratas y recogió la chistera de Lincoln, sentándose de nuevo, con ella en la mano, en primera fila. Douglas conocía  a su enemigo favorito, y sabía que Lincoln tenía más riñones que toda aquella banda de engreídos, por lo que estaba muy interesado en verle actuar. Y desde luego el Presidente no le decepcionó, anunciando una Gobierno que era lo más próximo a un Comité de Salvación Pública que pudo pergueñar. Esta era su composición: 

PRESIDENTE                             Abraham Lincoln (Illinois)

VICEPRESIDENTE                      Hannibal Hamlin (Maine)

SECRETARIO DE ESTADO          William Henry Seward (New York)

SECRETARIO DE INTERIOR        Caleb Smith (Indiana)

SECRETARIO DEL TESORO         Salmon Portland Chase (Ohio)

SECRETARIO DE GUERRA           Simón Cameron (Pennsylvania)

SECRETARIO DE MARINA           Gideon Welles (Connecticut)

FISCAL GENERAL                       Edward Bates (Missouri)

DIRECTOR DE CORREOS            Montgomery Blair (Maryland)

Cameron y Welles eran cazadores de cargos impuestos por los capitalistas que habían financiado a Lincoln; aceptándolos sin rechistar, ofrecía solapadamente el mantenimiento de la alianza. Los famosos Seward y Chase suponían una mano abierta hacia las grandes tendencias del Partido, y Bates y Blair otra parecida a ciertos sectores extremos. Así Bates, de origen virginiano, representaba las opciones mas conservadoras, y Blair, experimentado funcionario y hermano del activista abolicionista de Missouri, Francis Preston Blair, hacía el papel opuesto.

Pero era el Gobierno más conveniente para la Nación, no para Lincoln que no teniendo en él ningún elemento que le fuera próximo, sólo recibió en principio algún apoyo del Vicepresidente Hamlin, inoperante en el sistema estadounidense, y luego de Gideon Welles. Este, con ser una ayuda impuesta, un empresario de escaso prestigio y un ignorante en temas navales, cuajó inesperadamente en un colaborador fiel y eficaz y un excelente Secretario de Marina. (Aunque un poco ridículo, porque usaba un bisoñé “no domesticado”, que tenía el vicio de inclinarse provocativamente sobre su cabeza en las posiciones más inesperadas y los momentos más inoportunos). 

En los primeros días, el más problemático miembro del Gobierno iba a ser Seward, un hombre delgado, saltarín y narigudo con algo pajaril en su persona que, quién sabe porqué, había creído que iba a ser él, y no un Lincoln de menor experiencia, quien detentara el poder real. Así, intentaba imponer aún por encima del Presidente sus propios planes, a menudo bastante insensatos y, en su entusiasmo y su febril actividad, era tan delicado de manejar como una bomba con la mecha encendida. (Su proyecto favorito era reunificar el país buscándole un peligroso enemigo exterior, y su principal duda era, si bastase con entrar en guerra con Francia y España a la vez o sería necesario añadir al “paquete” Inglaterra)

William H. Seward

El Discurso de Investidura de Lincoln el 4 de Marzo fue muy apaciguador, pues esperando una guerra larga y dura no quería que se le pudiera presentar como el hombre que la provocó. Ofreció incluso, si no las bicocas de Crittenden, Adams y Tyler, la vuelta al Status Quo anterior, manteniendo la Fugitive Slave Law sobre la interpretación de que las “personas” de que hablaba la Constitución incluían los esclavos. (Y sí el de Justicia Taney quedaba en mal lugar, el sucio viejo se lo había buscado). Más tarde, los abolicionistas le reprocharían mucho este ofrecimiento. Pero, como sin duda Lincoln ya sospechaba, no había peligro de que los confederados corrieran a aceptarlo.

