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Capítulo I: El Lejano Origen

Todo el mundo hoy en día, e incluso los mismos estadounidenses, fecha el nacimiento de los Estados Unidos de América con la Declaración de Independencia de 1776. Craso error, pues los partidarios de crear una nación eran entonces aún minoritarios, y lo que existía eran trece Estados que se habían declarado independientes, tanto de Inglaterra como entre sí. Y si habían creado las instituciones del Ejército Continental y el Congreso Continental para coordinar su defensa ante la malhumorada reacción británica, lo habían hecho a título provisional. Pero la guerra con los ingleses demostró su utilidad y, para su final, la opinión en favor de crear una construcción supraestatal era ya mayoritaria. Lo que sin embargo no bastaba para allanar las dificultades, pues los recién independizados Estados, y sus intereses, eran muy divergentes.

Así, en su extremo Norte, los cinco estados de New England o Nueva Inglaterra, (New Hampshire, Rhode Island, Massachusetts, Connecticut y New Jersey), vivían vueltos hacia el mar, siendo sus principales actividades la navegación, la pesca, el comercio y alguna industria. Y en cambio en el extremo meridional Georgia y South Carolina, germen del futuro Deep South o Sur Profundo, basaban su economía en el cultivo de plantación.

Entre estos dos extremos se encontraban otros seis estados, tres de ellos muy importantes. El más norteño de los últimos era New York, dotado de un interior extensísimo, pero no muy rico, y cuyas principales actividades semejaban las de New England, salvando la pequeña importancia de la pesca, (su litoral naval era angosto), y con el interesante añadido de las finanzas, pues como antigua colonia holandesa mantenía contactos con la importante plaza financiera de Amsterdam.

El segundo Estado importante, más al Sur, era Pennsylvania, casi sin salida al mar pero de interior extenso, y que poseía industria, comercio, minería y una agricultura progresiva, estando además interesada en la colonización. Y el tercero era Virginia, el más extenso y poblado, con una economía ecléctica y dotada de la mayor experiencia política, militar, administrativa y colonizadora.

Había sido Nueva Inglaterra la que llevara la parte conspiradora de la rebelión, pero después Virginia había hecho el grueso de la aportación en hombres, medios y cuadros al Ejército Continental, y de diplomáticos al Congreso Continental. Su prestigio era por ello enorme y, de hecho, de los tres Estados restantes, Delaware y Maryland entre Pennsylvania y ella, y North Carolina entre ella y South Carolina, los dos últimos estaban muy sometidos a su influencia, e incluso Delaware la experimentaba, aunque parcialmente contrarrestada por la de Pennsylvania.

Ante tanta diversidad, y habiendo desaparecido la amenaza inglesa, todas las tendencias centrífugas reafloraban, y la construcción de la Nación americana no resultó fácil. Se empezó por poner por escrito un acuerdo mínimo, el llamado “proyecto de Confederación de los Estados” y luego se redactó una Constitución de los Estados Unidos de América, que cada Estado debía ratificar antes de ingresar en la Unión. Y desde los primeros momentos, una de las mayores fuentes de polémica la constituyó la institución de la Esclavitud.

La mayoría de las grandes naciones de la antigüedad habían considerado a la Esclavitud imprescindible en un mundo escaso de energía. Pero precisamente la civilización europea occidental, que tenía sus raíces en una edad media de población escasa y dispersa, había iniciado pronto (al menos desde la invención medieval del molino de viento), el camino de sustituir brazos humanos por artilugios. Y, precisamente, esa tendencia alcanzaba su clímax a fines del Siglo XVIII con el inicio de la Era de la Máquina.

Por eso los progresistas de aquellos días, (y la rebelión americana había sido, desde luego, un “trabajo” de progresistas), tenía prácticamente como una señal de identificación el propugnar la abolición del sistema esclavista. En la época colonial tan sólo la siempre inquieta Rhode Island y la cuáquera Pennsylvania poseían reglamentaciones que prohibiesen la esclavitud, pero para cuando la cuestión se planteó también el resto de Nueva Inglaterra, y New York, la habían proscrito.

En sentido contrario, desde cien años atrás había ido haciéndose cada vez más claro que las plantaciones podían dar buenos beneficios empleando trabajo esclavo máxime si los esclavos eran de una etnia peculiar, que facilitase su identificación y abaratara su vigilancia. (Y, en una demostración muy clásica de como suelen actuar la ciencia y la religión cuando hay olor a dinero en el aire, eso había provocado una ola de brillantes doctrinas científicas y teológicas, que tendían a demostrar que el negro africano tenía un umbral de dolor más bajo que el europeo, pertenecía a otra subespecie, y desde luego carecía de alma).

Pero los cultivos de plantación por entonces más productivos, (azúcar, café y cacao), apenas se daban en las antiguas colonias, cuyas plantaciones eran ante todo de algodón, tabaco y algo de arroz. Y eso dio oportunidad a que, en los Estados de la zona intermedia, las ideas hicieran frente a las nociones de puro beneficio. Nadie pretendía una abolición repentina, que hubiera arruinado a muchos grandes propietarios y provocado un caos social, pero grandes personajes del nuevo régimen que eran a la vez importantes propietarios de esclavos, (como George Washington, ex-Comandante Supremo del Ejército Continental y luego primer Presidente, o Thomas Jefferson, que dirigió la redacción de la Constitución y fue luego tercer Presidente), eran partidarios de la abolición gradual.

Pero en Georgia y South Carolina no había muchos progresistas, (su aportación a la rebelión fue por cierto escasa), y todo su entramado económico dependía de la plantación, aunque no fuera muy rica. Por ello sus exigencias para aceptar la Constitución fueron muy claras. Primero, y aunque algunas de sus declaraciones iniciales pareciesen exigirlo, aquella no podía contener la condena explícita de la esclavitud. Segundo, para asegurar que ésta no quedara proscrita por puro funcionamiento de mayorías al día siguiente del ingreso de ambos estados en la Unión, las Cámaras Federales habían de tener obligatoriamente el mismo número de representantes de estados esclavistas y libres.

