Capítulo II: Hacia El Desastre

             Todos los esfuerzos de la Administración Pierce por buscar un Estado esclavista que equilibrara la composición del Senado, fueron inútiles, teniendo a menudo resultados desastrosos. El que los tuvo menos negativos fue el proyecto de revitalizar el Sendero de la Mariposa, para lo que se intentaba crear un ferrocarril de costa a costa que viniera a coincidir con su trazado. Como terreno apropiado, se adquirió de México la región entonces llamada Mesilla o Arizona, (lo que es hoy el sur de los Estados de Arizona y Nuevo México), y justo en la frontera de California, al sur del Desierto de Mohave, se levantó Fort Yuma.

Pero el proyectado ferrocarril suponía inversiones para la época desaforadas, y en un trazado que aún no tenía demasiada demanda. Así que no se logró interesar a la inversión privada, y el proyecto quedó congelado. Se realizaría bastantes años después de la guerra, y ni siquiera iba a ser el primer ferrocarril de costa a costa. Un resultado decididamente positivo, aunque no buscado, fue que al otro lado de la frontera arruinó definitivamente la carrera política del General Antonio López de Santa Ana Espadón de la oligarquía mexicana que había dominado, (para mal), el escenario político azteca por más de veinte años. En su enésimo mandato presidencial, Santa Ana fue barrido por la indignación pública causada por la facilidad con que había cedido la Mesilla al odiado “gringo”.

Los intentos de obtener Cuba o preparar algún pequeño país centroamericano, para presentarlos como candidatos a Estados esclavistas de la Unión, acabaron a menudo en forma trágica. En principio se realizaban mediante expediciones “filibusteras” que empleaban grupos de medio a un centenar o más de mercenarios, a menudo encuadrados por oficiales del Ejército. Eran financiadas por organizaciones esclavistas, y bajo cuerda el propio Gobierno.

Pero pese a la decadencia española, su Ejército funcionaba, y con excesiva frecuencia logró cazar, acorralar, capturar y fusilar contra un muro a los “filibusteros” que desembarcaban en Cuba. En Centroamérica, con sus países minúsculos y a menudo bastante anárquicos, los “filibusteros” lograron a veces éxitos iniciales, pero los naturales acababan por unirse contra ellos, y su fin solía ser semejante. (Así fue fusilado en Nicaragua, en 1859, el más famoso de todos, William Walker). Y es que toda la América Hispana sabía la forma en que la mayoría de los hispanos, aún los propietarios, habían sido despojados en Florida, Texas y los territorios últimamente arrebatados a México, con lo que los “gringos” eran universalmente considerados en ella gente de poco fiar.

Como Cuba, aún esclavista, era la presa ideal y era claro que las expediciones filibusteras no iban a lograrla, en 1854 se intentó obtenerla directamente, amenazando a España con la guerra sí no la entregaba, mediante el llamado Manifiesto de Ostende. Sólo que Francia e Inglaterra, irritadas por el voraz apetito del joven imperialismo estadounidense, aún hambriento pese a que acababa de zamparse medio Mexico, se declararon dispuestas a apoyar a España en la guerra. Y la Administración Pierce se vio en la triste necesidad de tragarse su propio ultimátum, redactado por cierto en el tono más desafiante.

Pero esta gaffe, con ser grave, tuvo consecuencias ligeras comparadas con las de la siguiente. Era eso que, antes del fin del mismo año, se presentó en las Cámaras la Kansas-Nebraska Act, que separaba los Territorios de Kansas y Nebraska, declaraba al primero ya apto para su admisión como Estado, y ordenaba la celebración de un referéndum para decidir su legislación libre o esclavista. Maniobra atrevida, pues con casi toda Kansas situada al Norte de los 36 grados 30 minutos, contravenía directamente el Compromiso de Missouri.

Pero para su aprobación los sureños contaron con la ayuda del Senador de Illinois Stephen Arnold Douglas, a alguna de cuyas propiedades en Kansas convenía su aceptación como Estado. Alegre, cínico y táctico brillante en las Cámaras, el propio Douglas se encargó de presentar la Act ante ellas, desconcertando a la posible oposición al ampararla en la doctrina de la Soberanía Popular del difunto Henry Clay. Y con los apoyos previamente concertados, la hizo aprobar con una habilidad que dejó deslumbrada a la clase política, aunque irritara a los norteños más levantiscos.

Pero eso sólo era el comienzo, porque muchos dudaban que Kansas y Nebraska, juntas, sumaran la población necesaria para formar un Estado. Y con Nebraska escamoteada, (quizá porque se temía que su voto fuera abolicionista), se sospechó que los esclavistas contaban con la complicidad del Gobierno para inventarse unos miles de votos favorables, y/o utilizar fraudulentamente  falsos colonos para falsear el referéndum.

El Free Soil y las organizaciones abolicionistas se lanzaron de inmediato a reclutar miles de colonos para enviarlos a Kansas, y a la vez se registró la llegada desde el Sur de los que la Prensa norteña llamó “rufianes fronterizos”. De hecho y aunque había entre ellos una proporción de pistoleros, cazadores de esclavos y matones, al comienzo la mayoría sólo eran campesinos sureños pobres, contratados para fingirse colonos hasta el referéndum (al contrario que los abolicionistas, que llegaban para quedarse, pocos de ellos llevaban consigo sus familias).

Los sureños, seguros de su impunidad, complicaron la situación desenmascarándose con enormes chapucerías, (hubo votación, con 831 electores legales, en que se contabilizó más de 6.000 votos). El Gobernador A. H. Reeder, que no las admitía, hubo de ser sustituido por la Administración Pierce por el notorio pro-esclavista Wilson Shannon, de Illinois. Y en tanto, el flujo masivo de colonos abolicionistas desde el Norte amenazaba con sumergir los planes sureños.

Los esclavistas reaccionaron con presiones ilegales a cargo de sus “rufianes”, y la intromisión de numerosas fuerzas de milicia. Estas detenían a los colonos abolicionistas en controles irregulares, sometiéndolos a amenazas, violencias y abusos, llegando a veces a destruir sus bienes o robar sus ahorros. La mayoría de tales milicias venían del sur del vecino Missouri, pero no faltó un regimiento, bien equipado, proveniente de Georgia y South Carolina y mandado por el Coronel de Kentucky Abraham Buford, lo que elevaba la ilegalidad de su presencia a cotas surrealistas. Pero la marea de colonos abolicionistas seguía subiendo.