En efecto, el mismo 4 de Marzo Jefferson Davis anunció por el contrario la creación de un Ejército Provisional de la Confederación, y a los pocos días hizo un llamamiento pidiendo para formarlo 100.000 voluntarios de los siete Estados sublevados, para servir por un periodo de un año, a lo que siguieron los primeros nombramientos de Brigadier General de este nuevo Ejército. Fueron los siguientes:

David E. TWIGGS                     (Ya expulsado del Ejército Federal)

Pierre G. T. BEAUREGARD        (Ex director de West Point)

Braxton BRAGG                        (El más directo camarada de Davis en Buena Vista)

Mansfield LOVELL                   (Hombre de Maryland y Mayor General de la milicia de Louisiana, que había hecho ocupar los fuertes Jackson y Saint Philip, en el delta del Mississippi)

Cada Estado tenía su propia Milicia, con varios Brigadieres y sólo un Mayor General. Este último era un cargo principalmente político y aunque algunos de estos Mayores Generales se tomaban en serio las obligaciones militares de su puesto, como Lowell en Louisiana, o Jefferson Davis cuando lo ejerció en Mississippi, otros no lo hacían en absoluto. Y ese era por ejemplo el caso de Howell Cobb Mayor General de Georgia.

En el acto, Pierre Beauregard fue enviado a Charleston, y Braxton Bragg a Pensacola, para hacerse cargo respectivamente de los asedios de Fort Sumter y Fort Pickens. Aún, de momento, sin acompañamiento de tropas, el envío de ambos generales perfilaba el deseo del Gobierno Confederado de ir tomando protagonismo, intentando demostrar su operatividad para contener las tendencias centrífugas propias de una Confederación compuesta por Estados Soberanos.

En Pensacola, Bragg encontró un desierto. Las fuerzas eran pequeñas y mal preparadas, los preparativos escasos, y ni siquiera pudo integrar en su fuerza a la Brigada de Arkansas, situada en el no tan lejano Mobile. El estatuto de esta fuerza, que ni pertenecía al Ejército Provisional ni a la milicia de ninguno de los siete estados sublevados, era un misterio, Así que se vio obligado a empezar por el principio.

En cambio, Beauregard, al llegar a Charleston con su Jefe de Estado Mayor, el Mayor David Rumph Jones, encontró un  ejército bastante adecuadamente organizado. Y es que Sumter no era Fort Pickens; estaba demasiado a la vista, en el centro de la Bahía de Charleston, la ciudad más activa de South Carolina, el Estado más simbólico para los secesionistas. Era a la vez un enclave estratégico, un símbolo y una posible arma política en manos de los siempre extremistas surcarolinos, que podían presionar sobre él  para enfurecer a los unionistas, si creían que alguien estaba intentando pactar con ellos, adoptando posturas “heréticamente” conciliadoras a espaldas de South Carolina.

BG Pierre G.T Beauregard, CSA

Así, Beauregard contó con los servicios del Coronel y ex-Senador James Chesnut, de quien hizo su segundo, de los Coroneles de los Regimientos 1º y 2º de la Palmetto Guard, Richard H. Anderson y Joseph Brevard Kershaw, y de otros futuros generales de la Confederación como William H. C. Whiting y Johnson Hagood. La Artillería estaba mandada por los Tenientes Coroneles Roswell S. Ripley y William G. De Saussure y el Capitán Stephen Dill Lee, pariente lejano de los Lee de Virginia al que ascendió a Mayor y convirtió en su edecán. Y el pequeño despliegue naval, bajo el Comandante Hartstein, (equivalente al Capitán de Fragata español), comprendía los vapores artillados “Gordon”, “Lady Davis” y “General Clinch”, de 518, 250 y 256 Tn respectivamente, y el último de ellos de ruedas, y el vaporcito “Catawba” y el velero “Governor Altken”, (secuestrado en Diciembre, y antes del Lighthouse Board), desarmados y empleados como buques bandera de tregua.

Las tropas de la “Palmetto Guard” lucían sus típicos uniformes de levita y pantalón azul oscuro, con quepis tipo “chasseur” y el palmito totémico repetido por doquiera en metal blanco. Y otras tropas imitaban este estilo, aunque el Regimiento de Cadetes Zuavos de Charleston prefería un uniforme gris, con chaqueta corta y quepis y muchos detalles en rojo, y los palmitos en latón amarillo. Pero aún buena parte de las milicias eran “minutemen” locales, que llevaban simplemente armas y correajes sobre su ropa de civil más sólida.

Y Beauregard, previendo el posible futuro, comenzó a trazar planes de fuego y a buscar nuevos emplazamientos de baterías para un eventual bombardeo del fuerte.