Ante estas exigencias, Virginia abandonó la disputa sobre la esclavitud y la aceptó en sus leyes, seguida por Delaware, Maryland y North Carolina, quedando configurada una futura Unión de siete estados “libres” y seis “esclavistas”. Pero aún así subsistían problemas.

En el Congreso, la representación iba a ser por población, teniendo los estados esclavistas algo más de la mitad de la población de los trece estados si se contabilizaba a los esclavos, y algo menos de la mitad si sólo se contaba la población libre. Ahí se alcanzó el acuerdo haciendo que, a efectos de representatividad, un esclavo “pesara” 3/5 de un hombre libre. Eso suponía que el voto sureño tuviese algo más de peso que el del Norte, (pues los esclavos no votaban), pero se consideró compensado haciendo que las aportaciones a la Hacienda Federal, que era también por población, siguiesen la misma regla. (Ya que con aquéllas plantaciones poco prósperas, un esclavo era de seguro menos productivo que 3/5 de un hombre libre, eso suponía verter alguna carga fiscal adicional sobre los libres de los estados esclavistas).

El Senado era un problema espinoso, porque en él la representación era de dos senadores por Estado, y los estados libres iban a ser en breve ocho. (Green Mountain o Vermont, territorio de colonización al Nordeste de New York, quería independizarse de éste desde antes de 1776, y se convertiría en el octavo). Al fin se acordó que Tennessee y Kentacky, territorios colonizados por Virginia hacia el Oeste, serían admitidos cuanto antes como Estados esclavistas, (aunque aún no hubiese plantaciones en ellos).

Y, con la adhesión de los Estados, es como nació Estados Unidos de América, dotándose para su administración central del llamado Distrito Federal de Colombia, que se situó en antiguas tierras de Maryland pero junto al río Potomac, Desde la otra orilla, virginiana, lo dominaban las colinas de la gran finca de Arlington, solar de los Washington, que pronto dejaron su apellido como nombre a la capital federal.

Se ratificó los acuerdos sobre la esclavitud fijando su límite en la “Línea Mason-Dixon”, que deja al Norte Pennsylvania y al Sur, y de Este a Oeste, Delaware, Maryland y Virginia. Se aceptó después como Estados a Vermont en 1793, Kentucky en 1792 y Tennessee en 1796, y la línea se prolongó siguiendo el curso del río Ohio hasta su desembocadura en el Mississippi, y su otra orilla era por entonces territorio francés.

Línea Mason-Dixon

El Siglo XIX se inició con la admisión del Estado libre de Ohio en 1802, y enseguida con la compra a Napoleón de los territorios franceses, en cuyo extremo meridional se creó en 1812 el Estado esclavista de Louisiana. Comenzaban a chirriar sin embargo algunos engranajes de la joven nación. Así, la falta de coordinación y chapucería con que se hizo una segunda guerra a los ingleses, en 1812-15, indicó un insuficiente desarrollo de la autoridad central. Y, además, los estados esclavistas comenzaban a adquirir unos extraños aires agresivos.

Si anteriormente habían aguardado con paciencia a que la paridad en el Senado se restableciese, tras las admisiones de Vermont y Ohio, ahora, a la admisión del Estado libre de Indiana en 1816, replicaron en el acto con la del esclavista Mississippi en 1817, y a la de Illinois en 1818 con la de Alabama en 1819. Y el problema se agrió cuando, al recibirse al Estado libre de Maine en 1820, anunciaron la candidatura de Missouri como Estado esclavista.

Cierto que Missouri había recibido hasta entonces más colonos del Sur esclavista que del Norte, pero medio Missouri estaba al Norte de la latitud de la línea Mason-Dixon, y más de tres cuartas partes al Norte de la desembocadura del Ohio. Además la ciudad de Saint Louis era la base de los cazadores y tramperos de la Gran Pradera, el Plateau, las Rocosas y el Noroeste. Y, teniendo los sureños ya una base para la colonización del Sudoeste en Natchez, (Mississippi), se temía que trataran de arrogarse algún tipo de monopolio sobre el país al Oeste del Mississippi. Así que la lucha en las Cámaras fue dura, más aún puesto que el Norte, cuya población estaba aumentando más aprisa que la de sus rivales, tenía ya más representantes en el Congreso. Las actitudes se endurecieron, y los sureños llegaron cerca de la ruptura, hablando por primera vez de Secesión. Fue al fin Henry Clay, luego apodado “El Gran Compromisario”, el que logró un acuerdo final sobre la base del que se llamaría “Compromiso de Missouri”.

Este consistía en permitir al Sur sus pretensiones sobre Missouri, a cambio de que se comprometiera a no crear ningún Estado esclavista más, en los antiguos territorios franceses, al Norte de los 36 grados 30 minutos. Missouri se convirtió así en el vigesimocuarto Estado de la Unión en 1821, pero en esa Unión había ya una fisura.

La causa del endurecimiento de la postura sureña, en los últimos años, había que buscarla en Europa. Allá Inglaterra, cuya actividad manufacturera venía creciendo de antiguo, estaba deviniendo el primer Estado Industrial moderno. Esa Revolución Industrial se apoyaba, a través del invento del telar mecánico, en el textil. Y otro invento, la desmotadora de algodón, puso su acento en este último producto.

Hacia 1810, el abaratamiento de estas manufacturas las puso al fin al alcance de la propia clase trabajadora, y se produjo el salto cualitativo que consagró la definitiva “puesta en órbita” de la Inglaterra industrial. Y todo ello supuso un fuerte tirón de la demanda mundial de algodón, con la consiguiente subida de sus precios internacionales.

De golpe, las lánguidas plantaciones sureñas devinieron la gallina de los huevos de oro, y se extendieron por doquiera que la esclavitud estuviese permitida. Las exportaciones norteamericanas de algodón pasaron de 178.000 balas anuales en 1810 a 3.850.000 en 1860 y, mientras la población de la Unión se cuadruplicaba en el mismo periodo, (lo que no es ya poca hazaña), su población esclava se multiplicó por ocho. (Y ello pese a que Inglaterra había prohibido la trata, y la temida Royal Navy adoptaba medidas militares cada vez más duras ante los negreros).