Una primera Constitución de Kansas, esclavista, hubo de ser rechazada en 1854 por las  irregularidades, también bastante surrealistas, que presentaba su redacción y propuesta. Una segunda, abolicionista, se rechazo en 1855, aunque contaba con bastante apoyo popular, por defectos aún mayores de redacción y presentación. Y para 1856 los esclavistas, desesperados por la notoria superioridad en población que sus rivales estaban alcanzando, pasaron a intentar expulsar a colonos ya establecidos.

Su primer movimiento en ese sentido se produjo cuando una gran fuerza de sus paramilitares ocupó la pequeña ciudad abolicionista de Lawrence, sometiéndola a 24 horas de terror. Aún era una medida de presión calibrada, y al fin no murió nadie, pero la Prensa, en su sensacionalismo, dio a entender lo contrario. Y a poco un abolicionista y ex-freesoiler algo desequilibrado, John Brown se presentó con varios seguidores en el villorrio esclavista de Pottawatamie y asesinó a cinco vecinos.

Aquello desencadenó el Infierno, porque los sureños empezaron a su vez a matar, y estalló una auténtica guerra civil en miniatura, con sucesos como la “Matanza de Marais des Cygnes”,  donde una decena de abolicionistas, fueron sacados de sus casas y fusilados en una acequia y pequeñas batallas como las de Franklin, Fort Saunders y Hickory Point.

El inicio de las luchas en lo que iba a llamarse “Bleeding Kansas” o “Kansas Sangrante”, casi coincidió con la campaña electoral de 1856, en la que se vería aparecer grandes novedades políticas. El Partido Whig, reducido a su ala derecha y sus facciones sureñas, se unieron a elementos aislacionistas para presentar la plataforma electoral llamada Partido Americano, que por uno de sus lemas fue pronto conocido como “Know-Nothing” o “No-Sé-Nada”. Aún con el ex-Presidente Fillmore como candidato, sólo obtendría una tercera plaza en las elecciones.

Su ala izquierda se unió al Free Soil, abandonado por sus más sanguinarios extremistas, que habían pasado a la lucha armada en Kansas, y al grueso de los colonos de la Costa Oeste, formando el nuevo Partido Republicano. Les perjudicó su relativa inexperiencia, y el haber cedido a la petición de los electores de California y Oregón dando la candidatura a John Charles Fremont, soldado, explorador y político que era adorado en aquellas tierras, pero producía cierto rechazo en el populoso Este. De todas formas, los republicanos estuvieron cerca de la victoria, convirtiéndose de golpe en la segunda fuerza política de la Unión.

Tan cerca estuvieron que en algunos momentos pareció que vencían, y el fire-eater Gobernador de Virginia, Henry Alexander Wise, amenazó con ocupar Washington con sus milicias virginianas para impedir la investidura, si Fremont recibía la Presidencia. Pero finalmente ganó las elecciones el Partido Demócrata, pese a no pasar su mejor momento.

En efecto, el grueso de los demócratas norteños, e incluso muchos del Sur, estaban enojados por la sangrienta chapuza de Kansas y otros abusos y el dominio del grupo fire-eater sobre el Partido se había tambaleado. Al fin, prometiendo enmendarse, los fire-eaters lograron imponer un candidato, sí bien no tan claramente afín a ellos como Pierce. Era James Buchanan, diplomático solterón y el único soltero que ha alcanzado aún la Casa Blanca, (en la que, durante su mandato, ejerció de anfitriona su sobrina Harriet Lane). Aunque comprometido en el asunto del Manifiesto de Ostende, fue aceptado por estar limpio respecto al escándalo de Kansas. Y como hemos visto ganó las elecciones, aunque con problemas causados por las reticencias que muchos demócratas aún mantenían.

James Buchanan

James Buchanan era por supuesto otro “Cara-de-Masa”, y si su Gobierno tenía un aire un poco menos monocolor que el de Pierce, estaba igualmente dominado por los fire-eaters, mientras que hombres del Sur presidían diez de las doce Comisiones del Senado. (Jefferson Davis  estaba al frente de la de Defensa). Sólo que los fire-eaters se daban cuenta de que estaban viviendo su última oportunidad.

En efecto, por naturaleza y por ideología eran incapaces de mantener sus promesas de moderación, y sabían que, para la próxima campaña electoral, su dominio sobre el Partido Demócrata iba a serles arrebatado. Y, mientras, el sucio asunto de Kansas se estaba convirtiendo en una bandera para el Norte, haciéndolo más difícil de manejar. Además, entre las últimas olas de emigrantes había muchos que se posicionaban contra los sureños de inmediato, ex-revolucionarios del 48 que los identificaban con sus antiguos enemigos en Europa. (Ya se había detectado la presencia de ex-oficiales del Ejército revolucionario alemán de 1848 como consejeros e instructores de las milicias abolicionistas de Kansas).

Pero, sobre todo, el asunto de Kansas se les estaba yendo de las manos y además, otros dos Estados libres, Oregón y Minnesota, iban a estar dispuestos para su ingreso en la Unión, antes de que acabara la legislatura, con lo que las diferencias en el Senado iban a continuar ampliándose.

Por otra parte, algo radicalmente nuevo estaba ocurriendo en la economía mundial. Su origen estaba en la excesiva confianza que se había puesto en la capacidad de multiplicador del ferrocarril en los procesos de desarrollo. (En realidad impuesta por los bancos, que estaban interesados en promocionar un sistema que requiriera inversiones tan masivas que solo se pudiesen canalizar a través de ellos).

Así había comenzando a producirse fenómenos de sobreinversión en ferrocarriles, con la financiación de tramos de cada vez más lejana y dudosa rentabilidad. La tendencia se coronó cuando varios grandes grupos bancarios internacionales impulsaron sendos planes de industrialización para el Imperio Ruso, España e Italia, tratando de lograr el despliegue industrial inicial directamente a través de la creación de amplios trazados ferroviarios. Y pronto se vería que tal cosa era una locura, pues ni el incipiente tejido industrial, ni el resto de su actividad económica, tradicional, podrían generar durante bastantes años aún en esos países la demanda suficiente ni para el mantenimiento, no digamos para la rentabilización, de infraestructuras tan ambiciosas.