En Washington, el Presidente Lincoln no ignoraba tales preparativos, pero necesitaba unas semanas para que su Administración comenzara a moverse con fluidez, así como para dejar pasar un tiempo prudencial tras sus ofrecimientos del Discurso de Investidura. Para fin de Marzo, ese periodo ya había transcurrido, y el Presidente estaba seguro de que lo más conveniente era mantener a toda costa los fuertes, y no sólo por evitar al Gobierno Federal nuevos desprestigios.

En efecto, los fuertes representaban una zona de contacto y posible fricción con el Sur, y Lincoln estaba seguro de que, si la mantenía lo suficiente, los impacientes secesionistas cometerían en ella un grave error, dándole la palanca con que mover al Norte contra ellos. Por tanto preparó, con Gideon Welles y el General Scott, un plan para llevar alivio simultáneamente a Fort Sumter y Fort Pickens en la segunda semana de Abril; Pickens resultó la parte fácil del proyecto, pues allí un desembarco no suponía atravesar las defensas enemigas. Se decidió que la compañía de Israel Vodges fuese desembarcada allá bajo la protección de una fuerza naval reunida al efecto. La “Macedonian” ya no estaba, pero al “Brooklyn” se unirían los cañoneros “Wyandotte” y “Crusader”, y en buques de vela la gran fragata “Sabine”, el sloop “Saint Louis” y el buque de apoyo “Supply”. Que permanecerían un tiempo en aquellas aguas para disuadir al enemigo de una reacción rápida y violenta.

Fort Sumter era otra cuestión, pues para acceder a él había en cualquier caso que combatir a las baterías de los surcarolinos si éstos no daban su permiso, (que no darían), realizando una acción de aspecto más agresivo, y por tanto más peligrosa políticamente. Y el hecho es que su guarnición asediada estaba acabando sus últimos suministros, con lo que tendría que rendirse pronto si no recibía al menos éstos.

De manera que lo que Lincoln hizo fue escribir oficialmente al Gobernador Pickens, anunciando que iba a enviar suministros a Fort Sumter en un barco civil y desarmado, que no transportaría tropas, armas ni municiones, y que ofrecía que fuese revisado. Así, si los confederados le permitían seguir hasta Fort Sumter, la situación se prolongaba mucho más de lo que ellos habían esperado. Y si no se lo permitían habrían de capturarlo o hundirlo, convirtiéndose claramente en agresores. (Desde luego, ese buque sería seguido de una flotilla de buques de guerra y transportes de tropa, que se pondrían en acción en el acto si era agredido).

Se contrató al efecto por chart los servicios de dos grandes remolcadores, “Yankee” y “Uncle Ben”, que podían ser muy útiles para una acción dentro de una bahía, y de tres transportes de vapor. El primero, “Baltic”, era el que tenía asignada la delicada tarea de entrar en la bahía con los suministros, y sin armas ni tropas. Los otros dos, “Atlantic” e “Illinois”, transportarían un batallón mixto, de 800 hombres, bajo el mando del Coronel  Harvey Brown. Y para escoltarlos se utilizaría el pesado “Powhatan”, los sloops de hélice “Pawnee” y “Pocahontas”, y el recién recibido de la Revenue Marine de New York cutter de vapor “Harriet Lane”, de 600 Tn.

(El “Harriet Lane”, con base en New York City, era el único vapor de la Revenue Marine y el mayor de sus buques por un muy amplio margen y, pese a haber sido botado tan tarde como en 1857, había ya hecho funciones de cañonero en el incidente del Paraguay de 1858; con su propulsión por ruedas laterales era especialmente indicado para aguas poco profundas). 

Se designó para el mando de la expedición a un marino de confianza, el Capitán Gustavus Vaasa Fox. Pero la flota hubo de zarpar incompleta, pues el “Powhatan” había sido enviado por el entrometido Seward y sin pedir autorización o notificarlo a cualquier otro miembro del Gobierno, a reforzar Fort Pickens con una compañía mandada por el Capitán Montgomery Meigs. 

El resto de la fuerza se hizo a la mar, pero la mala suerte la perseguía y, ante las costas de North Carolina hubo de soportar una tormenta que retrasó mucho su avance y causó serios daños en el remolcador “Uncle Ben”. Este recaló para reparaciones en el puerto norcarolinos de Wilmington, y allí se convertiría en la primera pérdida naval unionista de la guerra, al ser secuestrado por orden del Gobernador Ellis, el fire-eater al frente de North Carolina. 