Bajo un creciente chorro de dinero, el Sur floreció de mansiones señoriales, donde los plantadores llevaban una vida de lujo y prestigio, rodeados de refinamientos importados de Europa. Ahora, la regla de los 3/5 favorecía al Sur: de un lado, cuanto mayor fuese la proporción de esclavos mayor era la diferencia de “peso” entre sus votos y los de los ciudadanos de los Estados libres, y de otro los esclavos de las plantaciones, que cotizaban en la fiscalía federal 3/5 de un ciudadano blanco, resultaban más productivos que la mayoría de ellos. Se comprende que los sureños reaccionasen ante cualquier amenaza aun remota a un estado de cosas para ellos tan envidiable.

Sobre todo en el Deep South, las endebles clases medias sureñas se pusieron incondicionalmente al servicio de los plantadores, aumentando mucho la proporción de profesionales que dependían más o menos directamente de ellos. En cuanto al pequeño campesino, en principio ajeno a este carrusel, la lógica de la situación tendía a empobrecerle hasta que, idealmente, vendiera su tierra a las plantaciones y se fuera al Oeste a colonizar formando nuevos Estados esclavistas.  Mas la presión era suave, y no llegó a brotar un antagonismo entre él y el plantador. Antes bien y sobre todo en el Deep South, muchos de ellos parecían bobalicónamente complacidos con las nuevas glorias de sus Estados, y aun con lo que en lengua castiza llamaríamos “el rumbo y el tronío” de las enriquecidas clases altas.

El poder de los plantadores era pues inmenso, y muchos de ellos habían comprendido que, formando grupos de presión política bien integrados, podían convertirse en árbitros de la política nacional. Los más extremistas no consideraban esto una circunstancia afortunada, sino que invocando un presunto carácter aristocrático de su forma de vida, lo convertían en una prerrogativa irrenunciable. John Caldwell Calhoun, hacendado y político surcarolino que sería el padre espiritual de La Secesión, (aunque no llegó a vivirla), así lo enunció en una conversación nocturna junto al fuego, tan pronto como en 1812. Y llegó a añadir que, si la Unión les ponía trabas, estaban dispuestos a destruirla.

John Calhoun

Pero a la poderosa clase dirigente sureña no se le ocurrió que la misma Revolución Industrial que la había alzado crease las armas para derribarla. Y es que, mientras el despegue industrial inglés se afianzaba, comenzaban a salirle imitadores, primero en Bélgica y después en Francia, varios Estados de la aún desunida Alemania y en los Estados americanos al Norte de la línea “Mason-Dixon”. No era sino los primeros estremecimientos de esta industrialización lo que estaba atrayendo más emigrantes al Norte que al Sur, y en definitiva le había ganado la ventaja en el Congreso para la época de la Crisis de Missouri.

La colonización al estilo del Norte estaba dando lugar a un interior de granjas de tamaño medio-grande que, ante la escasez de manos, eran cultivadas con métodos agrícolas avanzados, y daban excedente suficiente para mantener una demanda creciente de, por un lado, aperos y maquinaria sencilla, y de otros bienes de consumo duradero poco sofisticados. Como la tendencia a sustituir brazos por aperos era irreversible, (los salarios eran siempre relativamente altos, ante la proximidad de una frontera móvil que invitaba al asalariado descontento a mudarse en colono), la escena estaba dispuesta para iniciar la industrialización.

El capital preciso se obtuvo de varias fuentes. Parte del propio excedente agrícola, canalizado parcialmente a través de una red de pequeños bancos campesinos. Parte de los capitales acumulados por el comercio en las costas. Y finalmente se obtuvo inversiones considerables de capital europeo, sobre todo a través de los contactos de New York City con Amsterdam. (Y con los beneficios de su intermediación, la ciudad se dotó de una excelente red de comunicaciones con el interior, que la convirtieron en el gran puerto comercial del Este y la mayor ciudad del país).

Para 1830 el proceso se había autoacelerado, alcanzando volumen suficiente para que el Gobierno Federal intentara apoyarlo con un arancel proteccionista. Los plantadores, que eran exportadores de materias primas e importadores de bienes de lujo, y por tanto librecambistas, se encresparon, y John C. Calhoun saltó a la palestra abandonando la Vicepresidencia, que ejercía por segunda vez, para ponerse a su frente con la llamada “Doctrina de la Nulificación”.

Esta aseguraba que los Estados, que habían firmado el Proyecto de Confederación y la Constitución como entes soberanos, seguían siendo los sujetos de la soberanía, y la Unión solo era un acuerdo temporal; de ello, tendrían derecho a declarar nula en sus territorios cualquier ley federal que considerasen les perjudicaba inclusive su propia permanencia en la Unión, lo que les daba derecho a secesionarse.

Como la mayoría de la clase alta de la Unión, y de la Judicatura de alto nivel, era sureña o estaba en una u otra forma hipotecada con el Sur, en los años siguientes se dictó mucha jurisprudencia favorable a la doctrina de la nulificación. Tanta, que muchos investigadores del Siglo XX que han estudiado el problema a través de la jurisprudencia, tienden a darle crédito. En realidad no lo merece pues, pese a las pequeñas corrupciones judiciales, no hay aquí más referencia posible que el texto del Proyecto y el de La Constitución. Y éstos son terminantes:

El Proyecto empieza por definir la “Confederación” como eterna, y no temporal, y la Constitución, en su primer párrafo, deposita la soberanía en el pueblo y no en los Estados. Y los mismos sureños sabían que sus asertos carecían de base jurídica real, como quedó claro 30 años después, cuando su rebelión les permitió bajar las máscaras. Así, en la Constitución de su Confederación, (casi enteramente calcada de la unionista), tuvieron buen cuidado en cambiar la famosa frase inicial, “We, the People of the United States”, por una más calhouniana, “We, the Representatives of the States”.

En medio de esta crisis de interpretación constitucional South Carolina, que había solicitado sin éxito ser dispensada del arancel, anunció que lo declaraba nulo, y estaba dispuesta a ejercer su derecho de nulificación para dejar la Unión si ésta intentaba obligarle a aceptarlo. Esperaba sin duda ser secundada por otros Estados del Deep South, pero su intento de rebelión topó en dos escollos.