Hacia 1855 los consorcios bancarios (que incluían la entonces casi omnipotente Banque Peréire francesa, varias ramas de la Rotschild y, en conjunto, muchos gigantes de la Banca mundial), se dieron cuenta de que aquel agujero negro iba a devorar el grueso de sus beneficios durante una buena cantidad de años, y contrajeron violentamente su crédito para evitar riesgos adicionales. Y como eran tan poderosos, esta contracción del crédito se trasmitió como las ondas de una piedra arrojada al agua, iniciando la primera crisis económica del mundo industrial.

Apenas hubo quiebras entre los grandes bancos, pero muchos bancos menores, sobre todo si llevaban una política de inversiones agresiva, quedaron arruinados por el súbito encarecimiento del dinero. Y a las quiebras de Bancos seguían las de empresas que trabajaban con ellos, o con el dinero más caro no podían afrontar a las obligaciones que habían contraído. La crisis no alcanzó proporciones desastrosas sino en los países más profundamente implicados, (Rusia, Italia y España). Pero muchos pequeños bancos y empresas quebraron, muchas gentes vieron convertirse en humo sus ahorros, y el mundo quedó aterrado y confuso al comprobar que la nueva sociedad industrial también ocultaba sus peligros.

Esto convenía a los planes de los extremistas sureños de los Estados Unidos a dos niveles. En primer lugar, ponía en duda la excelencia, que muchos habían considerado garantizada, del camino industrial que estaba siguiendo el Norte. En segundo y más importante, con el encarecimiento del dinero, la inversión en industria pesada y siderometalúrgica, de moda durante casi veinte años, se había hecho mucho más hazarosa, y volvía a la actualidad, a escala mundial, la industria ligera y el textil de donde un nuevo tirón de la demanda mundial de algodón produjo, por segunda vez en el decenio, una segunda remontada de sus precios internacionales, que para regocijo del Sur se iban a doblar entre 1850 y 1860.

Así pues, los fire-eaters del Gabinete Buchanan se encontraban que, si bien no parecía fácil que pudiesen seguir dominando a la Unión, el momento internacional podía ser especialmente favorable para, como ya en 1812 dijo Calhoun, romperla. Y se plantearon una estrategia de enfrentamiento continuo, a todo o nada. Si lograban, por bravuconería y cansancio, que la Unión cediera, eso podía salvar su dominio del Partido Demócrata y del Sur. Si los norteños se encrespaban, ellos podían con ayuda de su Prensa convertir su furia en un ataque a todo el Sur, y así ganar más influencia en éste y aumentar la tensión. Con suerte, si como era de temer el Norte no comenzaba a ceder, para fines de 1860 ellos podían tener al Sur maduro para la Secesión.

Parece que tenían contactos con la judicatura, donde el Chief Justice Roger Brooke Taney, que presidía el Tribunal Supremo, había tenido la amabilidad de retrasar la publicación de una sentencia que podía perjudicarles en las elecciones. Y ésta sentencia, que salió a poco de conocerse los resultados electorales y desde luego antes de que Buchanan tomara posesión de su cargo, era la apertura perfecta para la estrategia que los fire-eaters habían diseñado.

Roger Brooke Taney

Como un presidente del Tribunal Supremo es casi un intocable, la mayoría de la historiografía norteamericana trata de subrayar que la mala fe de Taney no está documentada, y lo trata como a un hombre equivocado. Pero es seguro que él mismo, en su carrera de juez, había hecho ahorcar a muchos hombres con pruebas circunstanciales menos firmes que las que existen contra él, de forma que no es demasiado atrevido considerarle un traidor especialmente repugnante.

La sentencia era la del “Caso Dred Scott”. Era ese Scott un hombre de color, ya no joven, que había vivido algunos años junto a su dueño en territorios de legislación libre, y pedía el reconocimiento del hecho de haber quedado convertido en hombre libre. Era una petición bien fundada, y un tribunal de Saint Louis, (en el esclavista Missouri), le declaró en efecto libre. Pero sus antiguos propietarios apelaron, alegando falta de jurisdicción del tribunal que había sentenciado y, de Sala en Sala, el asunto había terminado ante el Supremo.

Dred Scott

Y he aquí que Taney, con el voto a favor de la mayoría del Supremo, por supuesto comprada, en vez de pronunciarse sobre la jurisdicción declaraba toda la causa inexistente porque, “al no tener los esclavos de color personalidad jurídica, no podían acudir a los tribunales”. Pero el Tribunal de Saint Louis había fallado que Scott era un hombre libre antes de acudir a él. Y peor, si los esclavos de color no tenían personalidad jurídica no podían ser las “personas” de las que hablaba el Artículo IV, Sección II, Párrafo 3 de la Constitución, luego la defensa de la Fugitive Slave Law había sido un error o una burla. Y desde luego una burla de Taney, que no había emitido entonces su opinión.

Los razonamientos que explicaban la sentencia eran algo aún peor, una pura sarta de mentiras demostradas, que además coincidía con la propaganda extremista más desaforada y barata de los fire-eaters. Tenían el descaro de asegurar que en paridad todos los negros, aun los libres, eran esclavos por naturaleza, y los fundadores de la Unión siempre lo habían visto así. (Sí, claro: por eso siete Estados de trece y el 55% de la población fundadora blanca habían escogido legislaciones antiesclavistas). Y una corrupción tan descarada sublevó al Norte.

Muchos Estados reforzaron sus leyes contra la posesión de esclavos, incluyendo en ellas multas para el poseedor que le privasen de sus esclavos.

Eso se debía a que, aunque según sus leyes los esclavos que entraran en sus territorios se convertían en hombres libres, sólo sus dueños o un tribunal podían declararlos como tales. Y ni los primeros querrían, ni según la sentencia del Supremo el segundo podría hacerlo. La multa hacía pasar la propiedad de los esclavos a un dueño, (el Estado libre), que sí atestiguaría su nueva condición.

Naturalmente, la Prensa fire-eater sacó buen partido de esto, acusando a los Estados norteños de soslayar la sentencia, y los norteños se enfurecieron aún más, creándose un espeso caldo de discordia, que era lo que los fire-eaters pretendían. Contradiciendo su propia sentencia, pero echando más leña al fuego, Taney y su Tribunal Supremo se dedicaron a aplicar la Fugitive Slave Law con un vigor desaforado, pretendiendo incluso que fueran castigados por “ayudar en la fuga de esclavos”, los vecinos de los presuntos esclavos fugados, por no haber espiado y denunciado a sus vecinos como tales. Por supuesto, los Estados libres se negaban a hacerlo, de donde nuevas acusaciones mutuas y más inquina.