Mientras, la nota de Lincoln había llegado hasta el Gobierno confederado de Montgomery, obligándole a una decisión rápida, mientras se recibían en él varias peticiones de notables secesionistas sugiriendo que se hiciera “correr la sangre”, tanto para lograr la adhesión de nuevos Estados, como para acallar ciertas dudas sobre el movimiento secesionista que al parecer crecían en zonas ya secesionadas, como Alabama. 

Y casi por unanimidad se escogió bombardear Fort Sumter antes incluso de que el buque de provisiones lo alcanzara. La excepción era curiosamente el fire-eater Robert Toombs, que señalaba que tal decisión podía suponer la guerra. Siendo casi un puro separatista, ya había alcanzado sus objetivos básicos, y podía permitirse ser más realista. En cambio, para el resto del Gabinete, atraerse a Virginia y el evitar dar un paso atrás tras haberse involucrado en el bloqueo de Sumter, era tan importante que no pudieron o no quisieron ver el peligro de guerra. O al menos de una guerra a gran escala. 

“Sr. Presidente, la decisión actual se trata de un suicidio y un asesinato, además de que perderemos a todos nuestros colegas del Norte. Por capricho, van a golpear un nido de avispones que se extenderán desde los océanos hasta las montañas, y sus legionarios, actualmente tranquilos, van a invadirnos lentamente y matarnos a todos con sus picaduras. No es necesario poner la culpabilidad en nuestro bando y esto resultará siendo fatal”

Declaración de Toombs

 

Así que Beauregard recibió orden de tomar el fuerte a toda costa, mientras numerosos prohombres secesionistas acudían a Charleston para no perderse el momento histórico. Así los periodistas virginianos Roger Atkinsons Pryor y Edmund Ruffin, (el último de ellos casi de la generación de Calhoun, y en su día su publicista favorito) o el texano Louis T. Wighfall, que llegó a tiempo de aceptar una coronelía. 

Beauregard tenía ahora instaladas en la bahía 14 baterías con 42 piezas pesadas. Pero una emplazada en Castle Pinckney, (en el islote llamado Shuttes Folly, junto a la ciudad), estaba demasiado lejano, y seis “sand batteries” instaladas en las islas Sullivan y Morris, demasiado orientadas hacia mar abierto para ser empleadas contra Fort Sumter. 

Eso dejaba a Beauregard con cuatro “sand batteries”, dos en la Isla James, entre la Isla Morris y la confluencia de los ríos Cooper y Ashley donde se levantaba Charleston, (y una de ellas parcialmente acogida a las ruinas del antiguo Fort Johnson, situado allí), una junto a la localidad de Mount Pleasant, en la orilla septentrional, y otra en la Isla Sullivan, junto a Fort Moultrie, y además sus tres bazas claves en el plan de bombardeo. 

Estas eran la misma batería de Fort Moultrie, puesta de nuevo en acción, una batería flotante situada no lejos de la misma Isla Sullivan, y una potente batería blindada, con tres Columbian de 10 pulgadas, situada justamente en Cummings Point, el extremo de la Isla Morris y el trozo de tierra más próximo al fuerte Sumter.

Armado con tales argumentos, Beauregard envió el 11 de Abril un ultimátum al Mayor Anderson, y durante 24 horas, aunque sin resultado, el Coronel Chesnut y el Mayor Lee fueron y vinieron en las embarcaciones de tregua entre el mando de Beauregard y el fuerte. Pero aquel intercambio de notas de cortesía no produjo ningún efecto, y el bombardeo se hubo de emprender el día 12, a las 4:30 de la madrugada.

En teoría, el fuerte era capaz de presentar una considerable resistencia. Se había ponderado mucho sus posiciones de tiro cubiertas, y la solidez de sus bóvedas, (de ladrillo, pero de 4 y 5 metros de espesor). Y su artillería sumaba unos sesenta cañones, incluyendo algún Columbiad de 10 pulgadas. Sólo que el Mayor Robert Anderson sólo disponía de 110 hombres, que aún en condiciones ideales no hubiesen podido manejar más allá de una docena de piezas.