Primero, su decisión debía mucho a su sistema de representación, único en La Unión. En efecto, en South Carolina los ciudadanos sólo votaban una vez por legislatura, y a bajo nivel. Sus representantes se encargaban en adelante de elegir a todos los demás representantes y autoridades, y los votantes de la elección presidencial. Eso dejaba en la práctica la política en manos de un pequeño grupo de profesionales, que además acordaban siempre sus posturas antes de pronunciarse, actuando siempre como un bloque. Muchos envidiaban el peso que estas prácticas daban al estado surcarolino en los asuntos nacionales, pero la contrapartida era que tal sistema concedía a una mayoría simple poderes de dictadura.

Así había podido South Carolina organizar tan rápidamente su rebelión, pero los seguidores de su postura en otras Estados no tenían tales facilidades. Y no sólo no pudieron seguir el ejemplo, sino que a menudo se mostraron resentidos por la forma en que los surcarolinos les habían puesto sin aviso entre la espada y la pared.

Andrew Jackson

El segundo escollo que halló la aventura surcarolina fue la actitud del Presidente, General Andrew Jackson, que al primer rumor de Secesión envió a Charleston, principal puerto de South Carolina, tres buques de guerra y un buen contingente de tropas. Esto calmó mucho a los surcarolinos y despojó de ideas belicosas a sus amigos en otros Estados.

Aún salió Calhoun con otra teoría peregrina, objetando que era “tiránico e indigno” que la Unión hiciese la guerra a uno de sus propios Estados. De nuevo iba a tener apoyo jurisprudencial, y de nuevo sin fundamento alguno. Pues, si South Carolina no tenía derecho a secesionarse, era un territorio rebelde, que debía ser sometido. Y si lo tenía  era un país extranjero, y uno que acababa de ofender a la Unión abandonándola, y que se había quedado con territorios, población y riquezas que antes pertenecieran a aquélla. (Y Calhoun y sus amigos, que llevaban años presionando al Gobierno Federal para que hiciese la guerra ahora al decaído Imperio Español, ahora al caótico estado de México, que nunca habían ofendido a la Unión, para arrebatarles territorios, poblaciones y riquezas que nunca habían sido de la Unión, eran los últimos que pudiesen negar la existencia de un “casus belli” contra él).

Ante las acusaciones de Calhoun, Andrew Jackson se limitó a asestar firmemente que su fuerza no estaba en Charleston para hacer la guerra a South Carolina, sino para asegurar el cumplimiento de la ley federal, y si South Carolina la  atacaba para impedirlo, sería ella la que haría la guerra a La Unión. Ante su firmeza, los rebeldes arriaron velas, y aquélla crisis se dio por cerrada.

Realmente el Presidente Jackson podía haber sacado más provecho del momento psicológico, desprestigiando a Calhoun y sus seguidores, pero sucedía que éstos provenían de su propio Partido, (el antiguo “Partido Republicano” de Thomas Jefferson, ahora llamado “Demócrata Republicano”), y no quería vapulearles demasiado para no debilitarlo. Calhoun y los suyos aprendieron la lección y renunciaron al enfrentamiento abierto. En cambio y con los grandes apoyos de que disponían, hicieron intensa propaganda de sus ideas en el Sur, que las fue aceptando, y crearon un fuerte y bien coordinado grupo de presión en el Partido, que pronto se llamaría “Demócrata” a secas.

Para 1840, el Norte avanzaba francamente por la senda de la industrialización, atrayendo el grueso de los emigrantes, mientras el Sur hacía frente a un cambio en el mercado. En efecto, la capacidad del textil para promover el desarrollo industrial parecía estar llegando a su límite, y la propia Inglaterra se había embarcado en una segunda fase industrial basada en la siderometalúrgica y la creación de una red ferroviaria. Y otros países en vía de industrializarse, como Francia, Alemania o los Estados norteños, pasaban de inmediato a esa fase tratando de acortar distancias. Lo que moderó la demanda mundial de algodón.

Los precios internacionales de este producto se estabilizaron y aun bajaron, y la clase dirigente sureña, alarmada, tendió a apiñarse más aún políticamente. Esa tendencia permitió al fin a la gente de Calhoun hacerse la primera fuerza política del Sur, desplazando a los más moderados,  en general dirigidos por los virginianos.

Desde 1821, sólo habían ingresado en la Unión el estado esclavista de Arkansas en 1836 y el libre de Michigan en 1837, pero para la década de 1840 el Norte había preparado las candidaturas de Iowa y Wisconsin como Estados libres, y el Sur tenía sus contrapartidas en la pantanosa Florida y la aún independiente Texas.

Florida había sido cedida en 1819 por un Imperio Español exhausto y en pleno caos, tras un largo tratamiento de presiones y amenazas, y la ocupación por tropas estadounidenses de su zona septentrional durante los últimos anos. Pero después había resultado un territorio problemático a causa de su clima insalubre y la fiera resistencia de los indios seminole. (Sin embargo recién llegados, a quienes los propios estadounidenses habían impulsado a penetrar en Florida una generación atrás).

Los norteamericanos, que habían escarnecido a la minúscula fuerza militar española en Florida por no ser capaz de “meter en cintura” a estos indígenas, encontraron que ellos tampoco lograban hacerlo con fuerzas de a menudo más de 2.000 soldados, aun en los llamados “periodos de paz”, y mayores aún en las afamadas Guerras Seminole. Pero en la Segunda Guerra Seminole de 1836-42 lograron bastante pronto capturar al brillante jefe Osceola, (utilizando desde luego la traición y el perjurio), y finalmente empujar a los seminole, que pocas veces pasaron de 1.000 guerreros, con una gran ofensiva que empleó 20.000 hombres, hasta enterrarlos en lo más hondo de los pantanos Everglades.