Mientras, las previsiones negativas sobre el futuro de la esclavitud en la Unión se iban cumpliendo en otro  aspecto. Así, en 1858 fue admitido en ella el Estado de Minnesota, y en 1859 el de Oregón, ambos con legislación antiesclavista. En Kansas los fire-eaters, para probar su “buena voluntad”, habían tenido que cambiar al partidista Gobernador Shannon por John White Geary, de Pennsylvania. Y éste, con denodados esfuerzos y haciendo empleo de tropas federales, fue interponiéndose entre los contendientes y haciendo disminuir la violencia.

Para cuando lo logró, era obvio que la proporción de abolicionistas a esclavistas era, en Kansas, aplastantemente favorable a los primeros. E incluso en los combates que se habían librado se podía observar algo que debiera haber hecho meditar a los sureños, aunque obviamente no fue así. Y eso era que la milicia abolicionista había luchado bien.

En efecto los colonos abolicionistas, a quienes sus rivales solían considerar una pandilla de timoratos amanegros y predicadores tontos, habían logrado crear una milicia no muy grande, pero muy bien instruida y armada. Lo primero era responsabilidad de Franz Sigel, ex-Ministro de Guerra del Gobierno revolucionario alemán de 1848, que había creado en Saint Louis, (Missouri), una escuela militar privada que estaba resultando un West Point abolicionista. Lo segundo, debía  atribuirse a que  hacían todo el uso posible de los nuevos “Sharps” de retrocarga.

El “Sharps”, diseñado por Christian Sharps, (que había sido expulsado de la “Sharps Rifle” por sus socios), era una formidable arma, que igualaba en potencia a los legendarios “Mataosos Hawken”, disparando diez veces más rápido. Los cazadores del Lejano Oeste, típicos usuarios de los “Hawken”, se habían enamorado de él. Y los guías de caravanas mantenían que eran las primeras armas que nulificaban el truco indio de colgarse al costado del caballo, usando el cuerpo de éste como barrera ante el fuego. ¡El “Sharps” era capaz de atravesar al caballo y derribar al jinete a la vez! Pese a lo cual, el Ejército y la Marina Federales sólo habían hecho pedidos pequeños, de evaluación, de tan notable arma.

Carabina “Sharps”. Calibre .50

Un pedido mayor llegó del Imperio Británico, que los adquirió para equipar a fuerzas montadas empleadas en sofocar el gran motín hindú llamado “de los Cipayos”. Y los abolicionistas de Kansas los adquirían en grandes cantidades, y usaban muy juiciosamente. (Fue así como, en un combate reñido en la pradera abierta, nuestro ya conocido John Brown derrotó con sólo 28 hombres a una fuerza que le doblaba en número). Se decía que a veces habían burlado la vigilancia del Gobernador Geary llegando en cajas etiquetadas como “Biblias”, y como Lyman Ward Beecher, hermano de Harriet Beecher Stowe, era uno de los predicadores que más se habían distinguido animando a los abolicionistas en la cuestión de Kansas, adquirieron el curioso apodo de “Biblias de Beecher”.

Hacia 1859, Geary había logrado que Kansas alcanzara cierto grado de pacificación, y el Gabinete Buchanan realizó sus últimos intentos de conseguir una Kansas esclavista. Geary fue sustituido por R. J. Walker, de Mississippi, personalmente honesto pero más afín al esclavismo, y se trató de que el Territorio aceptara la llamada Constitución de Lecompton. Esta era una tercera propuesta de Constitución, esclavista, presentada a fines de 1857 con graves defectos de forma, aunque no fueran tan llamativos como los de las dos propuestas anteriores.

Presentada al referéndum que la Kansas-Nebraska Act exigía, fue rechazada. Pero, sin inmutarse por ello, el Gabinete Buchanan la presentó e hizo aprobar como “Constitución de Kansas” en el Senado y el Congreso de los Estados Unidos, reenviándola después a Kansas para su confirmación. Quizá se esperaba que Walker la impusiera en alguna forma ilegal, pero el Gobernador, que como hemos dicho era honesto, se limitó a someterla a un nuevo referéndum. Y, al ser de nuevo rechazada por amplio margen, quedó claro que Kansas no sería otra cosa que un Estado libre.

También en otros aspectos se cumplían los peores presagios sobre el futuro de los fire-eaters. Porque, por mucho que hubiesen logrado incrementar el antagonismo Norte-Sur en el ámbito de la calle, los cuadros del Partido Demócrata veían muy bien su juego, y era obvio que los demócratas norteños no aceptarían otro candidato “Cara-de-Masa”. De hecho, se estaba abriendo paso por el Partido una fuerte corriente decidida a llevar a las elecciones de 1860 un equipo de moderados del Norte y el Sur, proponiendo como Presidente a Stephen Arnold Douglas.

Stephen Arnold Douglas

Douglas era un descendiente de una buena familia venida a menos, que había logrado dejarle como legado una buena educación y ciertas relaciones sociales. Y había aprovechado la primera y las segundas, entrando en política y convirtiéndose en Senador antes de los 35 años. Casado por dos veces, (enviudó una), con mujeres crecientemente ricas, había multiplicado con extraordinaria habilidad y no demasiados escrúpulos las fortunas obtenidas a través de tales matrimonios, deviniendo casi obscenamente rico. A la vez, la indudable habilidad desplegada en la presentación de la Kansas-Nebraska Act y otros episodios habían hecho de él un fenómeno político de primera magnitud, y un héroe para muchos jóvenes norteños de clase acomodada.

Por otra parte, no era el tipo del triunfador ensoberbecido. Bajo, regordete y hablador, ni ocultaba ni parecía orgulloso de sus trapicheos de negocios, desplegaba simpatía e irradiaba un simpático cinismo, amén de una enorme cultura, (al contrario de muchos políticos, los éxitos no le habían hecho dar la espalda al conocimiento), y era el político norteamericano recibido con más frecuencia y agrado en las Cortes europeas. A los fire-eaters les había salido un difícil rival.