Y las condiciones distaban de ser ideales. Faltaban angarillas para el transporte de los proyectiles pesados, escaleras de mano para desplazamientos rápidos y otro material auxiliar. Y para colmo el fuerte, de planta de pentágono, había sido ideado para defender Charleston de un peligro que llegara de fuera de su bahía, no para defenderse a sí mismo de Charleston y su bahía. Así, toda su parte trasera, desde la que la fusilaban cuatro baterías, carecía de emplazamientos y aspilleras. Algo había hecho Anderson para tratar de subsanar esta deficiencia, haciendo subir con poleas algunos de los cañones más manejables a lo alto del fuerte. Pero como Beauregard logró crear una gran densidad de fuego secundario, que hacia llover continuamente metralla sobre estos emplazamientos al descubierto, tales cañones no fueron prácticamente usados.

Bombardeo de Fort Sumter

El primer disparo se hizo desde un mortero de 10 pulgadas de la batería de las ruinas de Fort Johnson, y aunque Edmund Ruffin aseguraría a menudo más tarde haberlo hecho él, (cosa que se creyó a pies juntillas por largo tiempo), lo hizo un anónimo “Teniente Henry Farley”, de la milicia surcarolina. (En realidad, Farley ofreció el honor de dispararlo no al “imaginativo” Ruffin, sino a su compañero Pryor, pero éste lo declinó a última hora, quizás algo agobiado por la responsabilidad).

La densidad de fuego resultó tan brutal que los defensores del fuerte, desconcertados y cegados, tardaron un buen rato en hacer el primer disparo de respuesta. Lo realizaría el Capitán Abner Doubleday, con un 32 Libras en casamata, contra la batería blindada enemiga de Cummings Point. Pero pronto quedó claro que las piezas del fuerte no lograban hacer mella en su grueso blindaje de madera reforzada con hierro.

Cap. Abner Doubleday, USA

Esta obra, llamada por los rebeldes “Iron Battery”, presentaba la forma de un tejado de dos aguas muy inclinado, en el que se abrían tres portas blindadas que sólo permanecían abiertas para que sus Columbiad hiciesen puntería. La batería flotante, al otro lado de la bahía, era una estructura muy similar, aunque con menos plancha de hierro de recubrimiento, y naturalmente situada sobre una gran balsa.

Los Columbiad de la “Iron Battery”, tirando de cerca, tenían unos efectos pavorosos sobre los muros de ladrillo, en los que iban marcando feroces dentelladas. En cambio los cañones de Fort Sumter, no pudiendo afectarla ni alcanzar a las baterías que lo fusilaban por su parte trasera ciega, acabaron debiendo limitarse a disparar sobre las sand batteries de la Isla James, bastante lejanas y no demasiado importantes en el bombardeo. Y el martilleo artillero continuaba casi sin pausas.

Pronto, los proyectiles rebeldes comenzaron a agrietar los depósitos de agua potable, a la vez que se iban declarando impresionantes incendios. Uno consumió el pabellón de los alojamientos, junto con las despensas y las pertenencias personales de los defensores. Otro que se inició más tarde, amenazó pronto los polvorines, obligando a la mayoría de los hombres a trabajar hora tras hora no solo para combatirlo, sino aún más para trasladar, municiones y pólvora a lugar seguro, o anegar ésta con bombas para evitar una explosión que daría al traste con todo.

Ya casi no quedaban brazos para los cañones, y el fuego de contrabatería se había reducido a un nivel ridículo. Pero el martilleo enemigo no cesaba, durando todo el día 12 y prolongándose durante la noche del 12 al 13, que los defensores pasaron combatiendo nuevos incendios y trasladando una vez más la pólvora. En la mañana del 13, cuando la flotilla del Capitán Fox llegó al fin a lo largo de la bahía, aún luchando con la tormenta que había causado la baja del “Uncle Ben”, el fuerte era ya una construcción en ruinas, coronada por una gran columna de humo y llamas y sobre la que seguían cayendo los proyectiles de los rebeldes.