Tras eso el territorio se consideró pacificado y preparó su candidatura a Estado. (Un poco prematuramente, pues hubo aún una Tercera Guerra Seminole y la última partida importante, la del jefe Opothlegahola o “Billy Bowlegs”, no sería capturada hasta 1857. Incluso después de esto quedaron unos 150 seminole escondidos en los bosques, realizando ocasionales acciones de guerrilla (en una de éstas sería herido de muerte, ya en vísperas de la Guerra Civil, el doctor Powhatan Cabeli, hermano del futuro general confederado William Lewis Cabeli). El coste económico de la pacificación de Florida fue astronómico, y el Ejército sufrió miles de muertes, aunque más por dengue, disentería, cólera y fiebre amarilla que por acción del enemigo.

Billy Bowlegs

Por su parte, Texas se había independizado de Méjico en 1836, con una masiva ayuda orquestada por Andrew Jackson. No había sin embargo ingresado enseguida en la Unión por dos razones. Una, que el Norte no quería tal gigante esclavista en la  unión hasta haberle buscado contrapartida. Dos, que siendo Inglaterra a la vez el principal cliente del algodón sureño y el más declarado enemigo de la trata, la compra de cargamentos de esclavos por el Sur estaba dando lugar a situaciones delicadas que una Texas independiente podía evitar, haciendo el papel de “mala” al comprar los esclavos, para pasarlos después al Sur de contrabando. Pero estas motiva clones estaban desapareciendo, pues de un lado el Norte tenía ya sus contrapartidas, y de otro la intermediación de Texas en el tráfico de esclavos perdía importancia al disminuir drásticamente aquél. (Ocurría que, al otro lado del Océano, La Royal Navy había comenzado ya a desembarcar en la costa africana y derribar los  reinos de los “mongos” esclavistas, cuya colaboración era casi imprescindible para los negreros).

Texas, Florida, Iowa y Wisconsin fueron recibidos por tanto como nuevos estados en la década de 1840. Pero entre tanto, en 1844, había alcanzado La Presidencia de la Unión el demócrata James Knox Polk, discípulo de Jackson, que tenía grandes planes para engrandecer el Sur.

Existía por entonces un contencioso entre Estados Unidos y el Imperio Británico por el llamado Territorio de Oregón, que iba de la California mexicana al bosque ártico. Los británicos pretendían que se prolongara la frontera anterior entre la Unión y su Dominio del Canadá, lo que les daría dos tercios del territorio en disputa. Pero los Estados del Norte habían colocado ya en él varios miles de colonos, y como la contrapartida canadiense sólo eran unos pocos tramperos y factorías, consideraban merecer una tajada más grande del pastel.

Pero Polk empleó sus aspiraciones sólo para chalanearlas, cediendo a todas las exigencias inglesas a cambio de manos libres en la frontera mexicana. Y lograda esta concesión, se apresuró a provocar al gobierno mexicano incitando a Texas a exigir que la frontera se situase en el Río Grande, muy al Sur de la clásica de la Texas mexicana en el Río Nueces, y apoyando tan rapaz exigencia con el envío de tropas mandadas por el General Zachary Taylor, recientemente distinguido en la Segunda Guerra Seminole. En cuanto el gobierno azteca cayó en la provocación, enviando también tropas a lo que se llamaría la “Franja del Río Nueces”, la suerte estuvo echada.

En efecto, al primer choque la prensa jingoísta estuvo preparada para armar un gran escándalo secundado por el Gobierno, que acusó a México de haber “invadido territorio de la Unión y atacado a sus fuerzas armadas”. De inmediato se declaró la guerra a La República Mexicana, se llamó a miles de voluntarios y Taylor, con un ejército, invadió territorio mejicano al Sur del Río Grande, mientras otras fuerzas penetraban en el enorme y semi-despoblado Noroeste de México, (que era el verdadero objetivo de la guerra). Finalmente y para obligar a los mexicanos a darse por vencidos, otro ejército mandado por el Jefe del Estado Mayor, General Winfield Scott, desembarcó en Veracruz y penetró hasta ocupar la capital.

Dado que la clase dirigente mejicana no se atrevió a explotar el posible carácter de guerra popular del conflicto, y la neta superioridad estadounidense en equipo, artillería de campaña y, en general, mando, para 1848 los mejicanos habían aceptado la derrota, firmando el Tratado de Guadalupe Hidalgo, en el que cedían a la Unión más de la mitad de su territorio, si bien en general se trataba de zonas poco pobladas.

El botín de aquella exitosa rapiña fue, aparte de la maleada Franja del Nueces, el territorio que luego constituiría los estados de California, Nevada, Utah, Colorado, (a falta de su zona Sur, por entonces conocida como “Arizona” o “Mesilla”), Arizona y Nuevo Méjico. Con ello, los sureños creían haberse asegurado un respiro frente al desarrollo del Norte. Porque, en efecto, casi todas éstas zonas estaban situadas al Sur de los 36 grados, 30 minutos, tenían mejor clima que las zonas de colonización norteña, y poseían algunas poblaciones pacíficas y el esquema de una red de caminos.

El más importante de éstos era el llamado Butterfly Overland Stage o, en poético castellano “Sendero de la Mariposa”, que llevaba del Río Grande a las mismas playas del Pacífico. Cruzaba tierras agrestes y peligrosas, pero tenía intercaladas poblaciones pacíficas, donde una caravana podía detenerse a descansar, contratar guías locales o pedir informes, e incluso conseguir los servicios de médicos y herreros.

Desde el punto de vista del colono, que viaja sin prisa con su familia, era netamente superior a las rutas de Oregón y California, más cortas pero más hazarosas, que los colonos norteños venían usando. En ellas y saliendo de Westport (Missouri), o Leavenworth (Territorio de Kansas), la caravana viajaba una enorme distancia en mitad de la nada hasta alcanzar el también semi-despoblado Oregón o, torciendo al Sur, cruzar enormes montañas o dar un interminable rodeo para llegar a California.

El cálculo de los sureños era que,  siendo ahora California con mucho el destino más deseable, casi todos los colonos, incluyendo los del Norte, utilizarían el Sendero de la Mariposa, muchos se quedarían por el camino y, en conjunto, acabarían creando  Estados al Sur de los 36 grados 30 minutos de latitud.