Y justo entonces, a mediados de 1859 y cuando se presentaba casi rutinariamente a renovar su escaño de Senador por Illinois, Douglas experimentó algo parecido a un traspié. Todo se inició cuando, como el Partido Republicano no encontraba hombres dispuestos a disputarle el escaño, (y sufrir un previsible revolcón), accedió permitir que se le enfrentara un político local, algo pasado de moda y casi desconocido fuera de Illinois: su nombre era Abraham Lincoln.

Abraham Lincoln

Lincoln desafió a Douglas a culminar la campaña con una serie de debates públicos entre los dos, y Douglas aceptó, lo que no era ya normal. Los debates se realizaron durante el verano, y para sorpresa de la nación, fueron de una altura inesperada y reñidísimos, hasta el punto que, aunque Douglas obtuvo al fin el escaño en disputa, la impresión general fue que eso fue más que nada un tributo a su leyenda, y que Lincoln había estado perfectamente a su altura. Y el desafío resultó lo suficientemente apasionante para ser seguido por la gran Prensa del Este, catapultando a Lincoln a las posiciones superiores de su partido.

Abraham Lincoln, que aquel mismo año cumplió 50, era un huesudo gigante con cara de asceta, cuyas ropas siempre parecían colgar de él como de una percha. Nacido en Kentucky de familia muy humilde, había emigrado con ella, aún niño, a Indiana primero y a Illinois después. Llegada su edad adulta trabajó en múltiples oficios (talando árboles, llevando balsas Mississippi abajo hasta New Orleans y hasta como cartero), mientras se educaba de forma autodidacta, para pasar luego a la política y el foro, Inicialmente whig, había llegado incluso a ganar como tal un escaño en el Congreso en 1846.

Pero se le pidió que lo cediese a un político más conocido dentro del Partido, que había perdido el suyo, a media legislatura. Y entre esa desilusión, y la constatación de que el permanecer en Washington le estaba costando un dinero del que aún apenas disponía, abandonó la política en 1848 para dedicarse de pleno a la abogacía. Y aunque, ya en mejor posición económica, volviera a ella al formarse el Partido Republicano a causa del Escándalo de Kansas, nada especial se había visto aún en él hasta los debates con Douglas.

Estos tenían su pequeña historia propia, porque lo cierto es que Lincoln y Douglas eran viejos conocidos. Ambos habían dado sus primeros pasos en la política local de Illinois muchos años atrás, cuando ésta era un círculo muy angosto, discutiendo en las Cámaras estatales y en privado, y comiendo innumerables veces a la misma mesa. Incluso habían hecho la corte a la misma chica, la señorita Mary Todd de Lexington, (Kentucky), que pudiera haber llegado a ser la primera señora Douglas si no hubiese preferido al zanquilargo Lincoln.

Era por eso que Douglas conocía muy bien a Lincoln, y le consideraba, pese a su aún escaso prestigio, quizá el más duro y peligroso polemista con que podía contar el Partido Republicano. Y por eso que aceptó someterse a los debates con él, cosa sorprendente en un político consagrado, que podía haber evitado dar esa oportunidad a un rival oscuro. Pero consideraba que la diferencia de prestigio entre él y Lincoln le aseguraba en todo caso el escaño, (como en efecto ocurrió). Y de otra parte, aquel cuerpo-a-cuerpo con un rival tan duro le serviría de “ensayo general” para las próximas elecciones, con Lincoln señalándole todos sus puntos flacos.

Con lo que no había contado, (ni nadie en el Norte), era con que el enfrentamiento lo pudiera debilitar frente a los sureños. Eso fue que Lincoln logró hacerle exponer sus puntos de vista sobre el escenario político que, con bastante lógica, veía como un forcejeo sin moral entre fuerzas tácticas. Y si esta respuesta bastaba al racionalista Norte, el que describiera al Sur y la esclavitud en términos de fuerzas y relaciones de poder levantó ampollas bajo la línea “Mason-Dixon”.

Y es que los sureños llevaban años imponiendo su conveniencia con gran uso de la mentira y la extorsión y, para rehuir la consecuente imagen negativa de sí mismos, habían cruzado el punto de no retorno, comenzando asentirse sujetos de una suerte de derecho divino. Así que el que Douglas los viese como un simple grupo de presión les pareció no solo insultante, sino francamente blasfemo.

Sin que apenas se diera cuenta la mitad Norte del país, la Prensa sureña, mayoritariamente fire-eater, aprovechó la atmósfera de agravio que se había creado para lanzar una gran campaña de desprestigio contra él en el Sur. De seguro solo era, inicialmente, una estrategia para dificultar la maniobra política que los rivales de los fire-eaters en el Partido Demócrata estaban montando con Douglas como pivote. Pero otro suceso que se produjo a poco iba a cambiar sustancialmente su sentido.

Eso era que, entretanto, los abolicionistas más sanguinarios, faltos de “ocupación” al haberse pacificado Kansas, se habían reunido en Canadá para crear una sociedad cuyo semideclarado fin era procurar la sublevación de los esclavos de color. Y, como agente suyo, el “gatillero” y un tanto perturbado John Brown había regresado a Estados Unidos bajo nombre falso, alquilando una granja en Maryland. Desde ella, en la noche del 16 al 17 de Octubre de 1859 y seguido por 21 hombres que incluían a dos de sus hijos y cinco esclavos escapados de Mississippi, cruzó a la orilla virginiana del Potomac para apoderarse del villorrio y el Arsenal de Harper’s Ferry, el más antiguo y uno de los mayores del Ejército.

John Brown

Su plan era lanzar una proclama llamando a los esclavos virginianos a la sublevación, y armar a los cientos o miles que acudieran con el equipo militar del Arsenal, iniciando así una cruzada contra los plantadores, el Ejército Federal y cualquiera que se le enfrentara. Para la mañana del 17, que era domingo, había logrado hacerse con el control del pueblo y el Arsenal, (cuya guarnición era poco mayor que su fuerza, fue totalmente tomada por sorpresa, y estaba mucho peor armada que los suyos, que portaban cuatro excelentes carabinas “Sharps” cada uno). Y había  también asaltado una plantación, liberando sus esclavos y lanzado al viento su proclama.