Y lo peor era que Fox no pudo hacer nada pues, con aquella mar tan movida, sus buques corrían peligro de ser arrojados a la costa si se aproximaban a ella para emprender combate, y su puntería se vería enormemente afectada por el oleaje (y eso sin hablar de que, por la intromisión de Seward, le faltaba su buque más potente, el “Powhatan”).

En el fuerte incluso habían fallado algunos cañones (varios se salieron de sus rieles, y en uno el cañón saltó fuera de su cureña al ser disparado). Todo el mundo estaba agotado tras más de 24 horas de acción continua, y muchos hombres estaban fuera de combate por los gases sofocantes y el humo producido por los incendios. En conjunto, la situación se hacía rápidamente insostenible.

Aprovechando una reducción del volumen de fuego, a primera hora de la tarde del día 13, el texano Louis T. Wighfall se presentó a parlamentar en un bote, demostrando indudable valor al desafiar el fuego de los suyos, y una sincera preocupación por las vidas de los defensores. Fue gracias a ese interés como persuadió a Anderson, que tras recibir la promesa de que su fuerza recibiría las mismas honrosas condiciones que se le habían ofrecido antes del bombardeo, mandó izar bandera de tregua. En el acto cesó el cañoneo, que había durado casi 36 horas y arrojado sobre Fort Sumter 2.360 proyectiles sólidos y 908 granadas.

Fort Sumter, 1865

 

Todo el mundo quería participar en las negociaciones de rendición, y los buques banderas de tregua y botes iban y venían por la bahía, llevando a la fortificación militares y civiles secesionistas. Este extraño turismo tuvo hasta su componente cómico a cargo de Roger Atkinson Pryor  que, nervioso, bebió un vaso de algo que parecía agua y resultó no serlo y, so capa de un alegado envenenamiento, fue sometido por el Ayudante Cirujano Crawford a un terrorífico tratamiento de vomitivos, enemas y purgantes, que sospechamos innecesario y vengativo.

Milagrosamente, no había habido ningún muerto ni entre los sitiadores, ni entre los sitiados. Sólo había, entre éstos últimos, un buen número de pequeñas heridas y excoriaciones causadas por la metralla de ladrillo, quemaduras y semisofocaciones causadas por la lucha contra los incendios. Y eso es bien notable contando con que en ésta se habían realizado algunos actos bastante arriesgados, y que en dos momentos diferentes del bombardeo, dos temerarios habían salido al techo, bajo la lluvia de metralla. Uno fue el Sargento de Artillería John Carmody, que lo hizo para disparar algunos de los cañones situados en él, que estaban cargados. El otro nuestro ya conocido Peter Hart, que salió a clavar la bandera, caída al partir su mástil un proyectil, al muñón de mástil restante.

Sin embargo, el Hado había dispuesto que la jornada no se cerrara sin sangre, y después de la rendición, cuando la derrotada guarnición arriaba solemnemente aquella bandera entre salvas de saludo, uno de los cañones empleados explotó, matando instantáneamente a un artillero e hiriendo a otros tres, de los que uno moriría enseguida.

Y en la mañana del 14 de Abril, con la desgarrada bandera que tenían autorizado llevarse cuidadosamente plegada, y la banda tocando “Yankee Doodie”, los hombres de Robert Anderson dejaron definitivamente el fuerte, pasando al vapor “Catawba” y de éste al pequeño “Isabella”, en el que los secesionistas les autorizaron a unirse a la flotilla de Fox, que los esperaba frente a la bahía. (Allí parece que se les trasbordó definitivamente al “Baltic”, en el que se les trasladaría al Norte). 

La noticia del bombardeo había volado en alas del telégrafo, poniendo en vilo ambas partes de la nación. Para el 13, el asombro se iba transformando en regocijo en el Sur e ira en el Norte, y para cuando el 14 la rendición del fuerte fue confirmada, grandes manifestaciones recorrían las calles de muchas ciudades norteñas, pidiendo la guerra con la Confederación, y las milicias de muchos Estados del Norte comenzaron a concentrarse espontáneamente. 

Aquella misma tarde, Stephen Arnold Douglas corrió a la Casa Blanca a ofrecer su apoyo a Lincoln, y desde la mañana siguiente, comenzó a propagar la doctrina de que, fueran las que fuesen las diferencias entre demócratas y republicanos, el Gobierno debía ser considerado ante todo el de la Nación, y apoyado incondicionalmente ante un estado de guerra “de facto”. (Pronto se le uniría la voz del ex-Presidente John Tyler, y Lincoln iba a vivir cierta luna de miel, aun poco duradera, con el Partido Demócrata, que le facilitó mucho estos primeros meses). 