Pero sus cálculos se fueron al traste cuando, apenas seca la tinta del Tratado de Guadalupe Hidalgo, se encontró grandes cantidades de oro en California. En el acto, en la famosa Fiebre del Oro californiana, un ejército de aspirantes a millonario se puso en marcha hacia allí. Y éstos  no eran colonos con sus familias, sino hombres solos  espoleados por la codicia, cuya única consideración era la prisa. Muchísimos llegaban en barcos, dando la vuelta al continente americano o desembarcando en la Costa de los Mosquitos para cruzar el istmo de Panamá y reembarcarse en la costa del Pacífico, Y cuantos llegaban por tierra lo hacían por la ruta más rápida, por el Norte y cruzando las montañas, (donde cierta proporción de ellos se dejaron la vida).

Y aquí naufragaron las esperanzas del Sur porque, con decenas de miles de hombres utilizando anualmente esta ruta, no hubo más remedio que protegerla con puestos militares y acuerdos con los indios, y aparecieron puntos de servicio a lo largo de su recorrido. Con lo que, siendo la más corta, devino pronto segura, y se convirtió también en la favorita de los colonos. Y, aun antes de que este contratiempo llegara a cristalizar, la Fiebre del Oro californiana creó una situación aún más alarmante para los sureños.

En efecto, la primera gran invasión de buscadores de oro se produjo ya en 1849, (de lo que se apodaría a los buscadores veteranos “fortyniners”), y un censo de ese año reveló que, con tan masivas llegadas, California ya poseía suficiente población blanca para ser aceptada como Estado de la Unión, cosa que los “nuevos californianos” solicitaron de inmediato. Pero ocurría que casi todos los recién llegados procedían del Norte, o de Europa, (donde la esclavitud era ya una institución tan olvidada como el sombrero de tres picos y el culott), y California iba a ser un estado libre, rompiendo al fin aquella paridad en el Senado tan celosamente guardada por el Sur durante sesenta años.

Los sureños se opusieron desesperadamente a esa entrada, alegando que la famosa línea de latitud cruzaba California, y que por tanto había dos Estados, libre y esclavista. Sólo que como el oro estaba al norte de la línea, toda la población nueva se encontraba en esa zona; además estos nuevos pobladores consideraban el sur del territorio su despensa, (el oro no se come), y se negaban a verse separados de ella por una frontera que no había existido bajo Méjico.

Henry Clay, ahora prohombre del Partido Whig, (la oposición a los demócratas), trataba de que la decisión fuera dejada a los californianos, para lo que había lanzado el lema “Soberanía Popular”. John Calhoun, frenético, volvía a poner sobre el tapete la idea de la Secesión. También elaboró el contralema de “Soberanía Ilegal” para oponerlo al de Clay, pero sin éxito. (Trataba de resaltar que, como recién llegados no asentados, los nuevos californianos no hubiesen tenido voto en casi ningún Estado avanzado, pero todo el mundo sabía que esas reglas no solían aplicarse en las zonas fronterizas, donde Calhoun y su grupo habían sido los primeros en hacer su antojo apoyándose en el voto de “recién llegados no asentados”).

Complicando aún más las cosas para el Sur, la cínica manipulación del Presidente para llegar a la guerra con Méjico había desprestigiado en el Norte al Partido Demócrata, haciéndole perder tantos votos que los Whig acababan de obtener una holgada victoria en las elecciones de 1848. No es que el Partido Whig fuera abolicionista, (lo que quedaba para el extremista Free Soil), y había tratado de parecer aún más moderado llevando como candidato a la Presidencia al General Zachary Taylor, que aparte de ser ya un héroe nacional, poseía grandes plantaciones y muchos esclavos en Louisiana. Pero, como muchos militares, Taylor resultó ser decididamente opuesto a la Secesión.

Zachary Taylor

Zachary Taylor, que acababa de tomar posesión de su cargo en 1849, era un tipo pintoresco, que en campaña compaginaba a menudo una vieja levita de uniforme con el resto del atuendo de un granjero acomodado, (sombrero de paja, chaleco rojo y pantalón de mil rayas), y para colmo, montaba muchas veces a la amazona, objetando que con sus cortas piernas el montar a la jineta le era muy incómodo. Pero su pintoresco aspecto no le impedía irradiar energía. Inquirido sobre la cuestión californiana, repuso que debía ser una decisión de los californianos, y cuando el grupo de Calhoun amenazó con la Secesión, bramó que si intentaban tal cosa se pondría al frente del Ejército, invadiría el Sur y se encargaría personalmente de hacer ahorcar a cada uno de ellos.

Esta violenta reacción hizo más por aquietar a los sureños que todos los racionamientos jurídicos y apelaciones políticas anteriores, y se puede uno preguntar si una larga presidencia de Taylor, (digamos los ocho años de dos mandatos), no hubiese evitado muchos males a su Patria, ya que sin duda era un hombre idóneo para la situación. Pero Taylor no llegó a cumplir ni la mitad de su primer mandato, muriendo en 1850 y siendo sustituido por el ex-Vicepresidente Millard Fillmore. Y, desde luego, este no era el hombre idóneo para la situación.

Fillmore era del tipo reaccionario sin agallas, a los que le horrorizaba la idea de  tener que liderar un país en guerra civil, y nos tememos que más aún por tener que hacerla contra “gente bien”, a la que  estaba seguro de pertenecer. Los sureños le calibraron de inmediato, y su coro de protestas y amenazas de secesión subió de nuevo varias octavas.

Pero los sureños moderados, aún fuertes y numerosos, temían que los extremistas de Calhoun, a los que llamaban “fire-eaters”, les llevaran demasiado lejos. Sobre todo tenían un santo respeto por el Ejército, que  tras la reciente Guerra de Méjico  conservaba en filas 29.000 hombres, y estaba lleno de confianza y en la cúspide de su efectividad y bajo el mando de Winfield Scott, tan antisecesionista como Taylor. Así que contactaron con Fillmore, ofreciéndose para contener ellos mismos a los “fire-eaters”, si el Presidente les daba algo que pudiera interpretarse como una victoria neta para el Sur. Y se acordó que tal regalo fuese una ley de extradición de esclavos fugitivos, que el Sur reclamaba desde hacía años, y se denominó Fugitive Slave Law.