Pero ni un solo esclavo de color se les unió y, mientras las milicias virginianas del Valle del Shenandoah y zonas limítrofes se concentraban contra ellos, el Gobierno en Washington buscó la forma de reducirlos él solo, pues se encontraban en suelo federal, (el Arsenal). Al fin se logró unir destacamentos de Infantería de Marina de servicio en Fort Washington, (en la orilla de Maryland de la ría o firth del Potomac, aguas abajo de la capital), y la base naval de Anacostia, (en el propio Distrito Federal), formando una compañía. Y para mandarla se recurrió a tres soldados del Ejército de Tierra, más o menos casualmente a mano. Se trató del Capitán de Artillería Edward Otho Cresap Ord, el Teniente de Caballería James Ewell Brown Stuart y el “aristocrático” Coronel del 2º de Caballería, Robert Edward Lee. (Todos ellos alcanzarían importantes mandos en la Guerra Civil que se avecinaba).

Asalto final en Harper’s Ferry

Brown, que ya había sufrido bajas, (morirían en la acción diez de los suyos, incluidos sus dos hijos), hubo al fin de refugiarse en un almacén del Arsenal, que fue finalmente tomado por una violenta carga de los Marines, en capotes azules y viejas gorras “de plato”.

Capturado con otros seis de sus hombres, John Brown fue de inmediato arrebatado por el Gobernador fire-eater de Virginia, Henry A. Wise, que lo juzgó a uña de caballo, aunque con gran espectacularidad, ahorcándole junto a los otros seis el 1 de Diciembre. Toda la Prensa sureña, y en especial la fire-eater, trató entretanto de presentarlo como un ejemplo clásico del Norte, enviado desde él por poderosas organizaciones a las que los norteños no deseaban desenmascarar.

La verdad es que se trataba de un representante de una facción “ultra” de un grupo extremista ilegal, que venía del Canadá, y que hasta su mismo fin, nueve de diez norteños lo consideraban un loco peligroso. Sólo que, precisamente en los días de su procesamiento y muerte, su sincero fanatismo le permitió conservar un valor y una dignidad que contrastaban favorablemente con el circo de tres pistas en que Wise, (que, por cierto, no tenía jurisdicción sobre lo sucedido en el Arsenal, y además había amenazado con ejecutar los mismos delitos de que acusaba a Brown tres años atrás), convirtió su juicio. Y así fue entonces cuando muchos norteños comenzaron a admirarle, y se fraguó su leyenda.

Todo esto no importaba demasiado al Gobernador Wise y los suyos, que lo que estaban procurando por todos los medios era subrayar que Brown había intentado iniciar un motín servil, lo que era la pesadilla del Sur desde casi sus orígenes. Y el asunto de John Brown creó tan gigantesco revuelo, y llevó a tal paroxismo la enemistad Norte-Sur al nivel de la calle, que aparentemente comenzaron ya a funcionar los primeros planes secesionistas a medio plazo.

Los primeros indicios de que esto ocurrió así son dos. En primer lugar que, justamente en Diciembre de 1859 John Buchanan Floyd, Secretario de Defensa y luego un firme sostén de las tramas secesionistas, ordenó trasladar a arsenales en el Deep South 100.000 mosquetes de excedente del Ejército. A esto se ha alegado que eran armas muy viejas, resto de una partida destinada a liquidación hacía casi treinta años. Pero ese mismo hecho hace menos “normal” su traslado, y en todo caso los mosquetes eran armas sólidas y duraderas. ¡En algunas zonas alejadas del Imperio Británico aún estaba siendo retirado el llamado “Brown Bess”, cuyo diseño original venía de la década de 1720!

Pero el indicio más claro era que la campaña de Prensa contra Stephen Arnold Douglas, a la que los extraordinarios sucesos del Harper’s Ferry debían de haber restado todo interés y actualidad, lejos de apagarse cobraba nuevos bríos. Y de ello es obvio que la Prensa fire-eater comenzaba a pensar ya en términos de que el paroxismo de la furia Norte-Sur podía impedir el éxito de la candidatura de Douglas en el Partido Demócrata. Lo que supondría la división de los demócratas y daría casi automáticamente la victoria al Partido Republicano creando en el Sur el tipo de alarma social que podía hacer viable la Secesión.

Es posible que, al comienzo, esta idea aún no fuese clara ni estuviera totalmente aceptada. Pero obviamente, un pequeño núcleo de conspiración se fue creando en torno a ella durante los primeros meses de 1860, y sin que el grueso del Partido Demócrata sospechara aún la traición que se iba forjando en su seno.

Mientras, aquel mismo paroxismo de enemistad entre norteños y sureños estaba dando en el Norte nuevas fuerzas al Partido Republicano, el cual se iba a ver mucho más asistido por el dinero que en 1856. Esto se debía, de un lado, a que al contrario que los whigs y otros partidos de implantación principalmente norteña anteriores, los republicanos habían buscado desde el principio el patronazgo de la nueva burguesía industrial, y no del gran capital comercial costero, cuyos intereses estaban más entretejidos con los del Sur. Y de otro a que varias peticiones de aranceles proteccionistas para la industria, generadas por la crisis económica en curso desde 1855, habían sido denegadas por el Gobierno dominado por el Sur, enfureciendo a los industriales.

De  todas formas, éstos tenían claro que no deseaban provocar demasiado a los sureños, y les interesaba promocionar un candidato que les pudiese resultar al menos admisible. Eso descartaba a John C. Fremont que, aparte de poco popular en el Este, y ya derrotado en 1856, había tenido serios choques con el Sur ya desde la Guerra de Mexico. Y lo propio ocurría con los dos posibles candidatos más populares entre las bases republicanas, William Henry Seward y Salmon Portland Chase.

Seward, ex-whig y ex-Gobernador de New York, era el ídolo de las bases de la Costa Este. Chase, Gobernador de Ohio y conocido abolicionista, tenía un buen apoyo popular en el Valle del Ohio y gozaba de fama de entendido en asuntos económicos, por sus aparentemente adecuadas medidas en Ohio durante la reciente crisis bancaria, disfrutando del apoyo del grueso de la pequeña Banca.

Pero ambos, y en especial Chase, se habían mostrado durante las últimas polémicas  excesivamente violentos con el Sur, y más bien abolicionistas, por lo que la Industria vacilaba en permitirles alcanzar la candidatura. Finalmente, los industriales decidieron probar como resultaba el “nuevo valor” surgido en el Oeste en los últimos meses, Abraham Lincoln que, pese a su peculiar aspecto, tenía varios puntos a su favor.