Ahora la Confederación, como se había acusado a Mexico de hacer en 1846, había “invadido territorio de los Estados Unidos y atacado a sus fuerzas armadas”. Abraham Lincoln tenía ya su palanca, y Fort Sumter sería el “casus belli” de la Guerra Civil. El 15 de Abril anunció que la flota bloquearía las costas rebeldes e hizo el primer llamamiento de tropas. 

Previendo una guerra larga y dura, y no queriendo sin embargo ser tachado de belicista, fue un llamamiento modesto: mientras Jefferson Davis había pedido el mes anterior 100.000 hombres durante un año a siete Estados, él dirigiéndose a 27, pidió sólo 75.000 hombres durante tres meses, que era el tiempo clásico de servicio de las milicias. 

Entretanto y según el plan original, la flotilla federal de Pensacola había desembarcado en la noche del 12 al 13 de Abril en Santa Rosa Island los 90 hombres de Israel Vodges, reforzados por escuadras de marines de los buques hasta sumar cerca de 150, relevando a Slemmer y sus fatigados seguidores. Pero ahora, con una guerra ya inmediatamente en puertas, incluso 150 hombres resultaba poco, y con Welles y Scott, Lincoln decidió emplear allí la fuerza del Coronel Brown, cuyo destino original en Fort Sumter se había evaporado. 

Así, los transportes “Atlantic” e “Illinois” siguieron viaje hacia el Sur, reuniéndose con el “Powhatan”, al fin “encontrado” a su paso por Key West, y los cañoneros “Mohawk” y “Water Witch”. En Key West, esta fuerza se vio incrementada por la ya empleada en Pensacola, (“Brooklyn”, “Sabine”, “Saint Louis”, “Crusader”, “Wyandotte” y el buque de apoyo “Supply”) y reemprendieron la singladura hacia Pensacola, donde desde luego nadie iba a intentar detener un desembarco en Santa Rosa apoyado por una fuerza tan seria. Esta operación se realizó el 20 de Abril y, aunque Brown había dejado parte de su tropa, y de la aportada por el Capitán Meigs, como refuerzo de las guarniciones de Fort Taylor y Fort Jefferson, aún sirvió para elevar el número de defensores de Fort Pickens bien por encima de los 800 hombres, diez veces más de los que había tenido Slemmer. Pero para cuando se produjo este refuerzo, la caja de los truenos se había puesto en marcha y los acontecimientos se precipitaban. 

El primer indicio claro fueron las respuestas que Lincoln recibió a su petición de voluntarios por parte de los gobernadores de los siete Estados de legislación esclavista que aún no se habían decantado por la Unión o la Confederación, (Letcher de Virginia, Magoffin de Kentucky, Harris de Tennessee, Rector de Arkansas, Ellis de North Carolina, Jackson de Missouri, e incluso Hicks de Maryland, que había hecho innumerables promesas de fidelidad a la Unión, pero era un hombre de edad y poco decidido, definitivamente asustado de sus fire-eaters). 

Fueron siete “no” en diversos tonos. Así, Hicks se mostraba dolido, Magoffin cortante, Letcher y Ellis establecían tajante, (y mendazmente), la inconstitucionalidad de la petición, y los otros alcanzaban altas cotas de fantasía: Harris acusaba al Gobierno de tratar a los rebeldes “como a esclavos”. Rector aseguraba que las tropas de Arkansas lucharían en todo caso a favor de la Confederación, y Jackson se perdía en adjetivos, acabando por calificar la petición de “diabólica”. 

Tras tal introducción, el día 17 iban a desatarse los demonios, de manera que puede decirse que, si Fort Sumter fue la primera batalla de la guerra, y el discurso de Lincoln del 15 de Abril, en cierto modo el cartel de desafío de las hostilidades, iba ser el 17, y a partir de cual, cuando el conflicto comenzó a definirse como tal, a la vez que se comenzaba a desencadenar una segunda y definitiva ronda de secesiones. 

 

 

 

 

 

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