Su apoyo legal era el Artículo IV, Sección II, Párrafo 3 de la Constitución: “Ninguna persona obligada a servicio o trabajo en un Estado bajo sus leyes y que escape a otro podrá, en consecuencia de alguna ley o regulación de este otro, ser dispensada de tal trabajo o servicio, sino que deberá ser devuelta a petición de la parte a la que tal servicio o trabajo debe ser prestado”.

No era perfecto, pues se podía preguntar hasta qué punto la condición civil de esclavo podía describirse como tan solo una “obligación de prestar servicio o trabajo”, y sobre todo era dudoso que los esclavos de color, (sin derechos reconocidos), fueran “personas” ante la Ley. Cierto que seguramente, como decían los sureños, el Párrafo había sido redactado pensando entre otros casos en los esclavos. Pero en todo caso parecía referido a esclavos con cierto estatus civil del que los africanos de la plantación sureña carecían. (Recuérdese que, en el Siglo XVIII, había esclavos blancos, que lo eran a título temporal)

Pero lo peor era que la Fugitive Slave Law iba mucho más lejos, con imposiciones abusivas en la tradición del derecho anglosajón. Así, establecía una presunción de que el hombre señalado por el “cazador” era el esclavo fugitivo, obligándole a aquél a probar lo contrario, ¡y hasta establecía penas para los que ayudaran a los esclavos en territorio libre!. (Es decir, que los Estados libres debían castigar a sus propios ciudadanos por realizar actividades legales en su reglamentación).

Era una rendición simbólica del Norte, y cuando el virginiano James Murray Mason la presentó ante las Cámaras fue objeto de vivo debate. Se destacaron argumentando a su favor el viejo orador Daniel Webster  y el “nuevo valor” demócrata Stephen Arnold Douglas, de Illinois, y en su contra Henry Clay y otro “nuevo valor”, pero whig, William Henry Seward, de New York. Pero el grueso del Partido Demócrata, aliado con Fillmore y la parte de los Whig que seguía incondicionalmente a éste, formaron rodillo logrando, aun por un margen no tan amplio, su aprobación.

Y, en efecto, armados con éste regalo para el Sur, los moderados sureños lograron aislar a los seguidores de Calhoun, retomando al menos momentáneamente las riendas de la política sureña y permitiendo pacíficamente la aceptación de California como trigesimoprimer Estado, libre, en 1851. (Y ello pese a que el propio Calhoun, enfurecido, siguió jugando la baza de la Secesión hasta el último minuto).

Se ha dicho por ello, y es posiblemente cierto, que la Fugitive Slave Law retrasó diez años el inicio de la Guerra Civil. Pero es menos claro que fuera para bien. Seguramente en 1851, con un Ejército mucho más potente, unido y preparado para la intervención rápida, y un Sur más dividido, (es dudoso que Virginia y su área de influencia hubiesen secundado la rebelión, y aun en el Deep South los secesionistas hubieran encontrado más problemas), la Secesión hubiese sido abortada con mucha mayor rapidez y con una modesta efusión de sangre.

De hecho, la Fugitive Slave Law tampoco fue de mucha ayuda a la institución esclavista. Creó dificultades a las redes de fuga de esclavos que funcionaban desde el Norte, pero éstas sólo drenaban unos cientos de esclavos al año, que la economía sureña era bien capaz de sustituir. Y en cambio le hicieron perder su aspecto de asunto ajeno a los Estados norteños, que había sido su mejor baza, al humillar sus leyes y llevar la caza del hombre a sus propias calles.

El ciudadano del Norte se sintió humillado y, aunque parte de la agresividad resultante se desvió contra los abolicionistas y los mismos negros, (dando lugar a un aumento del racismo en el Norte), la suficiente encontró un objetivo más lógico, aumentando aún más el sentimiento antiesclavista y antisureño.

En ese contexto se publicó a poco la famosa novela de Harriet Beecher Stowe  “La Cabaña del Tío Tom”. Tan sólo era un novelón dramático, de los que por entonces ocupaban el hueco que a fines del Siglo XX llenan las teleseries. Y si el género dio obras excelentes, (piénsese en Dickens y Víctor Hugo), aquélla no era una de ellas. Pero conectó con el ambiente social y su éxito, seguido del de innumerables espectáculos teatrales basados en ella, está inextricablemente unido a la atmósfera de aquellos años. (Aunque su importancia en el clima de tensión que llevó a la guerra se ha exagerado, siendo sin duda más una consecuencia que una causa de aquél).

La novela pintaba un Sur ultra dramatizado y muy de guardarropía, pero en conjunto menos falso que la imagen de perezosos negros cantando mientras recogen el algodón bajo la mirada paternal del “massa”, que el Sur pretendía vender, y aun hoy vende, con cierto éxito al exterior y a sí mismo.

Lo cierto es que muchos esclavos deseaban huir, y las cadenas y los guardianes con que se les trasladaba de una plantación a otra no eran de adorno. Y si en el Sur real no eran frecuentes los látigos cayendo sobre las turgentes espaldas de bellas mulatas, sí existía un activo mercado de negritas en la pubertad, compradas para ser adiestradas, y luego explotadas, en ciertos burdeles, sobre todo en New Orleans.

Varios protagonistas de los debates de la Fugitive Slave Law murieron a poco, incluyendo a Henry Clay, Daniel Webster y el legendario John Caldwell Calhoun. Y, si no muerto, quedó herido de muerte en aquellos debates el propio Partido Whig. Los whigs, desprestigiados y con su ala izquierda pasándose en bloque al Free Soil, obtuvieron en las elecciones de 1852 pocos más votos que éste, pese a presentar como candidato a la Presidencia a otro “miles gloriosus”, el General Winfield Scott.

Así la victoria fue, fácilmente lograda por los demócratas, cuyo candidato presidencial era uno de los segundos de Scott en Méjico, el General Franklin Pierce. Se trataba de un caballero culto y amante del arte clásico pero que, pese a ser de Nueva Inglaterra,  sustentaba ideas tan próximas a las de los fire-eaters sureños que, durante la Guerra Civil, sería miembro de la sociedad “Knights of the Golden Circle”, cuyas actividades rozaron repetidamente la alta traición.