En efecto Lincoln, aunque tenía ideas claras sobre la Esclavitud, (“Si la Esclavitud no es injusta, nada es injusto”, había asertado), no parecía tan obseso por la condición del esclavo y los problemas morales que ésta acarreaba, como tantos de sus compañeros de Partido. Su obsesión era más bien la desunión que, la Esclavitud existente, había introducido en la Nación, y los vicios que así se oreaban en el funcionamiento de las instituciones. Sobre este asunto habían versado parte de sus debates con Douglas, y sobre él versaba su más famoso discurso contra la Esclavitud, ya conocido como el de “La Casa Dividida”, (de una cita bíblica). Y este diferente nivel de su punto de vista daba siempre a sus argumentos un tono menos personalizado, que a ojos de los industriales le hacía más admisible como candidato.

Además, para qué negarlo, otro dato a su favor era que estaba casado con Mary Todd, una “southern belle” emparentada con la mitad de la oligarquía esclavista de Kentucky. El mismo Vicepresidente de Buchanan, John Cabell Breckenridge, (quizá el único miembro sureño del Gobierno que no formaba parte de la red secesionista), era primo segundo suyo.

De manera que, el 27 de Febrero de 1860, Lincoln acudió a hablar en la Cooper Unión de New York City, uno de los “santo santorum” del dinero industrial en el Este. Y aunque su aspecto tosco y su traje eternamente colgante destacaran en un ambiente tan refinado, su discurso fue perfecto para la ocasión. Nada de ataques al Sur, sino la constatación de que la Nación tenía necesidad de actuar en forma más orgánica y solo el Norte, que había descuidado últimamente su poderío político pero doblaba al Sur en población y lo triplicaba en recursos, podía empuñar el timón con mano firme. Y, preguntado sobre John Brown, logró hábilmente admirar sus intenciones abominando a la vez sus acciones.

En aquella jornada, la Industria se decidió por Lincoln, y la posición de éste en el Partido Republicano superó claramente a la de Chase, mientras todo el Valle del Ohio se iba pasando a sus filas. Pero aún tenía un gran escollo en Seward, y su gran “agarre” sobre los votos populares de los Estados de la Costa Este.

Se acercaban ya las elecciones, y los “Know Knothing”, bajo el nuevo nombre de “Partido de la Constitución”, presentaron una candidatura que, so capa de su pretendido respeto por la Constitución, la interpretaba  según las más descaradas tergiversaciones sureñas. En realidad aquel Partido había participado en las elecciones de 1856 bajo la dirección de sus secciones del Norte, y estado a punto de desaparecer ante sus pobres resultados. Su actual resurrección se debía más bien al empuje de las secciones sureñas del antiguo Partido Whig, localizadas sobre todo en los Estados esclavistas situados más al Norte. Los hombres de estas secciones, que veían el Sur desde dentro, comenzaban a “oler el guiso” de lo que se avecinaba, y el “Partido de la Constitución”, impulsado por ellos, fue un intento más bien patético de evitar el desastre. Tomarían de candidato a la Presidencia a John Bell, gran plantador y propietario de esclavos de Tennessee, de ideas moderadas, y recibirían muy pocos votos en el Norte y el Deep South, pero iban a tener un apoyo inesperadamente masivo en los Estados de la zona intermedia.

En cuanto al Partido Republicano, los industriales forzaron la mano en favor de Lincoln, logrando que la Convención Republicana se celebrara en Chicago, en “su” Illinois y en una ciudad de la que había ayudado a construir, con sus manos, las primeras casas. Naturalmente fue nombrado candidato republicano, aunque no sin que las masas del Este se enfurruñaran, al comprender que su favorito, Seward, había sido zancadilleado. Esto le enajenaría algunos votos en el Este, e incluso se llegó a proponer a Seward crear su propia candidatura, de espaldas a la Convención. Por fortuna, tuvo la prudencia de no dar tal paso.

Pero la convención más decisiva fue la del Partido Demócrata en Charleston. Allí, mientras el grueso del Partido llegaba con la elección de Stephen Douglas prácticamente decidida, los extremistas sureños habían ampliado la base de su acuerdo, ganado alianzas y estudiado su estrategia de cara a un objetivo totalmente distinto: “Escindir el Partido”.

Como no todas las complicidades que iban a emplear merecían aún confianza de cara a un objetivo tan ambicioso como la Secesión, se disfrazaba la maniobra como un desafío a la facción norteña del Partido. Y como, aunque había resultado útil como foco para la captación de adeptos, el puro rechazo de Douglas les daba una base de ruptura demasiado angosta, (¿qué ocurriría sí el Partido se limitaba a traspasar el acuerdo Norte-Sur a otro hombre, al que no habría tiempo material para diabolizar?). Y se utilizó una provocación mucho más amplia. Simplemente, al inaugurarse la Convención, los representantes de siete Estados esclavistas, (Alabama, Arkansas, Florida, Louisiana, Mississippi, South Carolina y Texas)  exigieron que su primer acto fuese una declaración de objetivos que incluía las más rapaces reivindicaciones de los fire-eaters. Y como, según se había  supuesto, su exigencia fue denegada, la abandonaron.

Así el Partido Demócrata quedó escindido y, mientras su Convención “regular” tomaba como candidato a Stephen A. Douglas, otra formada por los disidentes creó una segunda candidatura encabezada por John Cabell Breckenridge. Su selección fue una astuta maniobra para enmascarar las intenciones de los secesionistas, pues procedía de Kentucky, Estado no asociado a la ruptura de Charleston, y además, ignorante de que se le estaba utilizando, su buena fe daba credibilidad a aquella farsa.

Y la campaña por Breckinridge permitió a los extremistas reunir a sus incondicionales y reclutar partidarios, mientras su propaganda bombardeaba al Sur con consignas de odio, y advertía de que si llegaba a la Presidencia un “negro republicano” el Sur se vería posiblemente obligado a la Secesión. Esta vieja fórmula resultó excelente para seleccionar reclutas, pues atraía como un faro a las cabezas más calientes, y a la vez no servía de aviso a moderados y norteños, que la habían oído traer y llevar demasiadas veces sin que se concretara en hechos.