Los norteños de 1853 prefirieron sin embargo atribuir su debilidad ante el Sur a la cobardía, y le aplicaron el epíteto de “Cara-de-Masa”, con el que ya habían escarnecido a Fillmore. (Se le suponía descriptivo de la forma en que la  cara  de individuos como Fillmore y Pierce palidecían, “tomando color de masilla”, ante las jactancias sureñas). De todas formas, Pierce apenas era sino un “mascarón de proa” norteño para una Administración en que tanto las Secretarías, (Ministerios estadounidenses), como las Comisiones de las Cámaras, estaban dominadas no ya por sureños, sino por verdaderos  fire-eaters. En efecto, ante el crecimiento del Free Soil y el abandono del Partido Demócrata de parte de su ala izquierda norteña, pasada al partido extremista, los demócratas se habían agrupado bajo el dominio de sus secciones del Sur donde a la vez, los fire-eaters habían aprovechado la creciente tensión creada por la Fugitive Slave Law entre Norte y Sur para desplazar de nuevo a los moderados.

De estos fire-eaters destacaba ya el Secretario de Defensa Jefferson Davis.  Nacido en Kentucky y criado en Mississippi, de familia de plantadores, había pasado por el Ejército, abandonándolo por diferencias irreconciliables con Zachary Taylor. (Se había casado, contra la voluntad del  padre, con una jovencísima hija de Taylor, que murió al primer parto, de lo que el General le hacía responsable). Después se convirtió en un gran plantador en Mississippi y, desde 1845, obtuvo un escaño en el Congreso y volvió a casarse con Varina Howell, de la mitad de su edad, pero poseedora de un cerebro bien amueblado.

Para la Guerra de Méjico creó y mandó un regimiento de milicia montada, los Mississippi Mounted Rifles, de los poquísimos que usaron en ella los nuevos fusiles rayados de percusión. Hizo un excelente papel a su frente en la Batalla de Buena Vista, la más difícil de la guerra. Y se proyectó a la gloria tras ella cuando, al ofrecerle el Ejército un despacho de Brigadier por su comportamiento, lo rechazó, alegando que como oficial de la Milicia de Mississippi sólo podía aceptar ascensos de ésta.

En realidad, estos pasos de la Milicia al Ejército eran habituales, pero los fire-eaters estaban haciendo propaganda sobre la soberanía e independencia de los Estados, y la actitud de Davis casi los derritió de satisfacción. En el acto le obtuvieron el nombramiento de Mayor General de la Milicia de Mississippi y le convirtieron en su héroe.

Jefferson Davis y su esposa Varina

Siendo hombre más bien seco, y no precisando demostrar nada, Jefferson Davis prescindió del típico verbo inflamado de los fire-eaters, ganando fama de hombre serio, y hasta de moderado  respecto al movimiento. Sin darse cuenta, (él más bien se veía como cabeza de su aparato militar), estaba dando los primeros pasos hacia la Presidencia de un futuro e hipotético Sur independiente.

Al tiempo, en la década de 1850 la industrialización norteña avanzaba, mientras los ferrocarriles iban tendiendo una tela de araña metálica por las regiones civilizadas de la Unión. Ahora el Norte atraía ya casi toda la emigración, que en aquellos años se estaba volviendo masiva, aunque por primera vez compuesta esencialmente de gentes extranjeras: irlandeses católicos y centro y norte europeos, (en su mayoría alemanes), que si hablaban el inglés lo  hacían con un pesado acento.

Los irlandeses huían de la hambruna que había seguido en su país, convertido por el dominador inglés en un monocultivo de patatas, a la primera plaga del escarabajo de la patata americano. Los alemanes, y otros europeos continentales, de la cerrazón del horizonte político que sucedía en Europa al fracaso de las revoluciones de 1848.

Y, a la vez, la maduración de las revoluciones industriales de varias naciones estaba produciendo la expansión de sus mercados, que se traducía en una nueva expansión de sus industrias textiles y una nueva alza de la demanda mundial de algodón. Así, los precios internacionales del algodón, estabilizados por unos años, crecían de nuevo para contento del Sur.

Ante esta situación los fire-eaters sureños, que justo tras la muerte de Calhoun, se encontraban con más poder en sus manos del que seguramente habían llegado a soñar, hacían frente a un dilema: ¿Empleaban tal poder para preparar la Secesión, como su desaparecido líder hubiese probablemente preferido, o intentaban aplicarlo a renovar las bases de su dominio, buscando por ejemplo la forma de lograr el ingreso en la Unión de  otro Estado esclavista, restableciendo la paridad en el Senado?

Intentaron jugar ambos palos. De un lado se insistió en predicar en el Sur la palabra de Calhoun, hasta que el derecho de Nulificación y la presunta tiranía de las acciones contra los Estados secesionistas fueron allí tan conocidos, (y probablemente menos críticamente aceptados), como el Catecismo en un país católico. Y a la vez Jefferson Davis usaba su cargo para desmenuzar el Ejército Federal.

Entretanto, otros miembros de la administración buscaban su Estado esclavista como Diógenes buscaba un hombre. En el exterior, tratando de arrebatar a España la esclavista Cuba, o “preparar” para ello algún pequeño país centroamericano. En el interior y a largo plazo, tratando de revitalizar el Sendero de la Mariposa, y a corto con la chapucera faena que acabaría dando lugar al escándalo de Kansas. Al ir fracasando unos tras otros esos planes, la suerte de la Unión quedó decidida.

Aquí hemos de dar fin a este primer capítulo. Hemos visto en él como se formó la Unión, superando las primeras diferencias. Y hemos visto también cómo éstas, lejos de diluirse como se había esperado, se iban ampliando a causa de la diferente forma en que una y otra parte del país se adaptaban al fenómeno industrial: el Sur, convirtiéndose en productor de materias primas, y el Norte tratando de industrializarse a su vez. Y hemos visto, en consecuencia, como la pequeña fisura abierta en la Crisis de Missouri se iba ampliando, en especial desde el intento de secesión surcarolino, para volverse una ancha grieta, precursora del terremoto, con la Fugitive Slave Law. Ahora, con el poder en manos del grupo menos interesado en mantener la Unión, el desastre era sólo cuestión de tiempo.

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