John C. Breckenridge

Todo ello permitía que las tramas secesionistas no fueran aún numerosas. Incluían miembros del Gobierno, (el ya citado Floyd, el Secretario del Tesoro Howell Cobb y el del Interior Jacob Thompson), casi todos los Gobernadores de Estados esclavistas, buen número de senadores y congresistas sureños, (incluyendo varios Presidentes de Comisión), y una cifra considerable de legisladores y altos mandos de milicia estatales, periodistas, publicistas y algún banquero.

La campaña electoral transcurrió en un ambiente frenético, y más aún en Deep South, donde a menudo la calle estaba tomada por elementos particularmente extremistas de las milicias. Ni que decir tiene que, (ilegalmente), no sólo no se permitió en aquellas tierras un solo mitin republicano, sino que no llegó a ellas no ya propaganda de aquel Partido, sino ni siquiera una declaración de sus motivos e intenciones. La única visión que tuvo por tanto el votante del Sur Profundo de los republicanos fueron las zafias tergiversaciones de la Prensa fire-eater, que aprovechaba el aire desaliñado de Lincoln para presentarle como una especie de nuevo John Brown, malamente disfrazado con un traje que le venía demasiado grande y una chistera.

Las elecciones se celebraron el 6 de Noviembre, dando la esperada victoria republicana. En votos populares, Bell obtuvo el 12,5%, Breckinridge el 18%, Stephen Douglas el 29% y Lincoln el 40% final. En electores, o votos electorales, Douglas, desfavorecido por la gran dispersión de su voto, solo obtendría 12, Bell 39, Breckinridge (que recogía los de los electores de South Carolina, donde como se recordará no había voto popular) 72, y Lincoln los 180 restantes, que le daban una cómoda mayoría absoluta. Así, el 7 de Noviembre de 1860, fue proclamado decimosexto Presidente de los Estados Unidos de América.

Sólo que podía encontrarse fácilmente sin Estados Unidos que presidir, ya que su proclamación era el pistoletazo de salida de la carrera hacia la Secesión. Tras organizarse al socaire de la campaña por Breckinridge, al que no parece que esperaran o deseasen ver en la Casa Blanca, los secesionistas debían ahora moverse rápido, aprovechando los cuatro meses largos que el Gobierno Buchanan, débil e infiltrado por los  suyos, permanecería aún en el poder hasta la Investidura de Lincoln.

El secesionismo era en realidad aún minoritario en el mismo Sur. De hecho Breckinridge, el candidato apoyado por los fire-eaters, había recibido poco más de la tercera parte de los votos sureños, (el resto eran votos del Norte, donde las secciones demócratas más conservadoras habían hecho una fuerte campaña por él). Y ni siquiera podía deducirse que todo su voto sureño fuera secesionista, (¡el mismo Breckenridge no lo era!), con lo que es posible que el apoyo de base de los secesionistas llegara malamente al 20% de la población del Sur.

Sí era más importante su implantación en el ámbito de clases altas, y gozaban de mucho patronazgo por parte de los plantadores aunque tampoco de todos (En realidad muchos de los plantadores más importantes, sobre todo en Virginia y los Estados intermedios, no eran secesionistas). Y aún había más secesionismo en las clases medias-altas directamente al servicio de los plantadores. Los periodistas y publicistas que pulían su imagen ante el público, los políticos que les representaban, los banqueros que administraban sus finanzas y, desde luego, el mundo del comercio que vivía directamente de la prosperidad de las plantaciones. Si se piensa, tiene su lógica, pues eran estos hombres los que a menudo, por delegación, ejercían aquel arbitraje sobre la Unión de que había hablado Calhoun en 1812 y, en consecuencia, los más dispuestos a disolverla, si seguimos el razonamiento del Padre del movimiento fire-eater.

El plan de estos secesionistas era agitar las aguas con la elección de un Presidente republicano, al que acusaban de “seccional”, (como si los “Cara-de-Masa” no lo hubiesen sido), y lograr la firma de Actas de Secesión por  el mayor número posible de legislativos estatales, de manera que formasen un núcleo capaz de atraer nuevos Estados a la Secesión. Y una vez que los Estados estuvieran oficialmente en rebelión, contaban con el patriotismo estatalista, muy fuerte en toda la Unión, pero que ellos llevaban muchos años cultivando con esmero en el Sur, para que resistiesen ferozmente todo intento de integrarlos de nuevo.

Y como el paso más difícil era el primero, la proclamación de Lincoln hizo poner en marcha una inmensa  fanfarria antinorteña, con campañas de ataques directos al Presidente, y un continuo bombardeo de entusiasmo, marcialidad, (que procuraban fuerzas de milicias movilizadas, escogidas entre las más “ultras”), y contínuas críticas despectivas y descalificatorias para cualquier cosa que procediera del Norte.

Mientras, y en una maniobra atribuible al mismo Secretario del Tesoro, Howell Cobb, de Georgia, los Bancos sureños suspendieron pagos respecto a sus deudas con el Norte y reclamaron a los norteños el envío, en oro, de los créditos pendientes con ellos. Pese a lo insólito de ésta política, el apoyo que le daba el Tesoro, (o sea Howell Cobb, que también ayudaba a conseguir el oro necesario), hizo que fuese en general aceptada.

Y en pocas semanas los sureños acumularon gran cantidad de oro, mientras el Norte se encontraba en posesión de unos 100.000.000$ de impagados. Así se lograba recursos para la rebelión, y a la vez se intentaba debilitar al Norte, agravando la crisis bancaria en curso.

Y, bajo esas maniobras, se había iniciado de inmediato en los legislativos estatales del Sur una campaña frenética por lograr una mayoría dispuesta a votar un Acta de Secesión. Esta se iba apalabrando voto a voto, mediante la persuasión, el halago, el soborno o incluso la amenaza. (La milicia antinorteña que ocupaba las calles no estaba tan solo para puramente excitar al público).

El Norte, que apenas veía sino los aspectos más externos de toda esta agitación, la interpretó errónea aunque lógicamente como muestra del recurso al pataleo de un Sur que se había visto despojado del poder, tras ejercerlo de tacto durante diez años. Pero los más avisados o más directamente afectados, banqueros, hombres de negocios, militares, etc. comenzaron a comprender que existía un peligro más profundo desde las primeras semanas tras las elecciones. Y tal peligro comenzaría materializarse desde los primeros días de Diciembre de aquel mismo 1860.

Pero el cómo cristalizó la Secesión ya debe ser objeto de un nuevo capítulo.

 

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